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La vacuna de la educación

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Tomás Sánchez Iniesta

Licenciado en Filosofía y Letras, maestro y director de distintas instituciones educativas, miembro del Forum Europeo de Administración de la Educación.

¿Qué cambios se van a producir, con o sin nuestro concurso? ¿qué estudiarán los alumnos para una sociedad que nunca será la misma?  Y las escuelas, ¿están preparadas? Escribe el pedagogo, Tomás Sanchez Iniesta, desde España.

A lo largo de nuestra historia, hemos aprendido las grandes lecciones – generalmente-  como consecuencia de situaciones de shock. La cuestión es, qué necesitamos para aprender a convivir y hacer de este planeta un lugar más habitable y seguro para todos. Lo que estamos viviendo en esta pandemia ¿es suficiente? Parece que no.

Aurelio Peccei, intelectual co – fundador del Club de Roma, escribía en 1979: “Durante largo tiempo, la humanidad creyó haber descubierto la pauta óptima para un desarrollo permanente y autopropulsado. Pero, a la larga, comenzamos a caer en la cuenta de que por la indiscriminada adopción de esta pauta estábamos pagando, con harta frecuencia, unos exorbitantes costes sociales y ecológicos por las mejoras alcanzadas, y hasta nos vimos inducidos a relegar a segundo plano las virtudes y valores que son los fundamentos de una sociedad saludable, al tiempo que la esencia misma de la calidad de vida. Luego afloró la sospecha de que, aun con toda su grandeza, a la humanidad le faltaba cordura…, mientras a primera vista el progreso continúa, la humanidad ha empezado a perder terreno”.

El Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo dejó claro en un informe de 1994 que las principales amenazas para el mundo eran la alimentaria, sanitaria, y medioambiental.

No nos han faltado advertencias a lo largo de estos últimos cincuenta años, pero las hemos ignorado todas, y así hemos llegado por méritos propios al punto donde nos encontramos, en medio de una crisis sanitaria, económica, climática y medioambiental. La pandemia se ha producido por una zoonosis causada por nuestro modelo de sociedad y el estrés al que estamos sometiendo a la naturaleza, con una pérdida constante de biodiversidad. Expulsamos a los animales de sus hábitats naturales, y hemos alterado los procesos de la biósfera en lo que se refiere a la atmósfera, los usos del suelo y del agua, sin reparar en el riesgo que esto comporta.

Comenzamos a tener la sensación de que la Tierra se está defendiendo de nosotros. Ha bastado un virus rico que viaja en avión y alcanza cualquier lugar del planeta en pocas horas, para iluminar y poner al descubierto lo que no veíamos, o tal vez, no queríamos ver: la fragilidad social de quienes más carencias tienen en sus empleos precarios y viviendas sin las condiciones necesarias, la población más vulnerable con problemas de salud y de edad que no hemos protegido, la situación de nuestros sistemas de salud pública debilitados por la falta de inversión, las carencias de nuestros sistemas políticos y de los organismos internacionales. Pero, además, este virus nos ha invitado a dirigir nuestra mirada hacia nosotros mismos, para mostrarnos las causas que explican nuestro comportamiento en esta situación de urgencias y dificultades.

Bertrand Badie, politólogo francés, decía hace unos meses que en este mundo interdependiente no es la competencia y hostilidad, sino la solidaridad y el entendimiento, lo que debe imperar, de modo que si quiero sobrevivir, los otros también deben hacerlo, y añade, que: “debemos tomarnos muy en serio las nuevas necesidades de seguridad humana ya que, de los segmentos de población más inseguros y frágiles en términos de salud, economía, alimentación o condiciones climáticas, proviene necesariamente el riesgo más agudo de crisis”.

Si es la vulnerabilidad de los sectores más débiles una amenaza para el planeta, entonces los virus que la provocan, y hacen que su situación sea precaria y desesperada, son virus conocidos y con una capacidad mortífera mayor que el SARS-CoV-2, me refiero a los virus de la injusticia, la avaricia, la insolidaridad, la intolerancia, la codicia, la falta de empatía, la miopía para mirar el futuro y solo ver el beneficio económico a corto plazo. Estos virus matan, los llevamos en nuestro propio equipaje personal, y para erradicarlos no existe otra vacuna que la educación.

¿Pero qué educación tenemos?

¿Hemos preparado a nuestro alumnado para enfrentarse a estos problemas de los que depende su supervivencia?

En las normas que definen nuestra currícula se anteponen los aprendizajes de las disciplinas científicas, a aquellos que nos permiten garantizar la convivencia y las relaciones interpersonales, que en este momento se revelan imprescindibles. Podemos apreciarlo ahora, cuando los gobiernos nos piden la utilización de mascarilla (barbijo), y observamos que una parte de la población ignora esta recomendación aparentemente sencilla de cumplir. Esto ocurre porque nos piden que valoremos y respetemos lo público, lo que es de todos, como el uso de los espacios y el derecho a la salud; nos piden que seamos solidarios, especialmente con los grupos de riesgo, como son las personas de una edad avanzada y/o con patologías que les hacen especialmente vulnerables; nos piden que tengamos un respeto por el trabajo de quienes, en condiciones muy difíciles, garantizan que sigamos manteniendo nuestra salud y el acceso a productos y servicios básicos, o de quienes pueden perder su trabajo por nuestras acciones y se vean obligados a dejar su actividad. Nos piden tener la empatía suficiente para trascender el yo y encontrarnos; nos piden, en fin, lo que han considerado secundario en la currícula, poseer las competencias sociales y cívicas que forman la base de la convivencia en una sociedad saludable.

En las normas que definen nuestra currícula se anteponen los aprendizajes de las disciplinas científicas, a aquellos que nos permiten garantizar la convivencia y las relaciones interpersonales, que en este momento se revelan imprescindibles

Para hacer frente a los problemas globales, es necesario el concurso de todo el planeta; cimentar el ejercicio de una ciudadanía planetaria. No es tarea fácil, lo sé. En este momento todos estamos tratando de superar un curso acelerado sobre nuestra forma de vida y sus consecuencias. Los docentes, además, buscamos respuestas de las que depende el modo de ejercer nuestra profesión, ¿qué cambios se van a producir en la educación con o sin nuestro concurso? ¿tendrá nuestro alumnado que estudiar lo mismo que estudiaba para una sociedad que ya nunca será la misma? ¿vamos a volver a hacer lo que hacíamos? ¿del mismo modo? ¿las escuelas están preparadas para educar en la incertidumbre de la sociedad sobre su propio futuro?

Es necesaria una revisión a fondo de la currícula y su manera de trabajarlo en las aulas; actualizar los aprendizajes básicos, además de transformar las escuelas en espacios de análisis y reflexión compartida, dedicando más tiempo a lo que Javier Bahón denomina “contenidos no googleables”, es decir, aquellos que no se pueden encontrar en Google.

Para abordar aprendizajes que permitan a nuestro alumnado mirar a este futuro incierto, es preciso comprender muy bien el presente en el que viven. Lo que ocurre con demasiada frecuencia es que el presente no cabe en unas currículas ya sobrecargadas. Con las sucesivas entradas de aprendizajes nuevos, debemos desechar otros menos relevantes. Todo no cabe. Pero actualizar la currícula no significa eliminar las disciplinas clásicas, sino concederles una nueva función, no finalista, sino de ayuda para abordar y comprender los temas que nos afectan en este momento, que deben ser lo prioritario.

Creo que una buena manera de abordar la incertidumbre que caracteriza nuestro tiempo y se proyecta al futuro inmediato, sería dotar a nuestro alumnado de las herramientas intelectuales que le permitan elaborar respuestas a los problemas nuevos a los que se deberá enfrentar. Una buena parte del quehacer diario en las aulas, deberíamos dedicarlo a enseñarles a repensar las inercias y las rutinas que le llevan a actuar; a cuestionar las instrucciones que nos da la memoria colectiva, grupal; a desaprender aquello que no nos ayuda en este momento y es un lastre del pasado; a favorecer el pensamiento crítico y lateral; a abordar los temas de estudio desde la interdisciplinariedad; a desarrollar la creatividad; a transformar el miedo  con su carga negativa, en un estímulo positivo; a colaborar; a dominar los diferentes lenguajes, y para finalizar este decálogo, a tomar en serio, nuestras emociones.

A pesar de sus limitaciones, la escuela, que necesita a las familias, los medios de comunicación y otras instituciones, para abordar con éxito los cambios necesarios, es seguramente la más preparada para una reflexión que propicie el inicio de estos cambios. No creo que nos aplaudan desde las ventanas, pero siempre ganaremos en autoestima al realizar nuestra tarea docente con sentido, esa es nuestra esperanza.

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