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Mons. Eduardo E. Martín

Presidente de la Comisión de Educación de la CEA. Prof. de Filosofía, Teología y Política Social. Arzobispo de la diócesis de Rosario. Conferencia dada en el 57° Curso de Rectores del Consudec

Monseñor Eduardo Martín, presidente de la Comisión de Educación del Episcopado se dirigió a los educadores en el último encuentro del CONSUDEC, y planteó un cambio de mentalidad. “La nueva educación ambiental no puede centrarse solamente en la información científica, concientización, o prevención de riesgos ambientales… Para abordarla –dijo- es necesario preguntarse por el lugar que ocupa el ser humano, y para que está en el mundo”

Directivos, docentes, representantes legales de colegios de todo el país escucharon la intervención del arzobispo de Rosario en el Teatro Metro de La Plata. El prelado comenzó teniendo en cuenta “la clarividencia del papa Francisco” que conectó “el grito de la tierra con el grito de los pobres”. Y nos recordó que “la nueva educación ambiental no se puede centrar solamente en la información científica, concientización y prevención de riesgos ambientales. La crisis ecológica es como dice el santo Padre, una crisis del hombre, requiere una conversión interior que implica dejar brotar todas las consecuencias del encuentro con Jesús, en las relaciones con el mundo”. Síntesis de una gran reflexión.

Ser humano: sed de amor y de infinito

Para abordar una espiritualidad y una educación ecológica, es necesario que nos preguntemos por el lugar que ocupa el ser humano, para qué está en el mundo, cuál es su significado. No podemos dejar de plantearnos las preguntas fundamentales de la existencia. Sólo en la respuesta por un significado último y exhaustivo de nuestra existencia, podremos estar en condiciones de ubicarnos en relación con el prójimo y con la creación.

Sólo en la respuesta por un significado último y exhaustivo de nuestra existencia, podremos estar en condiciones de ubicarnos en relación con el prójimo y con la creación

Si no está latiendo esta pregunta de fondo, no creo que nuestras preocupaciones ecológicas puedan lograr efectos importantes. Pero si esta pregunta se plantea con valentía, nos lleva inexorablemente a otros cuestionamientos muy directos: ¿Para qué pasamos por este mundo? ¿Para qué vinimos a esta vida? ¿Para qué trabajamos y luchamos? ¿Para qué nos necesita esta tierra? Por eso, ya no basta decir que debemos preocuparnos por las futuras generaciones. Se requiere advertir que lo que está en juego es nuestra propia dignidad. Somos nosotros los primeros interesados en dejar un planeta habitable para la humanidad que nos sucederá. Es un drama para nosotros mismos, porque esto pone en crisis el sentido del propio paso por esta tierra.

Campea hoy una gran confusión acerca del sentido último de la vida humana, y por eso, hay maltrato al prójimo y a la creación. Doy un ejemplo sencillo: si le damos a un niño pequeño una sofisticada cámara de filmación, seguro se llena de asombro ante esa maravilla tecnológica, pero no sabe cuál es su fin, su ley, para qué está hecha, cuál es su mecanismo, de qué modo se usa. Como no sabe comienza a jugar con ella, y finalmente termina rompiéndola. Así sucede con el hombre de hoy, tiene todas las piezas del rompecabezas, pero no sabe unirlas para captar el conjunto, el sentido global de ese conjunto, es decir no tiene el significado.

De un hombre incompleto, desorientado, surgen concepciones erróneas sobre lo creado: por ejemplo, esta visión del paradigma tecnocrático, que tiene la pretensión de ser la respuesta exhaustiva al drama humano, cuando en realidad no satisface las exigencias últimas del corazón del hombre.

Pero hay otra realidad, vinculada a la primera que hemos descripto: se trata de una herida estructural del corazón humano, teológicamente la llamamos “pecado”, y San Pablo nos dice: “hago el mal que no quiero y no hago el bien que quiero.

 Es una experiencia de la humanidad, que ahora se agrava por el poder tecnológico, económico y político, concentrados, la de hacer cosas que dañan a los demás: el egoísmo, la violencia, la avaricia, la idolatría del dinero, del poder, del placer, la ambición, el querer extraer a la tierra todo el jugo posible encerrados en un egoísmo que se hace incapaz de ver la necesidad del que está al lado. Todo lleva a la situación crítica en la que se encuentra la humanidad por el maltrato realizado a la casa común y al prójimo necesitado. 

Es necesario sanar las relaciones básicas del ser humano: la relación con el Misterio, la relación con el prójimo y la naturaleza, a partir de una antropología adecuada que conciba al hombre abierto a la eternidad.

Necesitamos sanar nuestras relaciones más básicas: con el prójimo, con Dios, con la creación.

Educar para entender la realidad como signo

Lo que puede vencer este neopositivismo asfixiante, que vuelve la realidad opaca, sin brillo, sin decirnos nada, o sin remitirnos a nadie, es educar en el entendimiento de la realidad como signo.

El signo es algo que remite a otra cosa. Todo lo que veo en la realidad, el cielo, las estrellas, el sol, la luna me conmueven, me mueven a considerar otra cosa…la realidad se percibe como signo del Misterio.

La primera experiencia frente a la realidad es la del “asombro”, maravilla ante la presencia de las cosas, estupor por algo que está presente y no depende de uno; la persona humana percibe la realidad como algo dado; como un dato, un don o regalo. Percibir así la realidad nos lleva a la “gratitud”.  Además, me doy cuenta que dependo de esa realidad (lo más sencillo de señalar es que dependemos del aire).

Necesitamos ser educados y educar en la conciencia de la dependencia: somos creaturas y estamos en manos de Alguien que nos ama. La otra experiencia que estamos llamados a realizar y a educar a nuestros chicos y chicas es la del “cosmos”.

Hay en el universo una armonía: sin que hagamos nada, transcurren los días y las noches, pasan y vuelven las estaciones del año: la primavera, el verano, el otoño y el invierno: todo funciona sin que nosotros hagamos algo.

La educación ambiental también debe ir más allá de una mera información científica y prevención de daños ambientales; es necesario que critique los mitos de la modernidad: progreso indefinido, consumismo, mercado sin reglas…  “Que sea una educación abierta al Misterio y desde allí a fundamentar una sólida ética ecológica” plantea el Papa, y “debe llevar al cultivo de sólidas virtudes que posibiliten la donación de sí y un compromiso ecológico. Todo esto se inscribe en una “Educación para la alianza entre la humanidad y el ambiente.”

Necesitamos ser educados y educar en la conciencia de la dependencia: somos creaturas y estamos en manos de Alguien que nos ama

La experiencia cristiana

Es necesario que hagamos la experiencia del encuentro con Jesucristo para que se desvele el misterio de Dios y del hombre.  Cuando uno se centra en Jesucristo, el acontecimiento decisivo de la vida, suceden dos cosas: se esclarece el sentido de la vida y experimentamos el perdón de nuestro mal. Comenzamos a adquirir una visión de la realidad, de la creación, del hermano, de los demás, de la sociedad, con los ojos de Jesús, con la mirada de Jesús, adquiriendo su mentalidad, también el modo en que concebía la creación, el trato con los semejantes.

La redención

El anuncio cristiano nos dice que el hombre no ha quedado abandonado a su propia suerte, que Dios se ha compadecido de Él y nos ha enviado a su Hijo Jesucristo,

Frente al anuncio del Reino de Dios somos llamados a la conversión, a ese cambio de mentalidad que nos hace dirigir nuestra mirada hacia Cristo y desde él afrontar la vida, la relación con Dios, el trato con la creación y con el prójimo.

La conversión ecológica

En este camino nuevo siempre estamos necesitados de convertirnos, podemos decir que la conversión es un proceso permanente que culminará el último día de nuestra existencia terrena.  Convertirse es volver la mirada hacia Dios y desde él concebir el mundo, la vida.

Un mundo que le dio las espaldas a Dios ha generado como consecuencia el maltrato de lo creado y la explotación de los seres humanos. La conversión a Dios es integral, toma la totalidad de la vida, y llega también, como consecuencia, al modo como tratamos lo creado y como nos tratamos entre nosotros. El Papa Francisco nos dice: “la crisis ecológica es un llamado a una profunda conversión interior…hace falta una conversión ecológica, que implica dejar brotar todas las consecuencias del encuentro con Jesucristo en las relaciones con el mundo que nos rodea”.  Una conversión personal y comunitaria.

Por un lado, Francisco nos invita a reconocer que no siempre, los cristianos hemos guardado la creación según el designio de Dios. Esto nos habla de un camino permanente de conversión, de un volver siempre a la fuente, que Jesucristo esté siempre presente como luz y guía de nuestra vida.

El Papa habla de una espiritualidad ecológica que nace de las convicciones de nuestra fe. Nos invita entonces a que nuestra conversión, llegue a ser totalizante, y a sanar las relaciones con las demás creaturas y con el mundo que las rodea y provoque la fraternidad con todo lo creado; todo esto como fruto de la luz y de la fuerza de la gracia recibida.

San Juan Pablo II decía que una fe que no se hace cultura (es decir, modo de vida totalizante) es una fe superficial, no madurada plenamente, un mero barniz.  De ahí entonces que las características de una espiritualidad, se manifieste en el modo de vivir, de relacionarnos con Dios, con el prójimo y la naturaleza. Se traduce en actitud contemplativa ante las cosas, a vivir con sobriedad y capacidad de gozar con poco, y con cosas sencillas: el encuentro fraterno, o un hermoso paisaje…   Nace una humildad que nos ubica en el contexto y nos hace vivir en la verdad sin creernos superiores a los demás y dominadores. 

El encuentro con Jesucristo nos trae paz e irradiamos paz, paz que nace del interior y que se irradia alcanzando las personas y las cosas. La vivencia de la fe nos permite estar atentos, sin estar pensando en lo que vendrá, nos hace abrazar el presente con intensidad viviendo cada momento como el primero, como el único, como el último. De la experiencia de la vida como don nace, una actitud agradecida (El Papa da el ejemplo de la acción de gracias en las comidas).

Para el corazón creyente todo nos habla de Dios. Esta mirada que nace de la fe encuentra su fuente y su cumbre en la Eucaristía que une el cielo y la tierra, abraza y penetra todo lo creado. Por Cristo presente en la Eucaristía, todo el cosmos da gracias a Dios. De un modo especial la Eucaristía dominical, ya que el domingo es el día de la sanación de las relaciones del ser humano con Dios, consigo mismo, con los demás y con el mundo. La Eucaristía nos anticipa la eternidad, el cielo nuevo y la tierra nueva hacia la que marchamos. El más allá se gana en el más acá, viviendo conforme al designio de Dios. Caminamos con esperanza en medio de las tribulaciones y de nuestras miserias y caídas, pero confiamos en la misericordia que será la última palabra de la historia.

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