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Claves para volver a mirar la institución escolar

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Nuevos enfoques – como la neurociencia cognitiva y la educación emocional – invitan a enriquecer nuestras clases. Desde esta perspectiva, la Magíster Mariela Cuda, autora de “Clases de hoy en escuelas de ayer”, señala cómo podemos mejorar los entornos de aprendizaje en este cambio epocal.

La escuela es una de las instituciones sociales que más invariable se sostuvo a lo largo de la historia. Su objeto y finalidad persistió en el tiempo casi sin cambios, perpetuando incluso muchos de sus métodos, caracteres y recursos originales. Esta institución educativa que conocemos se masificó bajo el influjo de una sociedad absolutamente diferente a la actual; la sociedad de la Edad Moderna. Como hija de aquel tiempo, guarda el reflejo de un modelo de enseñanza-aprendizaje asociado a la ciencia, el orden y la racionalidad, muy diferente al actual. El reconocido filósofo Edgar Morín (2002) sostiene que los docentes de hoy suelen ser producto de la vieja racionalidad simplificadora que concebía la realidad como un rompecabezas, que veía los problemas de la humanidad de manera disociada, aislada y unidimensional. 

Racionalismo, cientificismo, dogmatismo, fueron –y siguen siendo- algunos de los parámetros que dieron forma y sustento a la institución escolar y tiñeron de características peculiares muchas de las prácticas, rituales, y hábitos que en ella se vivieron y que, en muchos casos, se siguen viviendo.   Recreos cortos y clases largas que desconocen el cansancio del cuerpo y la mente; espacios y tiempos que responden a disciplinas aisladas incapaces de abordar la realidad de manera integrada; límites injustificados al ruido y al movimiento; largas horas dedicadas al desarrollo de unas mentes que parecieran no sentir ni tener cuerpo; recursos didácticos que poco tienen que ver con el mundo de nuestros estudiantes; son sólo algunas de las cosas que vemos -o no vemos- cuando miramos nuestras escuelas.   

Hoy, los avances tecnológicos, los cambios poblacionales, económicos y culturales de la posmodernidad invitan a mirar al mundo desde una nueva complejidad. Esto supone cuestionar la estructura de la simplificación propia de la racionalidad tradicional hacia una visión que priorice la complejidad como característica propia de la realidad social y humana. El problema es que, por lo general, la urgencia y la costumbre nos instan a seguir repitiendo modelos que naturalizamos por la fuerza del tiempo y la potencia de la cotidianeidad.

Los aportes de nuevos paradigmas, tales como la neurociencia cognitiva y la educación emocional, pueden ayudarnos a revisar viejas prácticas y reinventar nuestras clases.  Tales aportes demostraron que el verdadero aprendizaje se incrementa por el encuentro, el bienestar, la curiosidad, el desafío, y se inhibe por la amenaza o el desencanto: la evidencia vino a subrayar –una vez más- desde estas nuevas vertientes cognitivas, que cognición y emoción son y deben ser socias conscientes en el proceso de enseñanza.  Hoy sabemos que no es posible mejorar los entornos de aprendizaje si antes no enfocamos la atención en mejorar los vínculos; con nosotros y con los otros.  

Estos nuevos enfoques colaboran en la construcción de propuestas didácticas que, partiendo de la evidencia educativa, invitan a enriquecer a los estudiantes con herramientas emocionales y cognitivas que les permitan afrontar con conocimiento y fortaleza la ambigüedad del presente.    Invitan a fomentar clases capaces de potenciar el aprendizaje desde la emoción, la integración con el otro, la creatividad, el movimiento o el humor. Las que siguen son algunas de las claves para pensar la escuela de hoy desde estas nuevas perspectivas: 

Superar el dogmatismo y el atomismo conceptual

Las aulas de hoy deben ser una invitación a generar conexiones significativas entre las memorias adquiridas y los nuevos saberes; entre los saberes provenientes de disciplinas diferentes; y entre los saberes curriculares con la realidad concreta. Dice Stanislas Dehaene (2019;62) que “aprender es proyectar hipótesis a priori”, pues, las propuestas didácticas deben ser un llamado a generar conjeturas frente al nuevo conocimiento, a contrastar las opiniones con la información, a generar opiniones a partir de observaciones, o confrontar las diferentes opiniones entre sí para enriquecer las miradas. 

Superar el dogmatismo y el atomismo se traduce en proponer en las aulas nuevas formas de abordar los contenidos curriculares, reemplazando la mera exposición de conceptos indiscutibles por experiencias de aprendizaje que promuevan la praxis activa del alumnado, dando lugar al aprendizaje de capacidades más complejas que el conocimiento conceptual, tales como el espíritu crítico, la resolución de problemas o el pensamiento divergente y antidogmático que logra la apertura y el diálogo prolífico entre distintas disciplinas del saber humano.   

 Superar el individualismo 

En la escuela tradicional, cada alumno debía aprender lo que sus profesores le enseñaban, trabajando siempre de forma individual. En muchos establecimientos, los bancos siguen siendo personales, la mirada y la atención se dirige al que “tiene y proyecta el saber”, las actividades se realizan en su enorme mayoría en cuadernos y carpetas propias y espacios restrictivos, y hablar con el compañero mientras “se aprende” es signo de mala educación. A medida que los niños y niñas crecen y se adentran en la educación formal, la negativa a comunicarse con sus compañeros durante las clases se vuelve más y más explícita.  El momento de hablar y compartir es el recreo y los espacios de comunicación se dan especialmente en los patios, ámbito destinado al “no aprendizaje”.  Las aulas siguen siendo, en muchos casos, el bastión del aprendizaje individual.   

Si bien es verdaderamente importante valorar las diferentes formas de ser, de pensar, de aprender, los múltiples temperamentos y personalidades de cada individualidad; nada de esto tiene sentido si los alumnos aprenden a construir sus saberes en soledad y aislamiento. Hoy sabemos que el aprendizaje se potencia con el encuentro y que la interacción es crucial en la motivación, la atención e incluso la activación de la memoria. El trabajo colaborativo, el debate de ideas, la co-evaluación y la gestión de proyectos en equipo deberían ser prácticas normales y recurrentes en las aulas del presente. 

Superar la quietud 

Aprender es, desde su sustrato biológico, generar uniones neuronales cuya configuración permita recibir, comprender y afrontar mejor el entorno. Y esas modificaciones se logran mediante la interconexión que tenemos las personas con el afuera, a través de la experiencia. El aprendizaje es, en principio, un cambio de comportamiento relativamente permanente que se da como resultado de la experiencia (Feldman, 2013).

 Mirar la escuela con los ojos en el presente es una invitación a revisar las prácticas, los hábitos y las costumbres de siempre, para evaluar cuáles de ellas deberían perpetuarse y cuáles es tiempo de cambiar. 

Entonces cabría preguntarse: ¿Es posible que sigamos reduciendo esa experiencia a una racionalidad fija, inmóvil, y esperar que se trate de la mejor experiencia áulica de aprendizaje?  Suponer que la palabra y el pensamiento alcanzan como medio de apropiación experiencial con el entorno, sería negarse a la posibilidad que ofrecen otras vías de apropiación, codificación y registro de los saberes que involucran al ser en su totalidad. Totalidad que, por naturaleza, involucra al cuerpo y al movimiento. Propuestas didácticas innovadoras que involucren el juego y el movimiento, que inviten a salir de la restricción de las aulas a patios, pasillos o visitas escolares, pueden ser una excelente alternativa a la clase de siempre.  Teatralizaciones, juegos kinestésicos, yincanas o “estaciones de aprendizaje” en las aulas, son algunas de las opciones aplicables para evitar el estancamiento y la quietud de la escuela tradicional.

 Mirar la escuela con los ojos en el presente es una invitación a revisar las prácticas, los hábitos y las costumbres de siempre, para evaluar cuáles de ellas deberían perpetuarse y cuáles es tiempo de cambiar.  El nuevo docente no puede limitarse a la exposición de teorías precedentes, debe ser más bien un gestor de experiencias de aprendizaje potentes, variadas e innovadoras. Debe ser el precursor de experiencias educativas sustantivas y auténticas que requieran de conocimientos, actitudes, habilidades y valores para su realización 

 

Bibliografía de referencia 

Dehaene, S. (2019). ¿Cómo aprendemos? Siglo XXI Editores. Buenos Aires

Feldman R (2013) Introducción a La Psicología. Universidad Autónoma de México. McGraw-Hill Interamericana de España S.L. 

Morin, E. (2002). La cabeza bien puesta, Repensar la reforma, reformar el pensamiento. Bases para una reforma educativa. Buenos Aires: Nueva Visión.

 

Mariela Cuda

La investigadora Mariela Cuda es reconocida también por su publicación “Neurociencias. Didáctica y Pedagogía” de Editorial Bonum. Es Formadora y capacitadora docente. Mg. en Neurociencias aplicadas a la educación, y en Educación emocional. Esp. Investigación. Proyecto CEPA.


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