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Ante los años que vendrán: La escuela del Siglo XXI y caminos alternativos

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Sigamos preguntándonos…

“Sobre cómo tiene que ser la escuela del siglo XXI o pistas para emprender caminos alternativos”. Escribe la doctora Cristina Carriego. Directora Pedagógica de la Dirección General de Educación de Gestión Privada. Ministerio de Educación de CABA.

Preguntarnos cómo tiene que ser la escuela del siglo XXI, implica no discutir que debe ser. Sin embargo, no sería raro comenzar por esta pregunta más extrema en la que pongamos en cuestión el sentido de su existencia y la actualidad de su mandato. Especialmente luego de una experiencia crítica como la del aislamiento que produjo la pandemia y en un mundo tecnológicamente preparado para distribuir conocimientos a través de medios digitales. 
 
Las huellas que dejaron en nosotros estos últimos años y las reflexiones pedagógicas generadas a partir de ellas ofrecen una oportunidad que no deberíamos desaprovechar. Lo vivido es una invitación a volver a preguntarnos sobre el sentido de la institución escolar. 
 
Puestos en esta situación podemos afirmar que, si bien la virtualidad mostró la potencialidad del aprendizaje ubicuo, los efectos de la vida sin escuela nos hacen volver a poner este espacio como un lugar aún necesario para el desarrollo socio emocional de los niños, niñas y jóvenes, incluso como un espacio de protección de derechos. Durante la pandemia se valorizó la escuela como un lugar físico, destinado al encuentro físico con otros. Somos testigos de los efectos de la falta de espacios de socialización en los/as adolescentes. También vimos cómo el aprendizaje de los más pequeños resultó comprometido con la falta de presencialidad. 
 
Los efectos de la “no escuela” para quienes no tuvieron conectividad y el impacto socioemocional en niños/as y jóvenes nos hacen afirmar que, por ahora, seguimos necesitando de la escuela como lugar de encuentro con otros, pares y adultos para aprender y generar vínculos. 
 
Entonces permanece en nosotros la convicción de una escuela necesaria pero también un conjunto de insatisfacciones que ya existían antes de la pandemia y que en algunos casos vuelven a aparecer exacerbadas. Directivos y docentes conviven con las marcas que la pandemia ha dejado en niños, jóvenes y familias, propias y ajenas, y con el resurgimiento de las insatisfacciones vinculadas a los resultados de aprendizaje, a la desmotivación de los jóvenes, a la imposibilidad de atender a la diversidad, a la falta de apoyo de las familias y a problemas cada vez más complejos que se cuelan en la vida escolar desplazando la prioridad del aprendizaje hacia las urgencias judiciales-administrativas. 
 
Pareciera que el regreso a la escuela luego de tamaña experiencia no logró modificar significativamente la experiencia escolar y que incluso puede existir el riesgo de reinstalarse en la comodidad de lo conocido porque ofrece seguridad. Por esto, volver a preguntarnos cómo debe ser la escuela del siglo XXI es un ejercicio que nos debemos y todavía tenemos la oportunidad y quizá también la urgencia de realizar. 
 
Si el regreso a la presencialidad nos ha devuelto también a la inconformidad por el tipo de experiencia que la escuela ofrece a los/as estudiantes y también a los/as educadores/as, podríamos partir de identificar algunos de los signos de estos tiempos, entendidos como sucesos universales que nunca habíamos visto, y generar algunas pistas para emprender nuevos caminos. 
¿Qué implicancias tuvo una pandemia planetaria que nos confrontó con nuestra fragilidad? ¿Cuáles son las consecuencias de las guerras que nos muestran la incapacidad de pensarnos como humanidad y responsables unos de otros? ¿Qué consecuencias tiene la destrucción progresiva de la casa común? ¿Cómo formar para una realidad caótica y compleja y un futuro incierto e impredecible? ¿Cuáles son las estrategias que debemos construir para educar en la cultura digital? ¿Qué rol tiene la escuela en la posibilidad de devolver la dignidad a quienes ven vulnerados sus derechos? ¿Qué implica formar a niños/as y jóvenes que vivirán 100 años? Sin duda la prolongación de la vida es también un signo de este tiempo. 
 
Frente a todo esto necesitamos una acción personal y también colectiva, ofrecer una experiencia humanizante y no solo de preparación para el éxito individual en mercados de trabajo. La escuela del siglo XXI podría ayudar a desactivar el mandato del éxito personal que se consigue a costa de la destrucción o de la sobreexplotación de recursos, de personas, o de uno mismo. En este camino, las encíclicas Laudato Si´ y Fratelli Tutti podrían ser consideradas como documentos curriculares. Ellas ofrecen las coordenadas claves para empezar a dar una respuesta integral a la pregunta sobre qué debemos enseñar, y por qué no, sobre cómo debería ser la vida escolar.

Necesitamos una acción personal y también colectiva, ofrecer una experiencia humanizante y no solo de preparación para el éxito individual en mercados de trabajo.

Cabe imaginar que en los próximos 100 años los saberes instrumentales irán cambiando, por lo que las habilidades transversales básicas como la lectura y la escritura, y la capacidad de seguir aprendiendo serán recursos claves para la inclusión social. ¿Cómo puede contribuir la escuela al aprendizaje que deberá producirse en los 80 años posteriores a la educación obligatoria? Aprender más allá de los espacios escolares seguramente requerirá:

– Identificar los propios dones y las pasiones que nos motivan y movilizan

– Ser parte de grupos colaborativos para aprender de otros y con otros

– Tomar decisiones 

– Organizar el tiempo en función de prioridades

– Trabajar en forma sistemática y organizada

– Sostener el esfuerzo durante tiempos prolongados

– Sobreponerse a la frustración.

La contemplación de los signos de los tiempos requiere también despejar los prejuicios frente a las minorías, sobre todo hacia aquellas que estuvieron calladas, y reclaman por su dignidad y derechos. La educación será inclusiva o no será y esto requiere una renovación de las culturas, las políticas y las prácticas para dar cabida a todos/as, como también del compromiso de eliminar los obstáculos que impiden esa posibilidad (Unesco, 2005).

Tamaño desafío tienen las escuelas por delante. ¿Por dónde comenzar? Seguramente cada escuela habrá iniciado este camino de reconversión. Cada comunidad tiene su propio punto de partida respecto a su acción frente a los signos de este tiempo. La transformación será posible si las escuelas se definen como comunidades de cambio, desde el protagonismo de sus actores como corresponsables en la escucha de las necesidades de cada contexto, desarrollando liderazgos, promoviendo la profesionalidad, generando diálogo, y asumiendo la autonomía necesaria para gestar nuevas experiencias formativas junto con las familias. 

Escuchemos lo que nuestros/as niños/as y jóvenes dicen, veamos lo que necesitan hoy y también lo que necesita nuestro mundo común. Sigamos preguntándonos por el sentido de la experiencia escolar y no tengamos temor a pensar organizaciones educativas alternativas, contraculturales y desorganizadoras. No hay un único camino posible. Hay mucho por ganar y muy poco para perder. 

Cristina Carriego

Cristina Carriego dedicó más de treinta años a trabajar en escuelas de diferentes contextos, y luego en cargos de gestión escolar. Se desempeñó como vicedirectora en el colegio Pestalozzi, y luego como directora en el colegio Madre Teresa de Virreyes. Sus tesis de maestría y doctorado intentaron unir la práctica, la teoría y la investigación educativa y enriquecer estos mundos que suelen estar disociados. Es autora de publicaciones como "Mejorar la escuela. Una introducción a la gestión pedagógica de la Educación Básica" (FCE), “Gestión Institucional” (Fe y Alegría), "Los desafíos de la Gestión Escolar" (La Crujía).

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