Editoriales

La aldea educativa

P. José Alvarez
Presidente del CONSUDEC

Debemos dejar de poner la ilusión en que el cambio educativo pueda llegar por los paradigmas tecnocráticos, sin despreciarlos, a fin del siglo pasado y principio de este han sido muy acelerados, cada uno portando la esperanza que con la introducción de nuevos métodos, instrumentos y herramientas se podría llegar a la ansiada revolución educativa que el mundo necesita, frente a la creciente crisis que pone en evidencia la insuficiencia de todo esfuerzo en este ámbito. Frente a este panorama el Papa Francisco nos reenvía una y otra vez a poner la centralidad educativa en la persona, las comunidades y los pueblos. Con ellos en un ideal común, curar, cuidar y compartir.

Solo si somos conscientes de la gravedad del problema podemos tomarnos en serio la tarea. El problema se halla en la insuficiencia de todos los sistemas en que ponemos la esperanza para  acompañar los problemas reales que la humanidad tiene.

El centro es la persona. Significa asumir el reto personalmente, no puede cuidar el bien del otro quien no ha descubierto el suyo. Debemos tener el coraje de la búsqueda personal, del arriesgar el ir al fondo de nuestro deseo humano, en búsqueda de respuestas verdaderas, es necesario que la vida se vuelva camino, peregrinación hacia un destino, donde cada paso tenga un significado. No se trata del otro, sino de nosotros mismos. Vivir la conciencia de un caminar.

El otro es parte de mí, cuidar al otro es cuidarme, dar es darme, no se trata de entretener para distraer del vacío existencial, no se trata de seguir adelante dejando de lado los interrogantes existenciales. Necesitamos ser caminantes que invitan a otros a recorrer un camino de aventura, en el que nos volvemos compañeros sorprendiéndome a cada paso, porque de eso está  hecha la vida, de sorpresas, de Misterio. Otro nos está haciendo ahora a través de cada circunstancia en cada vuelta del camino, uno que educa y uno que sigue caminando juntos hacia el destino de felicidad. Con equivocaciones, con fatiga y debilidades pero siempre dispuesto a seguir.

No caminamos solos, la escuela debe ser una comunidad de personas que caminan juntas, donde se acompañan, donde salen al encuentro del otro, donde todos pueden acudir, es una comunidad servicial, con la conciencia que lo que más conmueve y ayuda en la institución a las personas no es la prolijidad de las aulas, el silencio de los pasillos o la tecnología de última generación que el año próximo será caduca. Es un lugar para la persona, para el crecimiento de la persona, donde el gozo profundo de estar en camino me hace vivir cada día con mayor plenitud, sea cual sea la circunstancia que debamos atravesar. La escuela es una comunidad de personas donde todos son importantes, no es solo un lugar de trabajo, no es una trinchera contra padres culposos frente a su incapacidad de ser mejores, es una esperanza donde todos pueden encontrar una mano abierta para volver a empezar cualquiera sea la profundidad de nuestra oscura situación. Una escuela es consiente que no se puede educar sin la familia, primer ámbito de pertenencia de la persona humana, pertenencia que es sanativa del corazón del integrante, donde se vive la conciencia de que hay un sitio donde me aman por encima de la accidentalidad de la vida.

Una escuela así es misionera, es luz, aún sin intentarlo, no hace proyectos, vive. Cambia la sociedad que la rodea, interroga sin proponérselo, despierta deseo de participación, no es una campana de vidrio donde refugiarse de un mundo pervertido, sino lugar donde la alegría de vivir atrae.

Compartir

Share on facebook
Share on twitter
Share on google
Share on whatsapp

Ahora podés recibir las novedades y nuestra revista de modo gratuito
en tu e-mail
¡SUSCRIBITE!

Newsletter y Revista