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La escuela “posada”

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“La parábola del Buen Samaritano como ícono narrativo nos ofrece una raíz y un horizonte espiritual para recrear nuestra identidad y misión de educadores católicos, encarnados en la realidad de hoy”. Un aporte del licenciado Ricardo Moscato, profesor universitario, ex rector del Colegio El Salvador.

 

 

Vivimos tiempos “alterados”.  Tiempos de crisis, de ruptura de ilusiones y del tejido social. Tiempos de pandemia y de escenas de una guerra global. Cambio de época; y desafíos donde resuena la pregunta evangélica “y quién es mi prójimo”, bajo la sombra de Caín y Abel.  En nuestro país nos golpean especialmente la crisis económico social con un índice de pobreza del 43,8% (18 millones de argentinos) y 8,8% de indigencia. Con el agravante, entre los menores de 18 años, del 64 por ciento de pobreza, según la medición del Observatorio Social de la UCA.  Asimismo, por la pandemia, pero aún antes, vivimos una dramática emergencia educativa. Los estudios de organismos internacionales, como Unicef,  muestran el impacto de lo que suele denominarse “efecto cicatriz”, un problema que se va acumulando en función de las posibilidades a futuro

Como dice el Papa Francisco, de las crisis se sale mejor o peor, nunca igual. ¿Cómo estamos saliendo nosotros?  Agrega que “nadie se salva solo”. ¿Cómo nos salvamos, desde el individualismo personal e institucional, o, desde una renovada identidad de comunidades educativas “en salida” siguiendo el ejemplo del Buen Samaritano? 

Jesús cuenta la parábola en la perspectiva de un diálogo con un fariseo que le pregunta cuál es el mandamiento principal: amar a Dios y al prójimo. Jesús explica quién es el prójimo con la parábola del Buen Samaritano. Como ícono narrativo nos ofrece una raíz y un horizonte espiritual para recrear nuestra identidad y misión de educadores católicos encarnados en la realidad de hoy.

 

La compasión activa que nos propone la parábola del Buen Samaritano nos recuerda una clave antropológica del fin de la persona para el cual somos creados: ser compasivos, samaritanos, posaderos. No habrá escuela católica sin estas raíces del humanismo cristiano: la persona en el centro, frente a la tentación del individualismo auto referenciado y la obsesión consumista de las cosas.

 Como instituciones educativas somos ante todo comunidades de personas que ven con el corazón, superando una mirada reducida a una simple instrucción por sofisticada que sea, o al adiestramiento de habilidades y competencias cotizables en el mercado y socialmente prestigiosas, excluyendo a los más necesitados de educación, cuidado y amparo.

Una antigua aproximación a la parábola identifica a Jesús con el samaritano que se compadece y nos carga en su Cruz.  Se compadece, se acerca y nos invita a convertir a nuestras escuelas en “posadas”, donde “los apaleados” puedan recuperarse y salir sanos con un proyecto de vida posible. Asimismo, los “dos denarios” que deja, significan poner de lo nuestro, lo que tengamos y como lo tengamos para educar y cuidar de los demás.  Tenemos que recuperar la humildad de saber que somos lugares de paso y de siembra que ayudan a generar un proyecto de vida, haciendo conscientes los talentos que Dios nos regala para compartirlos. Y ese paso debe dejar huellas de una compasión competente para transformar el mundo.

Tenemos que recuperar la humildad de saber que somos lugares de paso y de siembra que ayudan a generar un proyecto de vida, haciendo conscientes los talentos que Dios nos regala para compartirlos. Y ese paso debe dejar huellas de una compasión competente para transformar el mundo.

También la parábola nos alerta acerca de una falsa identidad.  Son “los sacerdotes y levitas”, que pasan de largo por no contaminarse. En nuestras escuelas podemos deformar la auténtica religiosidad desde un modo elitista, de culto externo y doctrina sin corazón donde está ausente la compasión y el amor al prójimo.  Y si en nuestra identidad no incluimos un aprendizaje del discernimiento acerca del contexto, de los signos de los tiempos, corremos el riesgo de encerrarnos en un modo tecnocrático que oculte a los apaleadores ya sea en la injusticia sistémica o en la violencia inter individual, que no investigue sus causas ni actué en sus consecuencias.   Parte de una renovada identidad es educar para que haya menos apaleadores e injusticias, transformando una sociedad que excluye en una sociedad cada vez más fraternal.

Este relato evangélico nos regala algunas pistas de una renovada identidad como aporte creativo y esperanzador a nuestra realidad. Identidad de una escuela- posada como comunidades de vida y aprendizajes. Con una identidad dinámica que no se da en el vacío sino en diálogo con el contexto, asumiendo la misión educativa que no se ejerce en soledad sino en comunidad, en redes fraternales, superando personalismos y aislamientos.

Desde un contexto de emergencia, nuestra propuesta educativa tiene una invitación contracultural a la comunión, a la trascendencia, a recuperar la armonía con el todo, a la reconciliación consigo mismo, con los demás, con todo lo creado, con Dios. Fortaleciendo una actitud creativa de servicio para la comunión, invitando a recuperar raíces, purificar miradas, practicar el discernimiento, motivar el compromiso y actuar en consecuencia como el Buen Samaritano.

 Educamos en un contexto de gestión escolar marcado por la irrupción de lo emergente imprevisto, los nuevos entornos digitales, las demandas disruptivas de la crisis familiar, de la pobreza y las dinámicas de exclusión, donde se instala un modelo academicista con énfasis en lo cognitivo, disperso y superficial.

Por ello, se hace cada vez más necesario fortalecer una lógica centrípeta de un itinerario formativo humanista que oriente toda la vida institucional a la finalidad de la misión educativa. Caso contrario, contenidos y metodologías aparecen desconectados entre sí y especialmente con la vida de sus protagonistas. La dispersión se adueña de la propuesta educativa, aísla y bloquea el protagonismo de los alumnos, “des vitaliza” a docentes y desconcierta a las familias. Se confunden medios con fines y se ahoga la fecundidad en un funcionalismo sin corazón aparentemente actualizado con innovaciones efímeras. No basta una imagen en Instagram. No se trata de “inteligencia artificial” o “metaverso”. Se trata de encuentro humano, de “acercarse y vendar sus heridas”. Se trata de la paciencia cotidiana del educar, acompañar y cuidar “en cuerpo presente” aún y sobre todo en tiempos digitales.

Partimos del encuentro

En tiempos de cambio de época se trata de compartir lo mejor que tenemos. Como expresa Benedicto XVI “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o por una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona que da un nuevo horizonte a la vida y con ello una orientación decisiva”. Partimos del encuentro con Jesús para compartirlo, aprendiendo a descubrir que la plenitud de la vida, en el camino formativo, se logra al entregarla en un encuentro personal y comunitario que nos forme como discípulos misioneros. Desde esta perspectiva, nuestras escuelas están llamados a ser lugares donde los estudiantes tengan la posibilidad de vivir esa experiencia fundamental del amor de Dios.

La Encíclica Fratelli Tutti y la convocatoria del Pacto Educativo Global nos animan para que este encuentro sea posible “Hoy es necesario un nuevo periodo de compromiso educativo, que involucre a todos los componentes de la sociedad. Escuchemos el grito de las nuevas generaciones, que manifiesta la necesidad y, al mismo tiempo, la oportunidad estimulante de un renovado camino educativo, que no mire para otro lado, favoreciendo graves injusticias sociales, violaciones de derechos, grandes pobrezas y exclusiones humanas” (Pacto Educativo Global)

El viaje pedagógico

El viajero asaltado del relato del samaritano iba por un camino. Nuestros alumnos y alumnas recorren un Itinerario. Educarse es un viaje y toda pedagogía auténtica lo es. Se trata de crear las condiciones para que ese viaje sea posible y tenga una meta.  Un itinerario formativo es una serie organizada de experiencias, reflexiones y ejercitaciones orientadas al fin específico de un proyecto vital. Consiste en un conjunto de “pasos”, de experiencias, del “ejercitarse frecuente” para que los estudiantes puedan por propia cuenta sentir y gustar de las cosas internamente”, evitando una superficial adhesión externa o diferentes formas de indiferencia.

 Para los estudiantes la posibilidad de vivenciar este “viaje” como un proceso integral y progresivo, permite, según su etapa evolutiva, aprender a ver, abriendo los ojos y oídos a la vida real (sensibilidad, modestia y concreción). Aprende a tener el coraje de entrar dentro de sí (conocimiento interno y soledad); hacerse preguntas, abrirse al asombro, soñar posibilidades y calibrar su consistencia (crítica lúcida y esperanzada). Aprende a atreverse a elegir en lo cotidiano y en lo crucial, porque vivir es elegir (decisión); Aprende a aceptar el reto de vivir comunitariamente (comunidades abiertas y solidarias); y no tener miedo de buscar una perspectiva unificadora del corazón (sentido de unidad) en el encuentro con Jesús y con los demás

En este camino, como nos invita el último documento de la Congregación de la Educación católica, es necesario fortalecer la identidad de la escuela con la máxima apertura y diálogo con otras visiones del mundo. Una escuela posada es dialógica porque asume los pasos del viajero pedagógico y sus acompañantes, docentes y familia.

La pedagogía de la fraternidad como núcleo formativo. Incluye a los descartados y a toda la creación como nos enseña Laudato Sí; y permite que cada persona sea reconocida, valorada y amada

 El paso de la pedagogía del cuidado, poniendo a la persona en el centro. El acompañamiento personal implica construir capacidades cognitivas, socio afectivas y espiritual religiosas de pensamiento y actuación hacia un proyecto vital. 

El paso de la innovación con sentido. Debe tocar el núcleo curricular y pedagógico provocando un aprendizaje, pertinente a los desafíos del mundo actual: la formación permanente de docentes y directivos y  la participación de las familias en la escuela.

Una escuela posada donde podamos repensar currículo, didácticas, y proyectos. Estamos invitados a revisar en nuestras escuelas dónde está la levadura del Reino: lo pequeño que se agranda, lo nuevo que fecunda, las raíces que se renuevan, para superar la dispersión, las inercias paralizantes, especialmente en esta época donde aparecen muchos emergentes que diluyen y distraen de lo esencial.

Sabemos que tenemos un tiempo institucional acotado y hay que aprovecharlo bien, porque estamos atravesados por una caja curricular que con su estructura y régimen académico muchas veces no suma, sino que dispersa a un itinerario formativo.  

Es necesario volver a lo esencial: el anuncio de Jesús.  Se trata de hacer foco en un currículo evangelizador en la perspectiva de la “inculturación de la fe”. Implica asumir la cultura, incluyendo los saberes escolares, con una mirada positiva, como lugar teológico, descubriendo y alimentando desde allí la presencia de Dios y las semillas de su Reino. Implica asumir a las personas como llegan, como son, en la diversidad que es regalo de Dios.

 Un itinerario formativo permitirá volver a responder las preguntas que estructuran todo proyecto curricular: ¿Qué se enseña? ¿Cómo se enseña? ¿Cuándo, cuánto? Con una pregunta última que tiene que poder ser respondida por toda la comunidad: ¿para quién se enseña? Frente a “otros itinerarios” nos ilumina la luz del Evangelio y especialmente de Lc 10 y Mt 25. El Buen Samaritano y el Juicio Final son las rúbricas con las que podremos evaluar nuestra vida personal e institucional respondiendo a la pregunta de “quién es mi prójimo, quién ha sido mi prójimo, que he hecho por él”.

 

 Nos inspira el humanismo cristiano, “la gloria de Dios para el bien del hombre”. No solo es memoria del camino recorrido sino Promesa de lo por venir.

En tiempos alterados de tantas adicciones y compulsiones somos invitados por el Señor a salir a las fronteras y encrucijadas de la misión educativa, atentos a los heridos y apaleados, recuperando la pasión que nos haga consistentes, creadores, alegres y creíbles. Como el Buen Samaritano. 

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