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Un mundo diferente es posible

El Papa León XIV ha relanzado el Pacto Educativo Global de Francisco para transformar la enseñanza. Monseñor Jorge González, presidente de la Comisión de Educación, nos invita a unir esfuerzos en este camino. El artículo que presentamos recuerda este importante acuerdo para apoyar a los jóvenes y añade los nuevos objetivos del Papa: crear lugares donde se viva con amor, alegría, unión y una profunda vida interior.  Estos pilares fundamentales son también analizados en las páginas de este número.

Durante su Pontificado, el Papa Francisco hizo una convocatoria inédita a todas las personas de buena voluntad para firmar un compromiso que él denominó “reconstruir el pacto educativo global”. Entonces, junto a las instituciones educativas de la Provincia de Buenos Aires, pudimos seguir las palabras del Santo Padre y reflexionar sobre el alcance de esta propuesta. Nos unimos a esta iniciativa como Arquidiócesis de La Plata, en sus distintos niveles y espacios educativos. Hoy seguimos en esta línea que nos compromete a mirar hacia adentro de nuestras instituciones, para revisar cómo hacemos educación en la práctica, en qué y para qué estamos formando a las nuevas generaciones, más allá de las formulaciones escritas; y también mirar hacia afuera de sus muros para promover la unión social que haga realidad una educación de calidad para todos y todas, que “haga madurar una nueva solidaridad universal y una sociedad más acogedora”, en palabras de Francisco. Algo, entre otras cosas, de lo que nuestra querida Argentina necesita. 

El mundo de hoy experimenta muchos cambios, una verdadera metamorfosis cultural y antropológica. La pandemia dejó al descubierto muchos dramas y aceleró también muchos procesos: los cambios tecnológicos y digitales en mutación incesante, si bien han traído múltiples ventajas y facilidades para algunos, también han derivado en pérdida de la identidad, desintegración psicológica y social, y discriminación de muchedumbres. Como expresó Francisco, se verifica una verdadera “catástrofe educativa”. 

Justamente al considerar el espectro, la gravedad, la interrelación y la globalidad de los problemas contemporáneos, el Papa exhortó a no contentarnos con medidas sanitarias, recetas simplistas o vanos optimismos. El Covid ha hecho posible reconocer de forma global que lo que está en crisis es nuestro modo de entender la realidad y de relacionarnos. Por eso, urgió implementar un nuevo modelo cultural y realizar un cambio en el modelo de desarrollo. Francisco reconoció en la educación el itinerario para revertir la crisis actual y promover el cambio. Ella tiene poder transformador y nos trae la esperanza; invita a la coparticipación y a la transformación. 

La educación sigue siendo una de las formas más efectivas de humanizar el mundo y la historia. Lo debemos reconocer como el antídoto natural de la cultura individualista. Es una cuestión de amor y responsabilidad transmitida entre las generaciones. ¡Por eso es tan noble e imperioso descubrir y valorar el rol y servicio que hacen cotidianamente nuestras maestras y nuestros docentes, junto a todos los que forman parte de nuestras Comunidades Educativas! 

Debemos reconocer a la educación como el antídoto natural de la cultura individualista

Lo que se vuelve necesario ahora es un nuevo compromiso educativo que involucre a todos los componentes de la sociedad. Una alianza basada en una red de relaciones humanas y abiertas, que debe garantizar el acceso de todos a una educación de calidad, a la altura de la dignidad humana y de su vocación a la fraternidad. El foco de este propósito es formar personas maduras, capaces de superar fragmentaciones y contraposiciones. Para que esos deseos logren concreción, el Papa nos dejó como herencia siete claves de implementación que vale la pena recordar: 

  1. Tener la valentía para ubicar la persona en el centro del proceso educativo formal e informal
  2. Escuchar a los niños, adolescentes y jóvenes
  3. Fomentar la participación educativa de las niñas y las jóvenes
  4. Considerar a la familia como primera e indispensable educadora 
  5. Educar y educarnos para acoger a los vulnerables y marginados 
  6. Estudiar formas de economía, política, crecimiento progreso que sirvan al hombre y cuiden la ecología integral 
  7. Salvaguardar y cultivar nuestra casa común.
 

Para esto será necesario invertir con creatividad y responsabilidad nuestros talentos y las mejores energías. Ser valientes, con la parresía del Evangelio, y asumir la responsabilidad ciudadana de luchar por las condiciones para ofrecer la educación integral de calidad a las nuevas generaciones. Condiciones que, cuando existen, están hoy en riesgo. Condiciones que no dependen sólo de los gobiernos de los Estados nacionales, sino de la ciudadanía corresponsable que las exige, apoya y hace posible. 

La educación necesita también adaptarse a los nuevos tiempos, incluso —si se quiere— reinventarse, para que pueda contribuir significativamente a un futuro mejor que cree en verdad una solidaridad universal, una cultura del encuentro y el respeto. Una educación que abra a la interioridad, a la espiritualidad y al encuentro con Dios. En este sentido, es necesario redefinir la educación integral desde la perspectiva de la formación para la ciudadanía global, el cuidado del medio ambiente y el cuidado por los más vulnerados de nuestro mundo. La educación necesita ayudar a los maestros, familias y nuevas generaciones a entender que la solidaridad hoy significa solidaridad con todos, comenzando con los más cercanos, pero también extendiéndose a todas las personas del planeta y a todo lo creado. 

El Papa no indicó ninguna acción, ningún programa para llevar a la práctica su llamado. Pero en sus discursos sobre el Pacto, en otros documentos relacionados y en varias de sus encíclicas, encontramos numerosas y reiterativas pistas para construir ese “camino hacia lo extraordinario”. 

Que este proceso iniciado nos encuentre disponibles a trabajar juntos. Es hora de mirar hacia adelante con valentía, audacia y esperanza para recrear las relaciones en la humanidad. Busquemos juntos las soluciones, miremos hacia el futuro con esperanza. Un mundo diferente es posible.

La educación necesita ayudar a los maestros, familias y nuevas generaciones a entender que la solidaridad hoy significa solidaridad con todos, comenzando con los más cercanos, pero también extendiéndose a todas las personas del planeta y a todo lo creado.

FUENTE: Monseñor Jorge Esteban González. Comisión de Educación del Episcopado Argentino.

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