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24 de septiembre: Nuestra Señora de la Merced

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Varias diócesis de la Argentina celebran estas fiestas patronales, que recuerdan también la Batalla de Tucumán. Se cumplen 210 años de un episodio que “merece ser enseñado en nuestras aulas” y que por la gracia de la Santísima Virgen, afirmó nuestra independencia. Así escribía el historiador mercedario, padre José Brunet, quien al hablar de este suceso confirmaba, como tantos autores, “la intervención del Cielo”, y para el que, “humanamente, no hay explicación”.

“El general Manuel Belgrano, designado al frente del Ejército, disponía de 1.300 soldados, recién incorporados, con escasa instrucción militar y con pocos pertrechos. Con ellos debía hacer frente a las tropas regulares del español Pío Tristán, que contaba con 3.000 soldados, bien entrenados y armados. Pese a esa enorme disparidad, la victoria, lograda de manera inexplicable, favoreció a las fuerzas argentinas al mando de Belgrano, quien no podía creer que fuera verdad. Para hallar una explicación es necesario repasar la historia, la que no se enseña en las aulas, la que se borró de los manuales escolares…”

Las investigaciones del padre José Brunet, un estudioso de la historia argentina, hablan de este gran acontecimiento que tuvo como protagonista a un hombre de fe. “El general Manuel Belgrano –escribe– no descuidaba a Aquel que es llamado Señor de los Ejércitos, y que, por intercesión de la Madre de Dios en su título de Redentora de cautivos, confió tales circunstancias en que se jugaba la libertad y el destino de la Patria”.

La tradición conservó lo que este prócer le decía a las damas tucumanas que iban a la Virgen Merced: «Pidan al Cielo milagros, que de milagros vamos a necesitar para triunfar».

Como si fuera providencial, todo se ordenó de tal manera que los dos ejércitos se enfrentaron precisamente el 24 de septiembre de 1812, día de la Virgen de la Merced. 

El general Paz, que participó de la batalla, escribe en sus Memorias: «Empezada ya la acción, el resultado no fue el producto de las órdenes inmediatas del General, sino de una combinación fortuita de circunstancias y del valor y entusiasmo de nuestras tropas y de las faltas que cometió el enemigo». 

El día declinaba. Nadie sabía de seguro si había triunfado. Belgrano se había apartado al sur de la ciudad y recién el 25 por la mañana salió de la duda, enterándose que las fuerzas patriotas dominaban la plaza y que habían capturado, de manera singular y curiosa, un importante tren de mulas y carretas cargadas de caudales, pertrechos de guerra y equipajes que, con su personal, hacían su entrada, se creía, en poder del ejército de Tristán. 

Sin embargo, era el desarme de sus tropas.

Una vez en la ciudad y conocida la posición del enemigo, Belgrano le intimó la rendición.  Tristán levantó los restos de su ejército el día 26, para emprender la retirada hasta Salta. 

Luego, para perseguir esta retirada, salió una vanguardia de las mejores tropas de infantería y caballería al mando del general Díaz Vélez con el objeto de hacer lo que Paz llama “la pequeña guerra”, regresando a fines de octubre a Tucumán.

El mismo general Belgrano cedía voluntariamente a la Madre de Dios todo el honor de esta proeza. Así confesaba que a María, y no a él, debía la patria reconocerse deudora de su salvación.

Vísperas de la Generala

 El domingo 27 de octubre, se celebró una misa a la que asistieron Belgrano y todos los oficiales del ejército. El orador, padre José Agustín Molina, se refirió a la gloria de la patria y a la de la Virgen María, haciendo resaltar la inesperada y singularísima victoria, y cómo el mismo general Belgrano cedía voluntariamente a la Madre de Dios todo el honor de esta proeza. Así confesaba que a María, y no a él, debía la patria reconocerse deudora de su salvación. 

Por la tarde de ese mismo día se realizó una procesión al campo de las Carretas, lugar de la batalla; allí la Virgen de la Merced fue proclamada Generala del Ejército de la Patria y Belgrano le entregó su bastón de mando.

 

Esta es la descripción sencilla pero real de uno de los actos más trascendentes en la vida espiritual de la Argentina. Fue sin palabras, sin mayor discurso, pero con hechos que no pueden olvidarse ni dejar de trasmitirse a las generaciones futuras.

 

Fuente: Síntesis de una intervención del p. José Brunet. (AICA – 2012).

 

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