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“Para realizar este camino, estamos llamados a reconsiderar los lugares de nuestra actividad humana” señalan desde el Dicasterio para el Desarrollo Humano Integral que comparte este temario, para el cuidado de la casa común.

Primera parte: educación y conversión ecológica

 El llamado a la necesidad de una conversión ecológica, a un cambio de mentalidad que lleve al cuidado de la vida y la Creación, al diálogo con el otro y a la toma de conciencia de la profunda conexión entre los problemas del mundo. Se sugiere fomentar iniciativas como el “Tiempo de la Creación”, y también abordar las tradiciones monásticas que enseñan la contemplación, la oración, el trabajo y el servicio. Todo para educar al conocimiento del vínculo entre equilibrio personal, social y ambiental.

Primera parte: educación y conversión ecológica

El documento reafirma la centralidad de la vida y de la persona, porque “no se puede defender la naturaleza si no se defiende a todo ser humano”. De ahí la indicación de desarrollar el concepto de “pecado contra la vida humana” entre las nuevas generaciones, también para contrastar, con la “cultura del cuidado” y la “cultura del descarte”.

 Se hace hincapié en la familia como “sujeto protagonista de la ecología integral”: basada en los principios básicos de “comunión y fecundidad”. Ella misma puede convertirse en “un lugar educativo privilegiado donde se aprende a respetar a los seres humanos y a la Creación”. Por esta razón, se insta a los Estados a “promover políticas inteligentes para el desarrollo familiar”.

Nueva centralidad de escuela y universidad

Se invita a la escuela a adquirir “una nueva centralidad”, es decir, a convertirse en un ámbito de desarrollo de la capacidad de discernimiento, pensamiento crítico y acción responsable. En particular, se sugiere: facilitar las conexiones entre el casa-escuela-parroquia y poner en marcha proyectos de formación a la “ciudadanía ecológica”, es decir, promover entre los jóvenes “un nuevo modelo de relaciones” que vaya más allá del individualismo en favor de la solidaridad, la responsabilidad y el cuidado.

La universidad también está convocada: su triple misión de enseñanza, investigación y servicio a la sociedad debe girar en torno al eje de la ecología integral, animando a los estudiantes a comprometerse con “profesiones que faciliten cambios ambientales positivos”. De ahí la sugerencia específica de “estudiar la teología de la creación, en la relación del ser humano con el mundo”, conscientes de que el cuidado de la Creación requiere “una educación permanente”, un verdadero “pacto educativo” entre todos los organismos implicados.

Catequesis, diálogo ecuménico e interreligioso

El documento también reafirma que “el compromiso de cuidar la casa común es una parte integrante de la vida cristiana”, no una opción secundaria. Pero eso no es todo: el cuidado de la casa común es “un excelente ámbito” de diálogo y colaboración tanto ecuménico como interreligioso. Con su “sabiduría”, de hecho, las religiones pueden alentar un estilo de vida “contemplativo y sobrio” que lleve a “superar el deterioro del Planeta”.

Comunicación

La primera parte del documento concluye con un capítulo dedicado la comunicación y a su “profunda analogía” con el cuidado de la casa común: ambas, de hecho, se basan en “comunión, relación y conexión”. Por lo tanto, se insta a los medios de comunicación a poner de relieve los vínculos entre “destino humano y ambiente natural”, responsabilizando a los ciudadanos y combatiendo las denominadas “fake news” (falsas noticias).

Segunda parte: ecología integral y desarrollo. Tutelar derecho a alimentos y agua

La segunda parte del documento abre con el tema de la alimentación. La condena del desperdicio alimentario como un acto de injusticia, la invitación a promover una agricultura “diversificada y sostenible”, y en defensa de los pequeños productores, de los recursos naturales, y la urgencia de una educación alimentaria sana, tanto en cantidad como en calidad. También hace un fuerte llamamiento para que se combatan fenómenos como el acaparamiento de tierras, los grandes proyectos agroindustriales contaminantes y para que se tutele la biodiversidad.

En el capítulo dedicado al agua, cuyo acceso es “un derecho humano esencial”, se exhorta a evitar el desperdicio y a superar aquellos criterios utilitaristas que llevan a la privatización de este bien natural. 

Invertir en energía limpia y renovable. Salvaguardar mares y océanos. Promover economía circular

También los mares y océanos están en el corazón de la ecología integral: “pulmones azules del planeta”, requieren un gobierno centrado en el bien común de toda la familia humana y en la subsidiariedad.

Destaca la urgente necesidad de promover una “economía circular” que no tenga por objeto la excesiva explotación de los recursos productivos, sino su mantenimiento a largo plazo para que puedan ser reutilizados. Es necesario superar el concepto mismo de “desecho”, porque todo tiene un valor, se lee en el texto. Pero esto sólo será posible mediante la interacción entre innovación tecnológica, inversión en infraestructuras sostenibles y crecimiento de la productividad de los recursos.

Se pide también al sector privado que opere de forma transparente. Y en el ámbito laboral se espera la promoción de un desarrollo socioeconómico sostenible para erradicar la pobreza, trabajo digno, salario justo, lucha contra el trabajo infantil o no declarado; se espera en una economía inclusiva, en la promoción del valor de la familia y de la maternidad; se pide la prevención y erradicación de “nuevas formas de esclavitud”, como la trata de personas.

Finanzas apunten a la primacía del bien común

También el mundo de las finanzas debe hacer su parte, apuntando a la “primacía del bien común” y tratando de poner fin a la pobreza. “La misma pandemia del Covid-19 – se lee en el texto – muestra cómo hay que cuestionar un sistema que reduce el bienestar o permite una gran especulación incluso en las desgracias, volviéndose contra los más pobres”. Cerrar los paraísos fiscales, sancionar a las instituciones financieras implicadas en operaciones ilegales, colmar la brecha entre los que tienen acceso al crédito y los que no lo tienen, son algunas de las sugerencias indicadas, junto con la exhortación a promover “una gestión de los bienes de la Iglesia inspirada en la transparencia, la coherencia y el coraje” de una perspectiva de sostenibilidad integral. 

Primacía de la sociedad civil, lucha a la corrupción y derecho a la salud

En el ámbito de las instituciones, el documento subraya la “primacía de la sociedad civil”, al servicio de la cual deben estar la política, los gobiernos y las administraciones. Será importante promover el acceso a la justicia para todos, también para los pobres; y “repensar prudentemente” el sistema penitenciario a fin de promover la rehabilitación de los reclusos, especialmente de los jóvenes en su primera condena. A continuación, el texto se centra en la salud, calificándola “una cuestión de equidad y justicia social” y reiterando la importancia del derecho a los cuidados. Entre las sugerencias formuladas figura un examen de los peligros asociados con “la rápida propagación de epidemias virales y bacterianas” y la promoción de los cuidados paliativos.

La importancia de la cuestión del clima

Por último, el documento interdicasterial aborda la cuestión del clima, consciente de que tiene “una profunda relevancia” ambiental, ética, económica, política y social, “que repercute sobre todo en los más pobres”.

 Se necesita “un nuevo modelo de desarrollo” que vincule de manera sinérgica la lucha contra el cambio climático y la lucha contra la pobreza, “en sintonía con la Doctrina Social de la Iglesia”. El documento pide un compromiso con un desarrollo sostenible; y entre las propuestas formuladas, la reforestación de zonas como la Amazonia y el apoyo al proceso internacional encaminado a definir la categoría de “prófugo/refugiado climático” para garantizar la “tutela jurídica y humanitaria necesaria”.

El compromiso del Estado de la Ciudad del Vaticano

El último capítulo del texto está dedicado al compromiso del Estado de la Ciudad del Vaticano. Son cuatro área en las que se aplican las indicaciones de “Laudato si’”: protección del medio ambiente (por ejemplo: recogida diferenciada de residuos en todas las oficinas); protección de los recursos hídricos (circuitos cerrados para el agua de las fuentes); cuidado de las zonas verdes (reducción progresiva de los productos fitosanitarios nocivos); consumo de recursos energéticos (mediante los nuevos sistemas de iluminación de la Capilla Sixtina, la Plaza de San Pedro y la Basílica Vaticana que redujeron los costos en un 80 por ciento).

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