Novedades

¿Educación? ¿Católica?

La carta apostólica del Papa León XIV “Diseñar nuevos mapas de esperanza” abre a “una opción vital”, desafíos “a la luz de una fe robusta”, y “un proyecto pedagógico-pastoral”, para que “nuestros niños y jóvenes encuentren canales que les permitan expresar su humanidad”. Conceptos del educador José Luis Gerlero para ayudar a discernir el mensaje del santo padre.

En la Carta apostólica “Diseñar nuevos mapas de esperanza”, carta que recomiendo leer y meditar junto a los equipos educativos, el Papa realiza una serie de afirmaciones y observaciones ante las cuales hay que ser muy obstinado para no rever nuestras prácticas educativas, sobre todo desde una identidad confesional, pedagógica y pastoral. 

Allí leemos, por ejemplo, que  el Evangelio no envejece y que nos encontramos ante un entorno educativo complejo, fragmentado y digitalizado. No niega la realidad cotidiana y nos recuerda el horizonte de esperanza. Los educadores creyentes (si esta es una categoría que aún pueda citarse sin generar escozor), deberían cuestionarse seriamente si se descubren instalados en la queja o la desesperanza; no hay razones para ello si el Evangelio es incorporado a nuestras vidas. Lejos de cualquier reflexión romántica o anodina, la fe es el sustento vital, la fuerza generadora, la paciencia infinita desde la cual miramos la realidad y abordamos las problemáticas, porque nos da la certeza de que la última palabra la tiene LA VIDA. 

“La escuela católica es un ambiente en el que se entrelazan la fe, la cultura y la vida”, nos dice León XIV ¿Es así? ¿Cómo resulta en nuestras escuelas? ¿Se entrelazan, se superponen, se separan, se amontonan, se ignoran? Un “ambiente” siempre es el resultado de una tarea, un esfuerzo, una lucha decidida y ello lo logran personas concretas que deciden vivir su fe, evangelizar su cultura y manifestarlo con su vida, por lo que hemos de darnos cuenta que un ambiente así no depende de un proyecto educativo, ni de objetivos específicos, ni de itinerarios pedagógicos-pastorales, sino de una opción vital, de “personas levadura” que fermenten la masa. El Papa lo dirá de manera contundente: Los educadores están llamados a una responsabilidad que va más allá del contrato de trabajo: su testimonio vale tanto como su lección.

Esta mirada que traspasa el agobio cotidiano y la impotencia de no entender un mundo plagado de pantallas nos ayuda a comprender que una persona no es un “perfil de competencias”, no se reduce a un algoritmo predecible, sino que es un rostro, una historia, una vocación, y aquí radica la propuestas diferenciadora de nuestros colegios, poner a la persona en el centro, esforzarnos más en comprender y acompañar lo humano antes que estar en la vanguardia tecnológica, aceptar que la naturaleza tiene ritmos, procesos, maduraciones y sentimientos que no coinciden con la aceleración intrínseca de la virtualidad, de esa manera educaremos hombres que utilicen la IA y no entes a los que la IA utilice. Ciertamente no es una tarea que pueda llevarse a cabo de manera individual: el Papa nos aclara que la educación cristiana es una obra coral… la comunidad educativa es un “nosotros” ¿Cómo se encuentran nuestros equipos? ¿Nos sentimos capaces de superar el equipo para ser comunidad? ¿Aunamos nuestras voces en un mismo canto? El “nosotros” es un emergente de una opción particular, la conciencia comunitaria surge de personas específicas que eligen sumarse a un ideal colectivo y la educación cristiana, al igual que los anillos que se producen en el agua al arrojar una piedra, debiera ser un testimonio de unidad en un colegio, en una diócesis, en un país. 

Educar siempre ha sido un desafío, no hemos de caer en la mirada catastrófica de que todo tiempo pasado fue mejor y que hoy el contexto es peor que otras épocas, el contexto es el que es, las dificultades son las que son y los desafíos siempre existen para continuar adaptando un mismo mensaje: Jesús Vive y la realización de lo humano radica en la aceptación de su condición de hijo. No quiero pecar de simplista, pero en un proceso educativo creyente ¿no sería evangélico que el “perfil de egresado” reuniera proyecto de vida con conciencia identitaria?, de esa manera se pueden formar conciencias capaces de elegir no sólo lo conveniente sino lo justo. Nuestro desafío epocal a la luz de una fe robusta no puede perder de vista que ningún algoritmo podrá sustituir lo que hace humana a la educación: la poesía, la ironía, el amor, el arte, la imaginación, la alegría del descubrimiento e incluso la educación en el error como oportunidad de crecimiento. He ahí un proyecto pedagógico-pastoral, un espacio de humanidad fecunda, de experiencia de piel; que nuestros niños y jóvenes encuentren canales que les permitan expresar su humanidad, descubrir que la mirada a los ojos es más fuerte que la mediatizada por la pantalla, que un abrazo es mejor que un like, que un canto compartido, un mate, la pintura de un mural conjunto, el servicio a los que padecen necesidades o enfermedades, es más fecundo que miles de seguidores. No tiene sentido caer en los extremos de pelearse con la tecnología demonizando sus posibilidades ni endiosando sus virtudes y luchar para “no quedarnos afuera”. A lo largo de toda la humanidad esta lucha ha sido infructuosa. No tienen que preocuparnos los peligros de la IA, sino la ausencia de inteligencia emocional que discierna, decida, utilice con lucidez; el desafío de la educación siempre será el de posibilitar la realización de la persona y reconocer los avances técnicos como medios.

Un pedido

Finalizando la lectura de la Carta Apostólica el Papa nos dice: Les pido a las comunidades educativas: desarmen las palabras, levanten la mirada, custodien el corazón. Una tríada que en sí misma es todo un proyecto educativo. ¿En qué medida nuestras palabras son portadoras de vida, de esperanza? ¿Cuánto de lo que decimos se encuentra en sintonía con el mensaje central que hemos de transmitir? ¿Nuestro trato cotidiano se encuentra sostenido en palabras de reconocimiento y aliento? Desarmar las palabras significa abandonar la acusación, el señalamiento, el sarcasmo desmedido, la mentira, la manipulación, en términos de colegios o comunidades, eliminar “el pasillo”, ese espacio oscuro y cobarde que arruina los vínculos y a las personas. 

Dejar de mirar el piso o el propio ombligo es una invitación a mirar alto y lejos, levantar la mirada es una actitud fundamental para quien quiere hacer camino; el horizonte atrae, impulsa a caminar, nos saca del letargo cotidiano en un primer paso hacia adelante. Permanecer en un círculo estrecho de rutinas cómodas es haber renunciado a la vocación de educadores. Levantan la mirada quienes no renuncian a sus ideales, quienes saben que educar es sembrar, sembrar, sembrar, aunque la cosecha se dilate, sembrar con lluvia, con viento, con sequía, poner todo de nuestra parte con la certeza que guarda el corazón creyente: El Señor hará el resto. 

Hablando del corazón, agustinianamente, el Papa nos recuerda custodiarlo. Cuidar, vigilar (no en sentido policíaco sino en el marco de la tradición espiritual), discernir. La custodia del corazón es un arte delicado que requiere atención constante ¿Por qué hago lo que hago? ¿Qué emociones me toman y dominan? ¿Qué personas despiertan lo peor y lo mejor de mí? ¿En qué circunstancias me evado? ¿Soy temerario o procrastino? ¿Soy impulsivo o reflexivo? El corazón en la Biblia es el lugar de las decisiones y la lucidez, custodiarlo es garantizar aciertos.

Prevost, el Papa agustino

Decir que el Papa es agustino les aseguro que no es una obviedad, podrá serlo en el caso de su pertenencia a la congregación, no necesariamente en el hecho de que lo es desde su médula. Respira Agustín, su prédica derrama perfume agustiniano, es agustino porque se encuentra empapado del santo de Hipona.

En el jubileo del mundo educativo realizado el 31 de octubre de 2025, frente a un auditorio de educadores del mundo entero, hará mención de los “puntos cardinales de la vocación del educador”, refiriéndose a la interioridad, la unidad, el amor y la alegría.  Sin pretender ser exegeta de sus palabras, y dado que el acceso a dicho discurso es sencillo para todos, me permito ahondar con una reflexión personal sobre cada uno de los puntos allí propuestos. 

Sin interioridad no hay persona

San Agustín en Las Confesiones dirá: “Nos hiciste Señor para Ti y nuestro corazón permanecerá inquieto mientras no descanse en Ti”. La vida interior nada tiene que ver con la autorreferencia o la ignorancia del entorno, sino con la expansión y ahondamiento de nuestra identidad para descubrirnos personas en primer lugar, e hijos amados en segundo lugar, al comprender la identidad de nuestro ser personal-trascendente. Cansados de viajar sin habitar ningún lugar, de iniciar caminos desviándonos en múltiples senderos, de dejar libros inconclusos, de abandonar proyectos, Agustín nos advierte que siempre seguirá siendo nuestra vida un anhelo inconcluso si no descansamos en el Señor. La vida interior brinda consistencia, impide que quedemos a merced de las corrientes superficiales, que corramos ante el último grito de la moda que, lamentablemente, también las hay en lo intelectual y espiritual. 

La educación sin interioridad es una farsa, no brota de una fuente auténtica, si recordamos que la palabra educar proviene de “e-ducere”: Sacar lo mejor, lo auténtico, no podemos ignorar que exige conocimiento profundo de uno mismo para no vulnerar la particularidad del otro. La interioridad es profundamente sociógena, puesto que no existe mejor vínculo que aquel que brota de nuestra propia transparencia y honestidad, no necesita de posturas ni máscaras, irradia lo que somos. La vida interior auténtica asegura un ser personal único e irrepetible tal como Dios mismo lo pensó, más que un privilegio como algunos suponen, es una obligación de honestidad y gratitud. 

Sin persona no hay unidad

León XIV tiene como lema: “En aquel que es uno, somos uno”, claramente es Cristo la referencia indiscutida de la posibilidad humana de lograr la unidad. Los doce apóstoles, tan disímiles en sus perfiles e intereses, pudieron ser una comunidad por centrar la mirada en Cristo.

No es posible la unidad sin personas concretas, individuos autónomos y conscientes de su valor único. La unidad es un fruto, una consecuencia en donde se potencian las particularidades que son capaces de sumarse (no fundirse) a un ideal común. Buscar la unidad por sí misma puede ser una trampa, seductora por cierto ¿Quién puede negarse a tan noble propósito? No obstante son nuestras actitudes personales e intereses egoístas los que desvían el objetivo, sin embargo sí, centrando la mirada en Cristo, nos enamoramos de proyectos que persigan la realización humana de sus integrantes: docentes, no docentes, alumnos, familias, la unidad brotará por sí sola. 

La unidad no es homogeneidad, requiere discusión, pareceres, confrontaciones, supone la búsqueda de la verdad, renunciar a caprichos y parcialidades, es un punto de llegada, una meta que ha de renovarse constantemente en el ejercicio educativo. Sin aceptar nuestra condición personal, única e intransferible, es imposible lograr unidad auténtica; ésta emerge allí donde hay personas concretas que, sin dejar de ser ellas mismas, ni renunciar a valores y convicciones, disciernen prioridades, consideran el bien común y son capaces de abandonar sus parcialidades en pos de un “nosotros”. 

Sin unidad no hay amor

El Papa dirá que el amor es el alma de toda labor educativa. No hay amor donde hay división, es más, el signo más evidente de la ausencia del amor es la división, la ruptura, la fragmentación. Si como Iglesia somos un anti-signo, es precisamente por nuestra falta de unidad. En el ámbito educativo, los unos y los otros, los propios y los ajenos, los de Pablo y los de Apolo, los que son “católicos-católicos” y los que más o menos, todos y cada uno con las cosas claras y las recetas del éxito educativo, todos dispuestos a “compartir” enseñando y exportando lo propio, muy pocos dispuestos a aprender y cuestionar sus propias prácticas. 

No se ama en abstracto ni de manera general; amar a todos es lo mismo que decir amar a nadie. Se ama a personas concretas, proyectos específicos, ambientes particulares, ideales reales. De la misma manera que decimos sin unidad no hay amor podemos decir sin amor no hay unidad ¿Es primero el huevo o la gallina?, sin lugar a dudas hay una retroalimentación en donde la unidad posibilita el ejercicio de un amor realizativo, y el amor genera unidad puesto que tiende a la comunión. El amor en el ámbito educativo constituye su nervadura, acompañar un largo proceso de infancia-adolescencia para un proyecto de vida no es una cuestión técnica, es un desafío amoroso que requiere entrega, dedicación y presencia más allá de un cumplimiento contractual. 

Sin amor no hay alegría

“La alegría es la actitud esencial del verdadero educador”, dirá el Papa en el jubileo, ésta es signo manifiesto y visible de las cosas que se hacen con sentido, por más arduas que sean; la alegría emerge en aquel que se encuentra en paz con su propia vida. El amor supone una entrega con sentido y la alegría es su consecuencia lógica, un estado que nada tiene que ver con la algarabía ocasional sino con una serenidad gozosa, sostenida, porque confía en la fecundidad de lo que hace. 

Actualmente vemos docentes agobiados, desanimados, y razones sobran para ello. La ausencia de herramientas de intervención efectivas, la problemática infantil y juvenil, el exceso de estímulo virtual, la pérdida de autoridad, el vaciamiento de los valores, la poca valoración del conocimiento, la inmediatez que debilita para lo arduo, etc, etc. Sin duda razones no faltan pero… (en este caso el pero funciona) es bueno que nos preguntemos qué nos roba nuestra alegría y hagamos un análisis fino, profundo. Si mi desánimo se debe a la ausencia de resultados (al éxito del trabajo) lamentablemente siempre habrá motivos para la queja. Hemos de aceptar que la verdadera alegría brota de la entrega, del esfuerzo, del amor puesto en juego dejando los resultados en manos de Dios. Donde hay entrega total hay alegría total, la vara de la medida no somos nosotros con nuestros objetivos, sino sabernos en manos de quien escribe derecho en renglones torcidos. La clave que todo lo cambia es dejar de preguntarnos sobre los resultados, sino sobre el amor que ponemos en cada uno de los proyectos, ideas y en cada uno de los rostros que configuran nuestro alumnado y compañeros docentes. 

Charly, muy sui generis...

Seguramente muchos conocerán el tema “Aprendizaje”. Allí, de manera clara y directa, Charly García dice: “Y tuve muchos maestros de que aprender, sólo conocían su ciencia y el deber, nadie se animó a decir una verdad, siempre el miedo fue tonto” 

Es la triste y real afirmación de una educación que no tuvo en cuenta los puntos cardinales de la educación de la que nos habla el Papa: Interioridad para ser auténticos; Unidad para dar testimonio; Amor para transformar radicalmente y Alegría que de sal a la vida. 

FUENTE: José Luis Gerlero cuenta con amplia experiencia dentro del campo humanístico. Su formación académica abarca: filosofía y teología (UCA); ciencias sociales con orientación en educación (UNQ); educación sexual (UBA), así como diversos cursos y seminarios de formación en psicología profunda de C. G. Jung; dinámicas de grupo y psicología sistémica; diagnóstico, diseño, implementación y evaluación de proyectos; animación y asesoramiento juvenil. Con una amplia trayectoria en la educación media, tanto en la docencia como en la gestión, desarrolla talleres de formación basados en el método de trabajo «De la velocidad a la serenidad», de su propia autoría.

BIBLIOGRAFÍA: Carta Apostólica “Diseñar nuevos mapas de esperanza”. Del Papa León XIV con ocasión del LX aniversario de la declaración conciliar “Gravissimum Educationis”.

San Agustín “Confesiones” (1986) Buenos Aires, Paulinas. Pág 5.

 

Suscribite a nuestro Newsletter

Ahora podés recibir las novedades y nuestra revista de modo gratuito
en tu e-mail
¡SUSCRIBITE!

Newsletter y Revista