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Un profeta de su tiempo y el nuestro

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El itinerario espiritual de la vida de Fray Mamerto Esquiú como pastor. 

Los escritos de Fray Mamerto Esquiú revelan la sabiduría de un religioso muy preparado, que hizo su profesión solemne a los 17 años, ni bien terminó sus estudios teológicos y filosóficos en 1842. Tuvo que esperar hasta los 23 años para ser sacerdote y su ordenación tuvo lugar en San Juan, el 18 de octubre de 1848. 

El sayal grisáceo tirando a marrón muy áspero, crudo, que podemos ver en sus imágenes, era una vestimenta de penitencia: “debo ser el único mortal que lleva toda la vida el hábito de San Francisco. Para mí es mi gala y mi gloria” solía decir.

Hasta entonces Fray Mamerto era un tanto desconocido. Su primera prédica importante sucede en 1851, cuando pronuncia un gran sermón sobre la vida de San Francisco de Asís. Luego vendrán los cinco sermones patrios, pero comenzó de esta manera.

Es importante recordar que el perteneció a la provincia franciscana de la Asunción de la Santísima Virgen María del Rio de la Plata, erigida canónicamente en 1612.  Y allí, uno de los aspectos que más se destacan en la vida de Esquiú tuvo que ver con la reforma de la vida conventual que estaba descuidada, los frailes vivían como monjes sin serlo, individualistas, encerrados en su celda, se reunían solamente para el almuerzo o la misa.

Fue entonces que Esquiú decide retirarse un mes y medio al paraje El Calvario, concebido como lugar de descanso y oración. Al volver, restituye la vida conventual, y reuniéndolos a todos, llega con su reforma a los claustros de Buenos aires y al resto de las provincias también.

Un hombre de muchas facetas

Sabemos que, a lo largo de sus 56 años, Fray Mamerto Esquiú ocupó 23 cargos civiles y eclesiásticos. Por ejemplo, acá, en el entonces llamado Seminario Patriótico de Nuestra Señora de la Merced tuvo gran injerencia, y llegó a ser rector de Moral y Mística del convento de Catamarca.

Aquí venían los frailes que querían llevar una vida más acorde a la regla de san Francisco, el convento era reconocido en Argentina por esta modalidad. Siempre se decía que, para saber teología, había que ir al convento de Córdoba, pero, para introducirse en “latinidad y humanidades” se debía estudiar en Catamarca.

El itinerario cívico y religioso de Fray Mamerto Esquiú revela a un hombre que amó mucho a su patria; lo expresó con su entrega y sermones. Pero también podemos decir que tuvo palabras adelantadas con respecto a la educación integral. Solía afirmar que “sin educación no hay progreso, instituciones, no hay nada, sino, todos los vicios como un caos, un monstruo de grandes dimensiones”. Para él “la educación es la primera y esencialísima base en que debe descansar el edificio social”.

Gracias a Dios pudo publicar estas ideas, e hizo lo mismo en el ambiente político, escribía que: “yo me entrometo en la sala de representantes de la misma manera que lo hago en el confesionario; para el bien común”.

Siempre se dijo que Esquiú vivió trece años en Bolivia porque necesitaba alejarse de la vida pública que llevaba en Catamarca. Sin embargo, el móvil por el cual viajó hasta allí, fue la búsqueda de la propia vida como fraile. Decía: “yo he nacido para vivir en el silencio; la sociedad, su política y su prensa, el juicio público y sus exigencias me cansan y atormentan dejando un terrible vacío en mi alma. En Catamarca debo reducir mis salidas afuera del convento, consagrándome a la lectura y al ministerio sacerdotal. Un método así, me hará feliz”.

Hábitos y lecturas de un hombre de su tiempo

Fray Mamerto Esquiú tenía un método de estudio, le dedicaba mucho tiempo al sermón, y nunca improvisaba. Le gustaba leer autores como San Luis de Granada, San Buenaventura y Santo Tomás de Aquino y decía que el día no le alcanzaba.

Era un hombre que registraba todo, no solo su agenda, sino sus ideales, incluso su pecado, no tenía problema en decir: “estos son mis vicios, por los cuales tengo que trabajar y convertirme para la gloria de Dios y para el bien de la Iglesia”. En él persistía la tensión entre el fraile de la época y una vida pública entregada al servicio del bien común.

Como hermano menor considero que Fray Mamerto Esquiú es un profeta de su tiempo y el nuestro. Su legado espiritual es su amor a Cristo y a la Iglesia, y su deseo fue vivir las bienaventuranzas en una vida de ascesis y camino de conversión.

También lo desvelaba la justicia, el bien común. Por eso, como diputado y a través de sus sermones, asumió un compromiso personal e institucional con la verdad, la vida, y los más vulnerables, hablaba de erradicar la corrupción, el mal personal y estructural. Para Esquiú era muy importante señalar el valor de las instituciones, la docencia, el niño por nacer y los ancianos, en esto se ve su proyección hacia nuestro tiempo. Donde “todos tenemos un lugar en Dios”.  Y para nosotros, en la comunidad franciscana, es un referente de cómo debe ser un fraile menor.

 

Fuente: Por Fray Pablo Reartes. Provincia Franciscana de la Asunción de la Virgen. Diálogos del Bicentenario.

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