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La camada no es una manada

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Los recientes sucesos del verano, que terminaron con la vida de un ex alumno del Colegio Marianista, llaman “a discernir sobre los signos de los tiempos”, y a “tratar de percibir el misterioso actuar de Dios” escribe Ricardo Moscato, Rector del Colegio El Salvador de Buenos Aires. El episodio de violencia social despertó en él muchas preguntas; porque “produce un sentimiento de orfandad”, “de desborde” y “el fracaso de toda contención”. La mirada del educador ignaciano.

En la tragedia de Cromañón de Diciembre del 2004 murió un alumno de cuarto año, Osvaldo Ruiz.  Al igual que otros 193 jóvenes, entre los cuales estaba Pedro Iglesias, reciente ex-alumno. Vida joven arrancada de golpe a sus familias. Osvaldo y Pedro fueron víctimas de los peores vicios de nuestra sociedad. Víctimas inocentes de la corrupción, de la indiferencia, de la falta de cuidado de unos a otros, especialmente de los adultos para con sus jóvenes, a los que deben dar seguridad y amparo. Fueron víctimas de la “tierra de nadie”, del “así nomás” o del “más o menos”, de la permisividad comodona de muchos. A esa sociedad cobarde, de puertas de emergencia cerradas con candado y mangueras de incendio sin agua… a esa sociedad que hace un culto de la trasgresión y de la viveza criolla, con empresarios sometidos al dios dinero y funcionarios públicos cómplices de las monedas de la corrupción… a esa sociedad, se la llamó, hace ya 16 años, “República Cromañón”.

Viene a la memoria esta metáfora de trampa mortal para jóvenes, cuando en el verano del 2020 un combo de violencia, alcohol, desamparo y muerte va configurando la “República Gesell”.  Al igual que en Cromañón, hay jóvenes, hay mega espacios de diversión, hay falta de controles del estado, hay empresarios que no cumplen las reglas, hay manadas, hay descontrol, hay violencia, hay muerte… Fernando Báez Sosa tenía 19 años; sus asesinos, entre 18 y 21 años. Es la edad de cualquiera de los chicos de nuestro quinto año y de egresados recientes.

El tesoro y el trauma

Entre distintos abordajes ante la violencia social, nos aproximamos desde una mirada espiritual. Más allá, de los contextos, ¿no serán estas acciones producto de un corazón violento del que, como dice el Evangelio, salen las malas cosas?  Pero ese corazón no es la última instancia. Está adherido a otra cosa que le da sentido. Jesús nos advierte acerca de esa adhesión del corazón: “donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón” (Mt. 6,21). Conocer el corazón significa conocer el tesoro al que ese corazón está referido, el tesoro que lo realiza y libera o el que lo corrompe y destruye, el que lo impulsa al amor, o el que lo instala en el odio. De tal manera que del hecho violento se pasa al corazón y del corazón al tesoro que lo tiene esclavizado ¿A cuál tesoro está esclavizado el corazón de los violentos? ¿Cómo se va generando ese proceso de hábitos que limita poco a poco la capacidad de amar, replegando cada vez más el corazón hacia horizontes de inmanencia y egoísmo, renunciando a toda trascendencia, al reconocimiento del Otro? ¿No habrá una “suficiencia básica” que comienza a ser inconsciente y termina naturalizándose? ¿Qué heridas sin curar sangran en esos corazones encerrados?

Del hecho violento se pasa al corazón y del corazón al tesoro que lo tiene esclavizado ¿A cuál tesoro está esclavizado el corazón de los violentos? ¿Cómo se va generando ese proceso de hábitos que limita poco a poco la capacidad de amar?

En ellos se va generando una cadena de afectos desordenados, de mal en peor, referida a un “tesoro” que seduce y engaña: “Alma tienes muchos bienes en reserva para muchos años. Descansa, come, bebe, banquetea” (Lc.12, 19). Provoca un desequilibrio interior que en algún momento estalla y sale afuera.

El “exitismo” es su caldo de cultivo: está convencido que es un ganador, que sus actitudes siempre dan buenos resultados.  Se siente la “medida de todas las cosas” y desprecia a los demás porque “no dan la talla” de su éxito.  Los otros son más débiles, más pobres, más frágiles. Los invisibiliza, “no existen”. No conoce la amistad sino la complicidad. Para él no vale ni el amor a los enemigos ni la distinción amigo/enemigo porque la sustituye por la de “cómplice o enemigo”. No pide perdón, no espera nada. No tiene, ni cree en el futuro. Ya es un “winner”, amplificado y multiplicado al infinito por las redes sociales. Gana el mundo, y pierde el alma.                                     

Nos quedamos sin palabras. Tragedias como Cromañón o el asesinato en patota de Fernando Baéz Sosa nos produce un impacto que nos desorganiza, nos paraliza, nos desesperanza. Nos produce un sentimiento de orfandad de herramientas para pensar y actuar. Predomina un sentimiento de “desborde” y el fracaso de toda “contención”.

Tiempos alterados, tiempos violentos

El estado de violencia social no es nuevo. Esta violencia tiene causas complejas, múltiples y estructurales, aquí y en el mundo… Corroe a las familias, altera la paz. A muchos se les robó la boca en tiempo de reír, el alma en tiempo de soñar, el cerebro en tiempo de pensar. Estamos viviendo tiempos alterados donde todo “emerge” a la luz pública como fuerte aviso de incendio. ¿Somos conscientes de estos “signos de los tiempos”? ¿Cómo los miramos, comprendemos y asumimos? ¿Cómo respondemos?

Tratamos de discernir “los signos de estos tiempos” para percibir el misterioso actuar de Dios, recuperando la mirada misericordiosa del Dios Amor y del Jesús Salvador, en la convicción de que este mundo, lleno de contradicciones y desafíos, sigue siendo su creación y objeto de su Amor.               

Ejercitando el discernimiento, tratamos de no ser “más de lo mismo”, sino que nos desafiamos a una nueva sensibilidad humana hecha de ternura, compasión, creatividad, trabajo y responsabilidad, construida sobre “roca”, la que nos enseñó Jesús: ” Amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo (Mt. 22,44)

En nuestro Colegio, acompañamos, como “el Señor de la Buena compañía” de los discípulos de Emaús, a esos adolescentes y jóvenes en el proceso de formación y de discernimiento, y lo hacemos en un espacio creado y cuidado para su desarrollo y fortalecimiento: la camada.

La camada no es una manada

La manada es una metáfora sacada del mundo animal. Se refiere a un conjunto de animales unidos por el instinto de supervivencia. Cuando un grupo de humanos se comporta como “animales”, es decir, sin consciencia, sin discernimiento ni moral, deviene en “manada”; es decir, deviene en horda salvaje, patota, barra brava, masa… Es una regresión primitiva, una ilusión retrógrada.

La manada se alimenta en el mundo de los mercaderes de la noche, en esa tierra de nadie, sin adultos responsables, lleno de comerciantes irresponsables, con previas en hogares sin padres, como cuartos de hotel.

En cambio, una camada es un conjunto de personas que comienzan y finalizan juntas una etapa de su escolaridad, acompañadas por sus profesores, tutores y familias. Como unidad formativa, es un medio pedagógico de educación integral, una mediación en el proceso de autoconocimiento y formación de la identidad personal y grupal. Se trata de un espacio de encuentro, aprendizajes y acompañamiento. También, con su ideal de unidad y fraternidad, la camada es un signo profético de la sociedad que queremos: unida y respetuosa de las diferencias, solidaria y comprometida con los demás, creyente y esperanzada.  

La camada crece día y noche, con adultos que se hacen cargo, acompañan y orientan: no son ni cuidas ni patovicas ni policías… son padres, madres y educadores.

La manada es brutal en su impunidad, orgullosa de su progresiva animalización, en su regresión al macho alfa. No reconoce ninguna ley salvo su prepotencia ciega del “todo, ya y para nosotros”. Se mal acompaña, no reconoce amigos ni compañeros. En cambio, una camada está integrada por personas, con sus historias a cuestas, que conforman juntas una comunidad; son conscientes de su fragilidad, rechazan toda forma de bullying y pacientemente tejen vínculos fraternales.

La camada está integrada por hijos que tienen padres, madres, hermanos y hermanas, y son responsables ante ellos, su familia, y ante la sociedad. Por el contrario, la manada reniega de ser hijo porque lo considera una debilidad y busca “tener de hijos” a los demás, compitiendo por someter a otros. Así, el macho, sepulta al padre.

La camada reconoce que quiere y necesita aprender y es solidaria en el camino de esos aprendizajes integrales: unos comparten con otros; unos esperan a otros; aprenden a convivir, a perdonarse, a ayudarse, a discernir y tomar decisiones entre todos. La manada cree que ya aprendió lo suficiente: abusar, insultar y pegar; no importa el género, el otro importa solo para “mi pulsión”, para nuestro “bardo”. Solo busca relaciones de sumisión que alivie fugazmente la angustia.

La camada es comunidad de personas conscientes, competentes, compasivas y comprometidas; no es masa indiferenciada. Construye relaciones que vinculan sin atar, cuidan sin encerrar.

La manada caretea con las máscaras del alcohol, las drogas y la prepotencia patotera, asumiendo el descontrol como forma perversa de socialización. Es la de los espejos, las selfies y la facha, encerrada en la pose frívola y obsesiva frente a la cámara, la pose adictiva contra y sin los demás.

La camada es un espacio de aprendizaje, de reconocimiento y de aceptación del otro diferente. Rompe el espejo de su auto referencia. Reconoce el lugar de la mujer en un proyecto vital personal, social, familiar y comunitario.  La manada falta el respeto a la mujer impostando un machismo abusador, violento y cobarde. Ejerce la violencia virtual y real, psicológica y física, de palabra, y de hecho.

La camada sabe lo que es una celebración festiva, compartiendo de corazón lo mejor de cada uno. Porque si la fiesta no les da alegría y fuerza para seguir en la lucha de la vida, significa que no ha sido fiesta, aunque algunos le den ese nombre.

La manada se forma con sujetos inmaduros, anómicos, que fluctúan entre un ritualismo obstinado y una rebeldía confusa, decepcionados respecto al valor de las normas sociales y culturales. Es la que recibió los efectos residuales de una educación elitista, superficial e insuficiente porque “pasaron” por la escuela y nunca la habitaron. 

La camada es la amistad en el día a día de los aprendizajes… no está sola, no necesita máscaras ni pintarse la cara para parecer lo que no es. Acepta ser parte del aprendizaje vital que produce humanización. Reconoce maestros de vida y buscan un proyecto vital asumiendo su contexto y aprovechando su experiencia.

La camada tiene casa, la suya y la del Salvador; tiene día, futuro, tiene Dios; tiene un lugar de recuperación de sueños y de sentido. Se proyecta hacia afuera como protagonista de un futuro mejor. La camada es educación en proceso. Es dejarse acompañar para aprender y compartir.  Es superación de las formas des-subjetivantes de la violencia social; es superación del consumismo, del culto al cuerpo y del dinero como dios. Saliendo del colegio ¿Qué verá la gente, la verdad de la camada o la mentira de las manadas? 

El bien se construye todos los días desde opciones éticas asumidas en una permanente lucha espiritual. En tiempos alterados, los invitamos conformar una comunidad de hombres y mujeres, libres y solidarios, que nunca más sean parte de la “República Cromañón” o de la “República Gesell. Los invitamos a jugarse por ser personas con y para los demás. Les deseamos que la camada nunca caiga en la tentación de ser manada; que el padre responsable supere al macho irresponsable; que la comunidad supere a la horda. Les pedimos que no contaminen sus corazones con tesoros que corrompen y matan; que la violencia nunca tenga lugar en sus vidas; que no se dejen robar ni la risa ni la esperanza. No se acobarden. No se rindan. Luchen y confíen.

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