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Somos biológicamente amorosos

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“Que el covid nos permita transformar esta crisis en oportunidad” señala Silvina Ferreyra Arguello, psicopedagoga, terapeuta familiar. En esta experiencia de la pandemia, destaca que “hubo una alteración del ecosistema humano. Pero yo lo llamo semillas de resiliencia”.

El mundo se ha detenido; pero, ¿cómo miraban los maestros a sus alumnos en las aulas antes del covid? Pensaban en ellos de manera individual – familiar, en vez verlos como grupo – clase. Sólo por convivir, ellos eran testigos de muchas escenas. También para los equipos de orientación escolar se pierde la posibilidad de ver a los chicos en su integridad, de acompañar y observar sus instancias de socialización y juego, tan enriquecedoras.

En esta pandemia, los directivos empezaron a conducir una escuela que perdió su estructura material construyendo una trama de trabajo virtual y simbólica. Esta no es una opción, es una imposición.

Mi lectura y estudios sobre la crianza y el devenir humano, me permiten señalar que lo que nos ha pasado; es una alteración del ecosistema humano. Pero yo lo llamo semillas de resiliencia.

En esta experiencia de la pandemia, parto de recordar un concepto muy importante que es el de nicho ecológico, viene de la biología y nos permite ver nuestra condición, la de tener un cuerpo y la de ser seres sociables; con un psiquismo y una inteligencia que se forman en esta cuestión real y vincular. En cada uno de nosotros nace este nicho ecológico que también conlleva la dimensión espiritual.

Otra característica que tiene el ecosistema humano es que somos biológicamente amorosos. Toda la infancia y la adolescencia que nos toca acompañar exige una atención puesta en esta fibra tan delicada y sutil. Es lo que nos da el resorte de la confianza y permite el aprendizaje en todos los niveles.

También somos seres culturales. La cultura en sí está hecha a partir de las conversaciones que editamos a diario. Quienes estamos en un equipo de orientación escolar siempre tenemos que ver cómo decimos las cosas. Porque los modos de relacionarnos han cambiado significativamente. Hoy se borra la distinción entre presencia y ausencia, y desde el punto de vista psíquico o cognitivo, la necesitamos para poder evocar o ensamblar lo que aprendemos, o como nos relacionamos.

Han desaparecido los espacios de trabajo y de escolaridad que eran distintos de los espacios de convivencia familiar. Hoy todo es como una albóndiga. Perdemos la alternancia entre educadores, incluyo a padres, madres y docentes, pensando en la educación integral, es decir, en personas que acompañamos el crecimiento de chicos que sean empáticos, solidarios y toda la gama que tiene la vida.

Se pierde el liderazgo del mundo adulto como representantes de la manada, es porque en internet hay un bombardeo de la autoridad; es un par que tiene muchos seguidores, o referentes de la música o alguien que hace comedia. Aparecen un montón de personas que no siempre representan liderazgo o cuidado.

Somos padres 1.0 con hijos 2.0, que van a habitar un mundo 3.0

La comunicación está alterada y recalco esto: somos mamíferos, necesitamos del cuerpo de otro.  La comunicación también es corporal. Muchos chicos hablan del perfume o el abrazo de la seño, nos hemos quedado sin cuerpo porque no nos podemos abrazar, ni preparar mate. Pero hay factores previos a la pandemia que se observaban en las familias.

Primero el empobrecimiento del lenguaje y la comunicación atravesada por la revolución digital, donde estamos más conectados con las imágenes, que con la riqueza del lenguaje y la palabra.

Vengo observando estilos de apego ansioso y desorganizado. Nuestro tiempo ocupado en el trabajo o en el consumo, en el afuera. Hay algo interesante que fue el volver a casa a reencontrarnos y compartir.

Veníamos viendo posicionamientos fallidos en la felicidad tóxica. ¿Cómo andás? Todo bien. ¿cómo te sentís? Muy bien.  Y nos vamos de vacaciones como si la vida quedara en suspenso  en diciembre y enero.

Lo que más nos alarma es la desconexión con los propios recursos de resiliencia. ¿qué entendemos por esto? Resiliencia es un nuevo desarrollo después de un trauma, o facilidad para afrontar problemas que nos sacan de la zona de confort.

Lo que más nos permite ser resilientes está en nuestra base biológica. Por eso en los equipos de orientación esta experiencia nos da la brújula, para hacer surgir desde las relaciones y la cultura esta capacidad. Depende de la persona y de su historia, pero también del entorno. Y esta experiencia de pandemia va a dejar mucho trauma. El equipo necesitará prepararse para el acogimiento.

Además, para los niños los rostros semi tapados son una incógnita. Ellos necesitan los rostros concretos. El otro solo puede hacerme daño por estar cerca o por hablar fuerte. Para que un niño esté seguro, quienes tienen que sentirse confiados son los adultos. Se trata de cuidar nuestra mirada ecológica; si cuidamos a los padres, estos niños van a tener un reaseguro.

¿En que afectó la pandemia a las familias? En la comunicación con la escuela y las escasas intervenciones pedagógicas pertinentes.

¿Qué acciones se pueden valorar en estos tiempos? Ampliar nuestra escucha por fuera de lo escolar para mirar cómo está funcionando la integridad de la convivencia y el aprendizaje en relación al desarrollo evolutivo. Cuidar la comunicación, para que la madre o padre puedan ejercer la función no tanto, según nuestras modalidades. La función maternal y paternal serán elementos de resiliencia. Que el covid nos permita transformar la crisis en oportunidad.

 

Fuente: Silvina Ferreyra Arguello es Psicopedagoga. Docente de informática educativa. Terapeuta Familiar. Hoy vive en Córdoba, pero – por su formación –  trabajó como encargada de proyectos escolares en la villa 17 de una parroquia de Buenos Aires. (JAEC – Ocuparse de las familias- Conversatorio)

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