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Aunque no sea perfecto y fácil, es el mejor camino

Una reflexión del educador Julio César Labaké. Bachiller en Filosofía. Licenciado en Psicología. Doctor en Psicología Social. Miembro de la Academia Nacional de Educación.

Parece razonable comenzar pensando que la democracia implica tres capacidades fundamentales e inexcusables:

  • La capacidad de pensamiento.
  • La capacidad de la palabra, puesto que pensamos con palabras.
  • Y la capacidad de diálogo, puesto que la palabra tiene dos funciones inherentes: 
  • la de expresarnos
  • y la de comunicarnos, que supone reconocer al otro, hablarle teniéndolo en cuenta, y escucharlo.

Sin estos tres presupuestos, una sociedad no puede ser democrática, puesto que la democracia, gobierno del pueblo, debe ceñirse a la realidad que es pluralista y exige inexorablemente la capacidad de acuerdos en la búsqueda del bien común.

Si admitimos este planteo, que propongo al lector, y nos detenemos a considerar estos cuarenta años en que pudimos salir de gobiernos de facto y totalitarios, es posible que debamos contabilizar “el haber y el debe” de nuestra sociedad argentina.

Sin lugar a dudas, hemos crecido en la conciencia social de que no queremos aceptar ningún gobierno de facto. Una de esas señales es que hasta hemos aprobado un “Día de la Memoria”, para conmemorar el retorno a la democracia y motivar la reflexión sobre su valor, más allá de cualquier politización que alguien pudiese intentar hacer de esa celebración. Es un “haber” importante y básico que debemos celebrar. Tanto por su tratamiento en la educación institucional, como en la educación social.

No más gobiernos de facto. De nadie. Aunque la democracia no sea un camino perfecto y fácil, es el mejor camino. Y eso, parece evidente que ha sido un buen paso en nuestra educación.

Pero junto a esta conquista, debemos afinar nuestra comprensión del proceso de estos cuarenta años.

Tres miradas nos pueden servir para aproximarnos a una valoración.

La primera centrada en nuestras escuelas, que es decir en nuestros directivos, docentes y alumnos. Y en este campo aparece un marcado interés por adecuar la educación a los tiempos que vivimos. Pero no siempre con los resultados que serían esperables para crecer en la capacidad de generar pensamiento propio, adherido a la realidad y a la creatividad. 

Nuestros egresados de la secundaria, y en no poca medida en años universitarios, en un porcentaje significativo, dan muestras, en las aulas y en las evaluaciones institucionales y empresariales, de no alcanzar la comprensión de textos básica para dominar la capacidad de pensar y de actuar. Con lo cual estamos diciendo que el discurso pierde su riqueza esperable porque, como ya hemos dicho, y la lingüística nos ha mostrado, pensamos con palabras. Si el pensamiento es débil, el discurso es pobre. Y si el discurso es pobre, seguramente la resolución de problemas y de diferencias será incapaz de alcanzar la madurez del diálogo. Y apelará al poder de los números o de la inescrupulosidad. De esta forma resultan gobiernos que no escuchan y no dialogan. Cámaras legislativas donde las bancadas no se escuchan ni pueden construir acuerdos realistas sobre el bien común alcanzable en cada situación. En su lugar aparece la confrontación y la violencia en cualquiera de sus expresiones. Desde el insulto hasta la violencia que puede ser el escrache o la toma de los espacios públicos para forzar decisiones que no siempre responden al juego democrático. O simplemente “el acting”.

Es posible que, en los intentos de actualizar nuestra educación, hayamos puesto el acento en transformar los contenidos conceptuales y los métodos didácticos que, por los resultados, no fueron los más adecuados, y no hayamos puesto suficiente énfasis en la formación de la persona que supone la educación de la inteligencia emocional. Esa que nos permite la sabiduría de la cultura del esfuerzo, del autogobierno y de la convivencia a partir de un sentido sólido de la vida.

La segunda mirada está puesta en la sociedad como conjunto. La desigualdad, el empobrecimiento, y los niveles de inseguridad, con el antecedente de una educación que no se ha ocupado suficientemente de la educación emocional, crean una experiencia incómoda. 

Una sociedad democrática tiende por su propia constitución y funcionamiento, a la tolerancia del otro. La llamada “grieta” que tanto nos hace hablar desde hace tanto tiempo, es un argumento suficiente para decir que no hemos avanzado suficientemente en una vida democrática.

De una u otra forma, siguen presentes intentos de pensamiento único, alimentados por minorías fundamentalistas, aunque se quieran proclamar democráticos. Son absolutamente incompatibles la pretensión mesiánica de grupos de iluminados con las exigencias y bondades de una vida de convivencia democrática, en que las diferencias se pueden resolver, precisamente, con lo que no abunda: el diálogo democrático.

Es evidente que nos está fallando ese proceso del cual casi no se habla: la “educación social”, dentro de la cual está inserta la educación institucional. Y en cuyo cometido están fuertemente comprometidos los dirigentes, los líderes sociales y políticos, y los medios masivos de comunicación.

Esto nos lleva a la tercera mirada: la que tiene su foco en la política, en los dirigentes políticos y sociales, en los gobernantes en particular, que olvidan las funciones inexcusables de todo aquel que ocupa esos lugares de influencia social.

Es muy ilustrativo el ejemplo de Nelson Mandela. Cuando el presidente De Klerk lo libera y le pide que colabore para pacificar a negros y blancos que han desatado, en la Sudáfrica del “apartheid”, una violencia que estaba costando cientos de muertos de ambos lados, el genio del líder aparece diáfano ante las cámaras de la cadena nacional.

Ustedes me han reconocido como su líder. Mientras así sea, debo marcar cuál es el camino. No es el de las armas. El camino de la paz es la paz. Sepan votar en las próximas elecciones.

Y fue la paz. Y fueron las elecciones. Y fue elegido presidente, Y se terminó el oprobio del apartheid en la nación.

Si nuestros líderes no asumen que nadie puede quedarse con todo, no tendremos una democracia real. El que pretende “todo” está rompiendo toda posibilidad de diálogo y de democracia.

Si nuestros líderes no asumen que nadie puede quedarse con todo, no tendremos una democracia real

Y esto se refleja en nuestra imposibilidad, en estos cuarenta años de democracia, de lograr acuerdos sobre políticas de estado que nos dejen suficientemente satisfechos a todos, porque representan las legítimas aspiraciones de cada sector. No es la lucha de clases ni de partidos el espíritu de la democracia. Es la capacidad de acuerdo. Aquello que menciona el mismo Nelson Mandela, que sucedía en el pueblo que gobernaba su tutor durante su adolescencia. Se reunía la Asamblea y según las normas mantenidas por su gobernador, no concluían las deliberaciones hasta que se había logrado un acuerdo general.

No es, lamentablemente, lo que sucede en nuestras cámaras legislativas, ni con nuestros gobiernos, sin hacer acepción de ninguno.

Llegados a este lugar de la reflexión, parece razonable concluir que debemos celebrar esa toma de conciencia de la que hablamos en primer lugar. Es un criterio fundacional. De esto debemos estar satisfechos.

Pero la democracia, como forma de vida y de gobierno, necesita alimentarse de esas fuentes de las que hemos hecho mención en nuestras tres miradas.

Y, como en estos cuarenta años debemos admitir que se han vivido y sucedido dos generaciones, como mínimo, el balance parece no dejar dudas. Tenemos un déficit con la aspiración democrática con la que recuperamos la autodeterminación de nuestra sociedad.

Será oportuno pensar en ello desapasionadamente, para encontrar las soluciones que nos lleven a fortalecer las fuentes de nuestra mentalidad y de nuestra praxis democrática. 

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