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El hermano inacabado

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Ya se encuentra en Argentina un libro muy difundido sobre la vida de Charles de Foucauld, sacerdote francés, canonizado en mayo por el Papa Francisco. La autora, Margarita Saldaña, atrapa al lector mostrando las sombras de un “vizconde, militar, monje y misionero del desierto, que se sintió fascinado por Jesús”.  Su conversión, vista como proceso, necesitó de mediaciones humanas, “ir haciendo camino con otros” destacó la escritora. Un lanzamiento de Ediciones Ágape.

La obra “engancha con nuestra sensibilidad actual” dice Margarita Saldaña, periodista y licenciada en teología, perteneciente como laica consagrada a la Fraternidad de Hermanitas del Sagrado Corazón de Carlos de Foucauld. Actualmente vive en París y trabaja en una clínica de cuidados paliativos, labor que compagina con el acompañamiento espiritual, los retiros y la formación. Además de esto, Saldaña publicó varios libros: “San José. Los ojos de las entrañas” (2021), “Cuidar. Relato de una aventura” (PPC 2019), entre otros.

El año pasado la autora se embarcó con esta biografía; una aventura para la cual tuvo acceso a textos inéditos sobre la figura de Foucauld. El monje se hizo conocido a partir de la encíclica Fratelli Tutti; es citado por el papa Francisco como “otra persona de profunda fe, quien, desde su intensa experiencia de Dios, hizo un camino de transformación hasta sentirse hermano de todos”.

El libro traza un semblante biográfico y espiritual de este nuevo santo: “un hermano inacabado que deseaba ser un hermano universal, por la humildad de un camino recomenzado muchas veces”, dice la autora.

Para ella “la santidad a la que Carlos de Foucauld puede guiarnos en este siglo 21, podría mirarse desde dos ángulos complementarios; el primero, – dijo – como buscadores; Carlos es un hombre que se pasó toda su vida buscando, ha sido un explorador de desiertos, pero también fue un buscador de Dios, de sentido, de hondura y de significado”.

“Por otro lado, hay un aspecto de esta búsqueda que me cautiva particularmente – señala la autora – es la dimensión de Carlos de Focauld como hombre que no llega a realizar completamente aquello que desearía, y sobre su propio camino, se ciernen algunas sombras.  Él acepta sus fracturas; pero se va dejando moldear por Dios y por la realidad. Es un recorrido fascinante, y en él, el lector contemporáneo se puede encontrar”.

Una reseña biográfica

Margarita Saldaña se apoyó en la correspondencia de Carlos de Focauld más que en sus escritos espirituales, y esto le permitió narrar cómo fue viviendo su proceso de conversión: “Es cierto que en Focauld interviene el acompañamiento espiritual de un sacerdote diocesano, vicario de la parroquia de San Agustín de París, pero, en su vida, también existieron otras mediaciones humanas que reconoce como fundamentales. “Para Carlos todo lo que lleva a Dios, pasa por las relaciones humanas, y su espiritualidad está profundamente encarnada en los vínculos” escribe.

 El declarado santo, fue descendiente de una familia aristocrática que portaba el título de «vizconde de Foucauld», a los seis años quedó huérfano de padre y madre por lo que debió migrar con su abuelo al desatarse la guerra franco-prusiana.

En 1876 ingresó en la Academia de Oficiales de Saint-Cyr y fue enviado como militar a Argelia. En 1882 se embarcó en la exploración de Marruecos donde hizo un trabajo de reconocimiento y registro de sus territorios que le valió la medalla de oro de la Sociedad de Geografía de París.

En 1886 se volvió una persona espiritualmente muy inquieta, y mientras se definía como agnóstico repetía esta oración: «Dios mío, si existes, haz que yo te conozca».

Después de ocho años vuelve de Marruecos, entonces empieza a plantearse el deseo de volver a la fe. “Muchos biógrafos hacen hincapié en su vida desordenada – dice Margarita Saldaña – pero en realidad estuvo alejado de su familia que sale a recibirlo cuando regresa a Francia, con el mismo amor que alguien pudiera esperar, sin reproches”.

En el final del libro, ella narra la experiencia espiritual de Focauld y sostiene que el suyo “es un discernimiento que ayuda a mirar las circunstancias como una herramienta que podemos utilizar bien”.

Sostiene que Focauld “es el primero que logra inculturarse; a pesar de su visión de superioridad de la raza europea y de la burbuja intelectual en la que vivía. Él estuvo entre los tuaregs y los militares; y en su camino de relación con Dios experimentó muchas fases, sequedad, problemas y todo lo que forma parte de la vida espiritual. Sin embargo, tenía un corazón y una sensibilidad a flor de piel. Las circunstancias le daban bofetadas, pero él crecía en realismo y humildad. Esto lo hizo consciente de su propia medida como criatura y lo hizo vivir relaciones auténticas. Todo su camino adquiere sentido, porque su hilo rojo es el amor por Jesús”.

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