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Novedades

La escuela católica en el magisterio del Papa Francisco

Una recapitulación de la charla con Carlos Hoevel, en el conversatorio coordinado por Joaquín Viqueira y Mariana Fuentes sobre: “La identidad de la escuela católica para una cultura del diálogo” organizado por la Vicaría de Educación del Arzobispado de Buenos Aires y el Consudec, la mañana del 9 de febrero de 2023. 

Joaquín Viqueira: El Cardenal Poli nos pidió que el tema de este Foro gire en torno al documento publicado en 2022 por la Congregación para la Educación Católica con un título muy sugerente, ¿qué te dejó esta lectura? ¿podrías compartir con nosotros lo que te llevó a pensar?
 
Carlos Hoevel: Fue una convocatoria que me motivó y me desafió, especialmente cuando empecé a leer el texto, que en principio no me pareció muy atractivo, sobre todo por el modo en que está escrito. Es un texto bastante formal -además se llama “Instrucción”- y la primera impresión al leerlo es que a uno le están dando todas las pautas que tiene que cumplir la escuela, es decir, un “deber ser”. Pero en la medida en que se lo vuelve a leer y se lo medita, te das cuenta que el documento contiene muchas joyas, un tesoro de experiencias, de intuiciones e ideas que se fueron transmitiendo a lo largo de la historia del Magisterio y de la experiencia milenaria que tiene la Iglesia en materia educativa.
 
La primera idea que me impresionó del documento es todo lo que significa ser una escuela -incluso sin referirnos todavía específicamente a la escuela católica-, lo maravilloso que es participar en la vida escolar por todas las dimensiones que implica una sola escuela, y diría una sola aula. El documento la describe, en primer lugar, como una institución donde se busca desarrollar las capacidades, las potencialidades de pensamiento, de conocimiento de los chicos. Pensemos en lo que significa esto: despertar la razón, la inteligencia que, en definitiva, es la ventana a la vida, a la realidad. 
 
Un pensador, Josef Jungmann, define a la educación como una “introducción a la realidad”. Fijémonos lo importante que es eso: educando la razón, la inteligencia, estamos nada menos que abriéndole a los chicos los ojos para que puedan ver por sí mismos la realidad, el mundo. 
 
La filósofa alemana Hannah Arendt, decía que nosotros tenemos que presentar el mundo a los alumnos, mostrándoles el atractivo y la belleza de la vida, y no solamente los problemas, como muchas veces hacemos. La apertura de la inteligencia a lo real es una de las misiones más importantes de la escuela que destaca el documento. 
 
El documento se refiere luego a otro aspecto central que debe lograr la escuela: transmitir a los chicos y jóvenes la tradición cultural, el patrimonio de la cultura; especialmente poniéndolos en contacto con los grandes clásicos a los que hacía referencia Paola Delbosco en su bellísima presentación. ¡Hubo tantos creadores, pensadores, artistas, escritores, músicos a lo largo de la historia que pensaron o plasmaron en una trama narrativa, una pieza musical, un lienzo, un texto o en un guión cinematográfico las cuestiones fundamentales de la vida! Si ponemos a los chicos en contacto con el alma y las obras de estos creadores, les abrimos posibilidades de ver su propia vida de una manera nueva, en un tono distinto, en una clave diversa y no en el modo monótono en que a veces presentan la vida los medios de comunicación o las redes sociales. 
 
Yo siempre observo, y creo que todos lo podemos comprobar, las caras de mis hijas antes y después de usar por largo rato el celular. Después de varias horas de pantalla vemos caras de aburrimiento, de vacío. En cambio, cuando les proponemos el acceso a algo más profundo, más lleno de vida, más interesante, es como si aflorara otra dimensión de la personalidad.
 
Otra característica de la escuela que presenta el documento, es la de ofrecer el acompañamiento a los chicos y jóvenes en el aprendizaje del ejercicio de su libertad para apuntar a elegir, adquiriendo gradualmente la conciencia de los valores fundamentales de la vida, algo que, de alguna manera, se puede enseñar incluso a través de las materias más inverosímiles. Justamente ayer hablaba con un profesor de Matemática que se preparaba para dar sus clases y me contaba los modos que se le ocurrían para transmitir a través de su materia cuestiones relacionadas a lo que los chicos perciben como importantes en sus propias vidas.
 
Ahora bien, ser escuela católica significa, de acuerdo al documento, todavía mucho más. Entre sus rasgos centrales está el de tener, además de una dimensión académica, una dimensión comunitaria. Muchas veces el maestro, la maestra, el profesor, la profesora, entra al aula como alguien solitario: los famosos “profesores o docentes taxis” que dan clases en miles de colegios y que, una vez que termina la clase, se van. Apenas se cruzan con los otros docentes en la sala de profesores con un mínimo intercambio. En ese sentido, por más que muchas escuelas lleven el nombre de “escuela católica”, nos damos cuenta de que les falta un rasgo fundamental que es la dimensión comunitaria. Pero la comunidad que hace vivir a la escuela católica no es cualquier comunidad. 
 
En otro pasaje muy lindo del documento se nos dice que el motivo fundamental por el cual estamos reunidos los católicos en una escuela y que nos convierte en comunidad, no es el resultado de una iniciativa nuestra, de una construcción puramente humana, sino de la experiencia común que nos une, que es la experiencia de haber vivido el encuentro con Cristo. 
 
El acontecimiento inaudito de habernos encontrado con Cristo, vivido por cada persona que la une a otras en la comunidad que llamamos Iglesia, otorga a la escuela católica una fuerza y un potencial educativo de una fecundidad incalculable. El texto dice, con palabras más formales, algo parecido a esto: “si te encontraste con Cristo, este acontecimiento tarde o temprano te cambia la vida, te cambia la percepción de la realidad, te cambia también la profundidad y el nivel de acierto con el que encarás todas tus acciones y, a la larga, te cambia también tu modo de educar.” A partir de ese encuentro, vamos adquiriendo una capacidad de ver y de transmitir las cosas que otros, que no han vivido todavía esa experiencia, tal vez no tengan, poniéndonos al mismo tiempo inmediatamente en sintonía con otros que sí la han vivido, formando juntos una comunidad educativa viva.
 
Hay otros pasajes importantes del documento como los del capítulo 3, que refiere a algunos puntos críticos de la escuela católica actual; por ejemplo, a esa especie de duda que tienen muchas escuelas católicas acerca de su identidad, y al lavado que se va produciendo gradualmente de esa identidad, muchas veces por temor a quedar como que están “imponiendo” algo. De este problema deriva, creo yo, la pregunta de fondo que motiva este encuentro: ¿Cómo hacer, o mejor dicho, cómo ser para vivir esta dimensión cristiana de la fe dentro de nuestra comunidad educativa, de nuestra escuela católica, sin imponer nada, sino en diálogo con una cultura que muchas veces no tiene las mismas convicciones que nosotros? Allí está el desafío principal, que es el mismo que plantea también el texto.
 
Joaquín Viqueira: Carlos, hoy por hoy a muchas de nuestras escuelas llegan familias que no nos eligen por ser escuela católica, pero somos una escuela católica. El documento plantea así el “deber de la identidad”, pero también la “valentía de la alteridad”. ¿Qué podés decirnos sobre eso?
 
Carlos Hoevel: Si, son palabras que el documento toma de un discurso del Papa Francisco, que se plantean como un llamado a una acción y a una opción moral por parte de quienes llevan adelante las escuelas católicas. Pero, por detrás de esa opción moral, hay una cuestión más profunda sobre quién soy, sobre mi identidad. La pregunta por la identidad tiene que ver primero con el ser antes que con el deber ser. Si yo me pregunto quién soy, estoy, como dicen los filósofos, en el nivel ontológico, en el nivel del ser. Y allí empieza, me parece, a moverse la cosa en un plano más profundo que no es solo voluntarista o de cumplimiento.
 
Hay una anécdota de un sacerdote educador italiano muy famoso, Luigi Giussani, quien contaba que en la década del ’50 en Italia, la Iglesia lucía triunfante: las escuelas católicas estaban llenas, los templos rebozaban, y los católicos tenían una influencia enorme políticamente hablando porque además gobernaba la Democracia Cristiana, un partido católico. Además, una gran parte de la cultura italiana se llamaba a sí misma católica y parecía que no había mucho más para hacer más que seguir desplegando todo eso que ya estaba asegurado. 
 
Pero un día Giussani sube a un tren para ir a la ciudad de Rimini y se cruza en el vagón con unos chicos de secundaria. Entonces empieza a escuchar desde su asiento que estos chicos criticaban muchas cosas de la Iglesia, de la misa, etc. Y el cura, como buen educador, se acerca y empieza a preguntarles cosas elementales de la fe, y comprueba que esos chicos, que eran ya bastante grandes y que recibían instrucción religiosa en sus escuelas, porque en Italia la religión se enseñaba también en colegios públicos, no tenían idea de lo que era verdaderamente una experiencia de fe y estaban cargados de prejuicios hacia el hecho cristiano. Es decir que formaban parte de familias católicas y de escuelas católicas, pero su experiencia de vida no tenía nada que ver con eso. 
 
Giussani se queda shockeado con este encuentro. Proféticamente se da cuenta de que este era un signo que le indicaba que toda esa estructura que tenía montada la Iglesia, aparentemente invencible, se iba a derrumbar en pocas décadas, algo que sabemos que efectivamente sucedió en toda Europa que hoy está casi totalmente secularizada. Tuvo la lucidez de captar esto porque entendió que esos chicos, que eran el futuro, vivían en medio de instituciones y familias cristianas, pero no tenían lo fundamental: la experiencia de la fe. Entonces tomó una decisión que le cambió la vida para siempre: pidió a sus superiores la autorización para dejar su Cátedra de Teología y pasar a convertirse en un sencillo profesor de religión en un colegio público de Milán, algo así como un Colegio nacional nuestro. Es decir, pidió descender de “nivel académico” para ponerse en contacto directo con los jóvenes secundarios. 
 
Ya desde el día uno en que entró al aula y reconoció las caras de escepticismo de muchos de sus alumnos, pudo verificar su anterior presunción: casi nadie creía. ¿Y qué hizo?  Algo que muchas veces no nos animamos a hacer, pero que en la situación contemporánea es fundamental: empezó de nuevo de cero. ¿Y cómo empezó de cero? Reconociendo poco a poco, a través del encuentro personal, por medio de preguntas completamente sinceras y de un diálogo abierto, cuáles eran las dudas reales, los cuestionamientos auténticos que tenían los chicos. 
 
Pero no se quedó simplemente en eso. A partir de allí empezó a darse cuenta de que el método que originalmente tenía la Iglesia – el método de Jesús – en gran medida se había perdido; es el método del ayudar a otro en el reconocimiento gradual de la riqueza, a veces desconocida, de la propia experiencia humana. Giussani ayudó así a miles de chicos y jóvenes a descubrir los deseos y exigencias más profundos de su corazón que a veces, por un uso todavía inmaduro, inadecuado, reductivo o prejuicioso de la razón -muy influido también por el ambiente-, no lograban reconocer. Entonces tomó conciencia de que la mejor manera de ayudar a otros a descubrir la profundidad de su experiencia, era por medio de su testimonio. Así, les mostró a los alumnos sus propios deseos, sus anhelos, las nostalgias más profundas de su corazón para que, a través de ese espejo, ellos pudieran también descubrirlas en sí mismos, como efectivamente ocurrió con miles de chicos. No obstante, tampoco se detuvo allí. También les ofreció el testimonio de la conmoción más grande, e inexplicable, inesperada que él había vivido en su vida, y que era la respuesta a todos sus deseos, a todas las nostalgias de su corazón: la experiencia de su encuentro con Cristo.
 
Entonces, volviendo al punto que me preguntás, creo que nosotros hoy vivimos una situación, en algunos aspectos, parecida a la que vivió Giussani. Todavía tenemos en la Iglesia de nuestro país estructuras educativas importantes, pero mucho de lo que está por debajo de esas estructuras es un suelo que ya no está arado, que está duro y- en muchos casos- congelado, que debemos remover y labrar nuevamente, empezando por el humus más básico. ¿Y dónde encontramos ese humus más básico? En la experiencia humana que todos los hombres y mujeres -adultos y chicos- tenemos en común. Si dialogo con los chicos, sea cual fuera la materia que enseñe, desde la propia experiencia, ofreciéndoles, por así decirlo, mi propio yo, puedo ayudarlos a redescubrir gradualmente por medio de un uso completo, abierto y no recortado de la razón, la profundidad y amplitud de su propia experiencia, reconociendo junto con ellos cuáles son las preguntas fundamentales, las preguntas de fondo de la vida, abriendo así la posibilidad de que haya un encuentro humano que, profundizado, se puede convertir  también, con la intervención del Espíritu de Jesús y quizás -¿por qué no?- de mi propio testimonio, en un encuentro cristiano. 

Tenemos en la Iglesia de nuestro país estructuras educativas importantes, pero mucho de lo que está por debajo de esas estructuras es un suelo que ya no está arado, que está duro y- en muchos casos- congelado, que debemos remover y labrar nuevamente

Para vivir nuestra identidad, no se trata entonces de ponernos en primera instancia, como directivos o como docentes, a defendernos frente a los alumnos o frente a los padres, de determinadas ideas que no admitimos como escuela católica, por ejemplo, la ideología de género. 

Es obvio que entre la ideología de género y la doctrina católica no hay compatibilidad posible, por lo menos en sus versiones radicalizadas que pretenden difundir una concepción antropológica totalmente opuesta a la cristiana. Pero, aunque habrá situaciones especiales en que tendremos que ponernos firmes, no puedo ir directamente con el Catecismo y tirárselo por la cabeza a mis alumnos. Evidentemente, yo mismo me ideologizo si entro en ese combate de ideas sin antes labrar el suelo y empezar a reconocer la experiencia humana que tenemos en común. Me parece que ahí está el punto. Te pasa no solo con los chicos, sino también con los padres y, si sos directivo, con tus propios profesores, que muchas veces vienen sin esa labranza de la tierra, sin esa conciencia de su propia experiencia humana o cristiana. Entonces tengo que empezar muy abajo, desde esa experiencia humana que no relativiza los principios ni huye de la defensa de las verdades de nuestra fe frente a las ideologías que hoy la cuestionan, pero que permite redescubrirlas desde un nuevo comienzo real, desde una apertura humana y vital a lo verdadero.

Invernadero de plantas nativas

Joaquín Viqueira: ¿En qué medida los conocimientos, palabras y testimonios de los docentes favorecen este llamado del documento “a educar en una identidad católica para la cultura del diálogo”? 

Carlos Hoevel: Cuando comienzan las clases, todos los que salimos al escenario del aula sentimos esa misma especie de miedo escénico que nos pone cada año en idéntica situación de precariedad, de fragilidad en el punto de partida. 

Este temor, nos da la oportunidad de hacer un trabajo importante: el de volver a recordar por qué estamos por pisar el escenario de esa aula, de dónde salió por primera vez el impulso que nos llevó a dedicarnos a la educación y qué es lo que hoy me mueve a volver a hacerlo.

Este aspecto de la memoria, del recuerdo, es una toma de conciencia que me ayuda a concentrarme en lo esencial y a evitar muchos de los problemas que sufrimos en la docencia actual debido a la dispersión o al activismo vacíos que finalmente derivan en la desmotivación o la depresión docente y en el desinterés o la apatía de los alumnos. Por ejemplo, si me aboco a la planificación, a los problemas tan arduos de cómo manejar la disciplina o cómo llevar adelante mi relación con los directivos, o con los padres, sin la fuerza que me da un afecto, un atractivo último en mi tarea, puedo caer en una dispersión mental y afectiva. Entonces es muy importante volver a recordar para qué y por qué estoy aquí, reconocer lo que impulsa todo; es decir, las exigencias potentes de mi corazón que, como sabemos, en sentido bíblico no significa solo un sentimentalismo. 

Ahora bien, en una escuela católica uno espera que quienes están frente a los chicos tengan también un segundo momento de conciencia: la conciencia de la fe. Uno no está solo delante de los chicos, uno está movido por el atractivo último del encuentro vivido con Cristo que lo conmovió, lo fascinó y del cual los chicos son signo viviente. De allí uno sabe que, a pesar de estar quizás físicamente solo en el aula, hay Alguien que me acompaña en esta tarea; ese Alguien es mucho más grande que yo y si permanezco unido a Él, me va a ir abriendo cada vez más perspectivas nuevas, más fecundidad y experiencias inesperadas en mi trabajo docente: de apertura a la realidad, de creatividad, de buena actitud, de empatía con el otro, de recepción a las novedades e iniciativas, que no me podrá dar nunca ni la mejor planificación.

Esta autoconciencia, siguiendo lo que señalaba al principio, no la puedo adquirir solo: se necesita un trabajo comunitario. El directivo, el coordinador de equipo, el maestro está llamado, por la naturaleza propia de su actividad, que además de docente es humana, a encontrarse con los otros, no solamente para planificar clases y acciones, sino sobre todo a practicar y compartir juntos, cotidianamente, periódicamente, este ejercicio de autoconciencia sobre la propia experiencia humana que es a la vez personal y comunitaria. Lo que hacemos y lo que vivimos como educadores y como personas nos impulsa, casi diría nos lleva necesariamente, a buscar el modo de encontrarnos en un nivel más profundo que el de las dos palabras que cruzamos en la sala de profesores.  

Todos sabemos que la Iglesia -y la escuela católica forma parte de ella- está constantemente inspirada por el Espíritu de Cristo que abre la inteligencia, la creatividad y la afectividad en cada persona. Pero nos perdemos mucho de lo que podríamos recibir del Espíritu si intentamos hacerlo todo solos, individualmente, sin la comunicación con los demás: es a través de la mediación, de la presencia de los demás, como ampliamos y potenciamos mutuamente nuestra capacidad de recepción y también de acción. De hecho, Cristo fundó una comunidad porque, si bien Él nos inspira interiormente a través de su gracia, iluminando nuestra inteligencia y nuestras ganas de hacer cosas, el camino que elige para acompañarnos, educarnos, es fundamentalmente el del encuentro con otras personas, tanto dentro como fuera de la comunidad cristiana. 

En tantas escuelas vemos que al principio hay muchas iniciativas, pero que poco a poco se van apagando. Entonces decimos “¿Cómo? Con toda la cantidad de métodos pedagógicos, de materiales, instalaciones y de tecnologías aplicadas por docentes talentosos y capaces, ¿Por qué los chicos no se interesan por nada?”

La respuesta creo que es: porque no ven o porque no está encendido el fuego. Muchas veces esto sucede en escuelas laicas y en escuelas católicas que tienen incluso espacios establecidos formalmente para el “encuentro personal” o el “encuentro pastoral” pero que no son vividos auténticamente por las personas desde una experiencia de entrega de unos a otros verdadera y libre. Por ello una pregunta más humilde que me hago es: ¿Dónde hay alguien, aunque sean uno o dos -docentes o alumnos- que me están necesitando, o esperando, y yo quizás también, aunque no me de cuenta, los estoy esperando y necesitando a ellos, para recorrer juntos un camino de acompañamiento y de ofrecimiento mutuo del propio yo, que nos permita profundizar la conciencia de nuestra común experiencia humana y de nuestra fe que es, en definitiva la fuente de la fuerza y de la luz para la vida y también para la tarea docente? 

Creo que, si estamos atentos, en el lugar que nos toque, a iniciar con otros un movimiento así, aunque nuestra planificación no sea tan perfecta, seguramente vamos a suplir con creces esas carencias con las capacidades nuevas que nos va a dar este fuego encendido que llevamos adentro y que ofrecemos como regalo a los demás.

Carlos Hoevel

Carlos Hoevel es Doctor en Filosofía (UCA) y M. A en Ciencias Sociales (Universidad de Chicago). Miembro de Número de la Academia Nacional de Educación. Profesor de Historia del pensamiento político y económico y de Filosofía de la Educación en la UCA. Director e Investigador del Centro de Economía y Cultura de la misma Universidad. Profesor de Filosofía Social y miembro de la Junta de Gobierno de la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino.

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