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Las escuelas católicas y la inclusión educativa

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“En los diversos niveles educativos de las instituciones de la Iglesia encontramos integrados niños y jóvenes con discapacidad, pero la inclusión implica que continuamente analicemos hasta dónde llega nuestro nivel de compromiso” Una colaboración del padre Pablo A. Molero. Responsable de la Comisión para las personas con discapacidad. Arzobispado de Buenos Aires

 

La temática de las personas con discapacidad ha logrado mayor presencia en nuestro país especialmente a nivel social y legislativo, con algunas concreciones muy importantes, pero se siguen necesitando mayores transformaciones y realizaciones para que ellas también puedan acceder a todas las oportunidades con que cuentan las demás personas en nuestro país y aquellas específicas que les permitan un desarrollo integral y su participación en todos los ambientes y ámbitos de la sociedad donde decidan hacerlo.

Desde la Agencia Nacional de Discapacidad se efectuó una consulta federal sobre la temática de la discapacidad en orden a realizar un proyecto de ley desde la perspectiva de los derechos humanos y el ‘modelo social de la discapacidad’, que entiende a la persona con discapacidad como sujeto activo y protagonista de la vida en sociedad en todas sus dimensiones.

Entre los ejes temáticos propuestos estaba la educación y las voces que se escucharon plantearon la necesidad de profundizar en la inclusión educativa. En relación a esto les propongo algunas reflexiones sobre esta realidad en el servicio que se ofrece en la Iglesia.

La inclusión no es una moda, sino una característica fundamental de la Iglesia de Aquel a quien los hombres de su tiempo le decían: “Maestro, que no haces distinción de personas.”. Él era quien recibía a todos y a nadie excluía. Él era quien sabía adaptarse a la manera de comprender de cada uno. Él era quien veía primero a la persona y no la imagen que la sociedad con sus prejuicios había instalado en ciertas personas.

La inclusión no es una moda, sino una característica fundamental de la Iglesia de Aquel a quien los hombres de su tiempo le decían: “Maestro, que no haces distinción de personas.”

En los diversos niveles educativos de las instituciones de la Iglesia Católica encontramos integrados niños y jóvenes con discapacidad, pero la inclusión implica que continuamente analicemos hasta dónde llega nuestro nivel de compromiso. Es importante que no demos como ya logradas su valoración como personas dignas de toda consideración desde sí mismas, las oportunidades que se les brindan y las posibilidades de participación desde sus propios deseos.

Antes que todas las consideraciones pedagógicas, burocráticas y económicas que podamos hacer, hay una cuestión previa y que a mi criterio es básica: ¿nos interesa tener a niños y jóvenes con discapacidad en nuestras escuelas? ¿Incluimos porque está mandado, porque no queremos tener un problema con los padres, porque queremos evitar una denuncia, o porque estamos convencidos que nuestro servicio debe llegar a ellos? La respuesta que se dé va a colorear lo que se brinde en la institución con respecto a esta temática.

El Evangelio nos invita a sembrar los buenos frutos del reino de los cielos para que el mundo sea más humano, por lo tanto, la comunidad cristiana con sus múltiples obras tiene que ofrecerles oportunidades para su desarrollo.

Los ambientes y las propuestas accesibles quieren ser expresión de Aquel que ha salido al encuentro de todos los hombres y que en su resurrección ha corrido todo impedimento para que la vida se viva con toda su riqueza y belleza. Toda adaptación es decirle a quien viene: nos alegra que estés aquí, te estábamos esperando.

Es necesario que como Iglesia tengamos una “determinada determinación” sobre esta realidad y no sea el simple cumplimiento de una normativa. Tenemos que ir al encuentro del otro y no ser meramente receptores de quien golpea la puerta.

En ocasiones se suele escuchar ante esta realidad que todas son dificultades difíciles de revertir, que las escuelas ya tienen que ocuparse de muchas cosas. Estas expresan: “Este no es un lugar para vos”, “Vos sos un problema”.

La multitud que impedía que un hombre paralítico llevado por sus amigos entrara a la casa donde estaba Jesús (Mc.2,1-12) son los prejuicios que dejan afuera a algunos. Es necesario si existen restricciones en nuestros colegios para que estos niños o jóvenes con discapacidad reciban educación.

Se nos llama a abrazar la realidad del otro a imagen de Jesús

Nuestras comunidades deben hacer las transformaciones necesarias para que todos puedan aprender y participar. Si estamos convencidos de que su presencia es una alegría, no habrá ninguna razón que lo impida desde la estructura escolar.

Hay diversidad de caminos para llevar adelante la inclusión y cada escuela verá cuál es el suyo, pero lo importante es que los niños y jóvenes no sean considerados un problema, ni a quienes se les hace un favor, sino que ellos son el motivo de la existencia de la escuela.

 

Seguramente que al pensar en la inclusión nos preocupa la inversión económica que ella demanda, no veamos esto como un gasto sino una inversión que concreta la manera de vivir el Evangelio respondiendo a las necesidades de quien se tiene delante, como Jesús que le preguntó al ciego de Jericó: ¿Qué querés que haga por vos?

Todas las personas, para Jesús, deben encontrar su lugar en la comunidad cristiana como piedras vivas que la construyen. La presencia de niños y jóvenes con discapacidad en nuestras instituciones no es una cuestión asistencialista sino la oportunidad de que sean protagonistas de su educación.

No olvidemos que Jesús trabajó y se entregó para que todo hombre tenga vida en abundancia y se incluya en la vida de la comunidad de manera activa desde su diversidad. Si nos alegramos del nacimiento de todo niño, alegrémonos de su presencia entre nosotros.

Por el Pbro. Pablo A. Molero. Responsable de la Comisión para las personas con discapacidad Arzobispado de Buenos Aires

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