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Una larga vida, rica en acontecimientos y encuentros

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El filósofo y sociólogo francés Edgar Morin cumplió cien años y hasta el papa Francisco se sumó al homenaje que le dedicó la UNESCO por su labor incansable como escritor y científico. Su obra “Los siete saberes fundamentales de la educación del futuro” tiene vigencia veinte años después.

Felicitaciones y los mejores deseos por “una larga vida, rica en acontecimientos y encuentros” y por una incansable labor intelectual “difícil de contener en pocas palabras”. El santo padre acompañó con este saludo la mesa redonda que la UNESCO dedicó al filósofo y sociólogo francés Edgar Morin, seudónimo de Edgar Nahoum, nacido en París en el seno de una familia judía sefardí, protagonista y observador de un siglo de historia y de sus momentos más cruciales.

El papa Francisco destaca el papel de este intelectual porque habla “de ciencia con conciencia” del frágil destino de la humanidad, y de promover la necesidad de una “política de civilización”, con el hombre y no con el dinero en el centro.

Sobre todo, Morin trabajó por la “cooperación entre los pueblos”, la “construcción de una sociedad más justa y humana”, por la “renovación de la democracia”, destacando cómo “son necesarios los lazos de solidaridad y convivencia” que favorezcan “la apertura y la acogida”. Así habla del él, el santo padre.

Un texto que comenzó en 1999

En las puertas del siglo 21, la UNESCO solicitó a Edgar Morin que expresara sus ideas acerca de la educación del futuro. Entonces el filósofo aportó siete claves. Su obra, dice él: “antecede cualquier guía … y tampoco es un tratado sobre el conjunto de materias que deben o deberían enseñarse: solo pretende única y esencialmente exponer problemas centrales que permanecen ignorados u olvidados y que son necesarios para enseñar en el próximo siglo…”.

¿Cuáles son los siete saberes fundamentales para la educación del futuro?

El primer capítulo es; las cegueras del conocimiento: el error y la ilusión. Significa que muchas veces pensamos que el error debe ser evitado, pero las equivocaciones también nos sirven para el conocimiento.

El segundo; los principios de un conocimiento pertinente, aborda cómo las ciencias, las disciplinas se han atomizado tanto que no nos damos cuenta que ellas forman parte de un entramado de conocimiento de la realidad.

En tercer lugar: Enseñar la condición humana. Precisamente el ser humano es a la vez físico, biológico, psíquico, cultural, social, histórico. Esta unidad compleja está completamente desintegrada en la educación a través de las disciplinas, lo que imposibilita aprender qué significa ser humano. Por eso, este capítulo indica cómo, a partir de las disciplinas actuales, es posible reconocer la unidad y la complejidad humanas reuniendo y organizando conocimientos dispersos en las ciencias de la naturaleza, las ciencias humanas, la literatura y la filosofía.

Enseñar la identidad terrenal. Con la presencia de muchos futurólogos que hablan de la vida, o de vivir en otros planetas, debemos recordar que por ahora este es el único hogar que habitar. Y más allá de los particularismos, todos formamos parte de un mismo sistema.

Enfrentar las incertidumbres todos recuerdan a Edgar Morin por su frase acerca de que todos navegamos en un océano de incertidumbres, con islas de certeza. Y es verdad que en un mundo globalizado con una realidad que nos sobrepasa, aún, así tenemos pequeñas certezas y podemos navegar a través de ellas sin dejarnos arrastrar por la incertidumbre que nos rodea.

Enseñar la comprensión. La comprensión es al mismo tiempo medio y fin de la comunicación humana. Pero ella está ausente de nuestras enseñanzas. Ésta debe ser la tarea para la educación del futuro. La comprensión mutua entre humanos es vital para que las relaciones salgan de su estado bárbaro de incomprensión. De allí, la necesidad de estudiar la incomprensión desde sus raíces, sus modalidades y efectos. Este estudio sería tanto más importante si se centrara no sólo en los síntomas, sino en las causas de los racismos, las xenofobias y los desprecios. Constituiría, al mismo tiempo, una de las bases más seguras para la educación por la paz, a la cual estamos ligados por esencia y vocación.

Hay que enseñar la ética del género humano La educación debe conducir a una «antropo-ética». En este sentido, la ética no se podría enseñar con lecciones de moral. Ella debe formarse en las mentes a partir de la conciencia de que el humano es al mismo tiempo individuo, parte de una sociedad, parte de una especie. Llevamos en cada uno de nosotros esta triple realidad. De igual manera, todo desarrollo verdaderamente humano debe comprender el desarrollo conjunto de las autonomías individuales, de las participaciones comunitarias y la conciencia de pertenecer a la especie humana. De allí, se esbozan las dos grandes finalidades ético-políticas del nuevo milenio: establecer una relación mutua entre la sociedad y los individuos por medio de la democracia y concebir la humanidad como comunidad planetaria. La educación no sólo debe contribuir a una toma de conciencia de nuestra Tierra-Patria, sino también permitir que esta conciencia se traduzca en la voluntad de realizar la ciudadanía terrenal.

A Morin se le agradece que, en estos tiempos de tanto desasosiego, nos regale una visión de futuro.  

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