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Nuevos maestros para nuevas escuelas

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María Luz San Marco

Lic. en Ciencias de la Educación. UCA – Univ. De Quilmes. Capacitadora y Docente de idiomas en distintas instituciones educativas y empresas. (Unilever, T-systems, Grupo Moura y Volkswagen Argentina)

 La inclusión, la equidad, y la innovación, son aspectos centrales para repensar en esta nueva etapa, sobre la formación de un docente. El desafío que mostró la pandemia.

 

Conforme al contexto que estamos atravesando, la escuela tuvo que transformarse rápidamente, por lo que también logramos darnos cuenta de que la formación de educadores no puede quedar librada al azar. Hoy, quizás -más que en cualquier otro momento- nos podemos detener a pensar cuán importante es el docente para la formación de buenas escuelas.  

Diremos entonces que una buena escuela es aquella a la cual todos los alumnos ingresan sin ser excluidos ni discriminados, en la que aprenden contenidos significativos y pueden aplicarlos a situaciones reales de existencia, donde se reconoce a cada niño como ser único, invitándolo a disfrutar del conocimiento, entre tantos aspectos que podríamos destacar.

Garantizar el acceso al conocimiento es un pilar que persigue la Ley de Educación Nacional, sometida también al compromiso de velar por la igualdad de oportunidades. Aun así, sabemos que tenemos un saldo en torno a esta pretensión, y el contexto de crisis sanitaria mundial, dejó al descubierto muchas desigualdades educativas. Si hoy pensamos que aún no tenemos garantizada la igualdad en cuanto acceso al conocimiento, por ende, no podemos aseverar que tenemos buenas escuelas. Al interior de este razonamiento, podemos repensar de qué modo incide el rol docente y de qué manera la formación de formadores podría incidir en tan ansiado cambio.

Existen tres eventuales enfoques que señalan la calidad de la formación docente: el academicista-  donde un docente es capaz de manejar fehacientemente la disciplina en la cual se ha formado-, al de la formación técnica-  mucho más simplista e instrumental- y finalmente, a la mirada que propone una formación docente más autónoma y reflexiva, bajo la cual estos sean capaces de formar a sus alumnos en competencias, con las herramientas necesarias para implementar diversas estrategias de enseñanza-aprendizaje.

Todo educador, sin embargo, está inmerso en el caudal de situaciones imprevisibles cuando imparte sus clases. Diker y Terigi (1997) señalan que pensar en la tarea docente supone pensar en una multiplicidad de tareas que superan con creces la mera situación de enseñar y aprender. Quienes vivimos a diario el espacio del aula, conocemos este inmenso desafío. Gimeno Sacristán habla de la centralidad que debe tener un docente a la hora de la “regulación de la acción” comulgando con la idea de las autoras mencionadas, en el contexto de inmediatez que plantea la enseñanza. Agregaremos también, que pensar en la tarea docente implica saber que habrá que enfrentarse a planteos inimaginables, frente a los cuales hay que estar listos y bien capacitados, en el amplio sentido de la palabra.

Por esto, resulta sumamente valioso reconsiderar la formación de los formadores y la importancia que cobran los ISFD y Universidades que forjan profesionales de la educación. Pensar en esta etapa, nos remite a suponer que habrá que capacitarlos en todos estos aspectos, congeniando lo que los alumnos esperan del docente, lo que la sociedad requiere de la educación, y lo que también las políticas educativas vigentes, pretenda de los centros educativos y de sus maestros. Muchas veces, esta tríada no resulta sencilla de hermanar, sin embargo, el desafío será potenciar todos los recursos posibles para amalgamar aquel viejo contrato fundacional de la escuela, a las necesidades actuales.

 Un buen docente – por ende, de buena formación- deberá desandar la idea de sostener la educación enciclopedista para que su accionar se traduzca a prácticas pedagógicas transformadoras e innovadoras, que impacten significativamente en el mejoramiento de la calidad de enseñanza, y en los resultados de los aprendizajes de cada uno de los niveles que conforma el sistema educativo.

Un buen docente deberá desandar la idea de sostener la educación enciclopedista para que su accionar se traduzca a prácticas pedagógicas transformadoras e innovadoras, que impacten significativamente en el mejoramiento de la calidad de enseñanza

El desafío es pensar ¿de qué modo?

Los estudiantes de profesorados necesitan tomar conciencia de la vital importancia que tiene la enseñanza basada en competencias, terminología que Ausubel acuñó como “aprendizaje significativo”. No interesa que los niños sepan resolver ejercicios de matemáticas, si no son capaces de llevar esos aprendizajes a situaciones reales y concretas de su vida cotidiana. Y en esta dirección, afirmamos que saber qué hacer con lo aprendido, es más importante que saber.

También podemos adherir a la idea que nos introduce Nicholas Burbules, sobre el aprendizaje ubicuo: este concepto con la inclusión de las TICs en el aula, resulta ser de máxima importancia en las carreras de formación docente.

Hoy día- los niños y adolescentes-aprenden constantemente. Su formación no sólo transcurre en contextos formales y de manera intencionada. Por lo tanto, pensar en acompasar el aprendizaje escolar a la idea de “lo ubicuo”, de aprender todo el tiempo, en cualquier lugar, será clave para incorporar nuevas tecnologías en las escuelas y en los profesorados.

Como docente de nivel superior me permito plantear el descubrimiento y el uso de las tecnologías, mientras los futuros docentes son alumnos y para que experimenten bajo la propia piel, estos desafíos personales. Interesa que hagan, no que aprendan a hacer hacer.

El aspecto meta cognitivo, no es menos importante en esta coyuntura, ya que permitirá hacer una autovaloración, y ofrecerá un camino de auto examinación en torno a las habilidades necesarias puestas en marcha para superar dificultades- entre otras cuestiones-que servirá de antesala a la hora de incluir el uso de las TICs en el ámbito escolar y así acompañar de manera más amplia a sus alumnos.

Retomando la mirada de la formación docente, las nuevas pedagogías refuerzan la necesidad de la formación continua. Actualmente, contamos con un amplio elenco de especializaciones y cursos que resultan interesantes para estar listos frente a los vertiginosos cambios a los cuales nos desafía la escuela.

En una buena formación profesional, digo también que todos los profesores trabajen como una unidad. En lo que respeta a la planificación e innovación educativa, María Teresa Lugo- Magíster en Nuevas Tecnologías aplicadas a la Educación, por la Universidad de Barcelona- introduce el concepto de liderazgo distribuido. Esto equivale a la idea de que para cualquier innovación o mejora que se procure realizar, deberá pensarse colaborativamente. Y, por ende, una formación que aluda a la habilidad de trabajar de modo interpersonal, será un aspecto para tener en cuenta en la planificación de todas las carreras docentes.

Otro aspecto central es el de la formación para la equidad. Es importantísimo comprender que equidad no es sinónimo de igualdad, más bien equidad se relaciona con el concepto de justicia. Por consiguiente, hacer foco en esta noción, implica que la acción educativa siempre está mediada por aspectos sociales y por el contexto de interés de los grupos que aprenden. Será entonces fundamental que el docente sea una figura integradora entre sus alumnos, respetando la diversidad, sin imponer una cultura sobre la otra. La experiencia de aprender debe ser inclusiva en este sentido también.

La buena formación docente, debería descansar en las siguientes ideas:

 

  • Contextualizar el desarrollo histórico, social y cultural de la sociedad actual.
  • Garantizar que el docente comprenda el devenir de la institución escolar, su carácter político y transformador.
  • Diversificar las estrategias didácticas que posibilite el aprendizaje de todos los alumnos, tomando en cuenta la diversificación socio cultural presente en la sociedad actual.
  • Analizar y reflexionar sobre el efecto que tienen los preconceptos del docente en relación con los alumnos y el profundo poder que ejerce este sobre los aprendizajes.

Para concluir, diremos que la inclusión y la equidad, la innovación, son aspectos que resultan centrales en esta nueva etapa de repensar el papel de la formación de un docente, con todos los desafíos implicados en esta modernidad que nos desafía a nuevos horizontes de enseñanza, día tras día. Reclamar esto como estudiantes de profesorados, formadores de formadores, o equipos directivos, propiciará que vayan transformándose aquellos elementos que hoy son jerarquizadores, clasificatorios y obsoletos para mejorar la educación que tenemos, hacia una educación más amplia, y liberadora.

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