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La experiencia filosófica

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La filosofía pregunta una y otra vez: es la auténtica vocación del pensamiento que nos llama a responder todas las cuestiones que atañen a nuestra existencia como peregrinos en esta tierra. Escribe el docente Claudio Marenghi, desde el profesorado de CONSUDEC, responsable de las asignaturas filosóficas en la carrera de Ciencias de la Educación.

 

En el patrimonio del mundo de las ideas que es la historia de la filosofía, hallamos numerosas respuestas a los grandes interrogantes que la existencia humana plantea. Sin embargo, advertimos con facilidad que la condición de posibilidad de todas las respuestas está dada por la existencia de la pregunta misma, la cual nos abre el camino para la investigación. Ahora bien, ¿cómo es que surge en nosotros la pregunta y la vocación por la filosofía?

 

En la primera línea de la ‘Metafísica’, Aristóteles sostiene que “todos los hombres por naturaleza desean saber.” Este ‘deseo de saber’, este ‘amor a la sabiduría’, tiene su origen en el asombro, la duda y la búsqueda incesante del sentido de nuestra vida, estados anímicos que despiertan en nosotros la pregunta, la invitación a pensar. En efecto, el hombre es un ser finito arrojado al mundo, que vive dormido en su lecho hasta que despierta de ese sueño indiferenciado al percatar que efectivamente existe. Un buen día, la existencia se refleja en la conciencia del hombre con la certeza de no habérsela dado a sí mismo como tampoco a los entes que lo circundan. Y ante tal espectáculo, ante el testimonio del ser, el hombre en su aurora puede preguntar: ‘¿por qué existo?’, a lo cual, sin recurrir a supuestos extraños, sólo puede responder inmediatamente: ‘porque sí’.

 

 “El enigma de la existencia mira al hombre en todos los tiempos con el mismo rostro misterioso” (expresa Dilthey) Y al advertir el hombre que no es un solitario en el cosmos, sino que convive con sus semejantes y con el resto de los seres, puede extender la pregunta a la totalidad de las cosas, como lo ha hecho Leibniz: “¿por qué hay ente y no más bien nada?” Al plantear la cuestión Leibniz pensó que la nada es más simple y fácil que algo, es decir, que pudo no haber habido nada, con lo cual desparecerían los problemas y las preguntas. Pero de hecho hay ente y no nada, por lo cual se tiene el derecho –y la obligación dado que estamos en filosofía- de preguntar ‘¿por qué hay ente?’

 

Pues bien, ¿no es una ‘obviedad’ que hay ente? Se trata de algo tan ‘obvio’, tan ‘natural’, tan ‘evidente’, que se puede transcurrir toda la vida sin que a uno se le ocurra siquiera plantear tal cuestión. Es más, habrá quien piense que dadas las urgencias históricas que nos acosan como los problemas económicos, políticos, sociales y laborales, sería conveniente atender a estas necesidades concretas, antes de ocuparnos en algo tan obvio, inútil e, incluso, pedante. A pesar de los tiempos que corren, hostiles muchas veces para la filosofía, debemos decir que esta pregunta es la más seria, más profunda y menos prescindible de todas las preguntas que el hombre puede formular: “¿por qué hay ente y no más bien nada?” Se trata de la pregunta por el fundamento o principio de todas las cosas, que ha revalorizado Martin Heidegger en el siglo XX, a la cual se han dado numerosas y diversas respuestas a lo largo de la historia: de hecho, existen tantas posturas filosóficas como respuestas se hayan dado a la misma.

Si para nuestro saber “sus preguntas son más esenciales que sus respuestas y toda respuesta se convierte en una nueva pregunta” , entonces parecería que la filosofía nos condena a una pregunta suspendida, a un eterno no encontrar lo que se está buscando

La pregunta, entonces, queda planteada. Ahora debemos agregar que, si bien es cierto que “el preguntar es la devoción del pensar”, el responder es el blanco al que el preguntar apunta y es el polo sin el cual la filosofía pierde su sentido. Si para nuestro saber “sus preguntas son más esenciales que sus respuestas y toda respuesta se convierte en una nueva pregunta” [1], entonces parecería que la filosofía nos condena a una pregunta suspendida, a un eterno no encontrar lo que se está buscando. Tal parece ser el grado de agotamiento al que la ‘docta ignorantia’ de la razón filosófica ha llegado en nuestros días, la cual se ve eclipsada por las lunas del positivismo y del nihilismo reinantes que, con sus respectivos dogmas de que ‘sólo hay hechos’ y de que ‘el mundo es absurdo’, han sembrado de escepticismo el terreno filosófico. Desde el positivismo se nos dice que “de lo que no se puede hablar, más vale callar” [2] y desde el nihilismo que “la filosofía no puede ni debe enseñar a dónde nos dirigimos, sino a vivir en la condición de quien no se dirige a ninguna parte.” De este modo la filosofía queda reducida a un mero órgano a favor de las ciencias o a un tipo especial de pasatiempo literario, renunciando a su problema esencial: “el problema antes, ahora y siempre discutido y nunca resuelto: ¿qué es el ser?”

 

No obstante, puesto que es el fondo mismo de la realidad el que despierta en nosotros la pregunta y clama una respuesta, no será auténtico filósofo aquél que deje en indefinido suspenso su respuesta. De hecho, filósofo es quien tiene fe en el hallazgo de la verdad, quien usa la duda positivamente, como elemento crítico y como instrumento de adquisición, y quien buscará que cada pregunta repose en su respuesta. La respuesta filosófica es siempre personalísima y comprometedora, pues en ella el sujeto que interroga se ve involucrado en su totalidad dentro del interrogante, por lo cual la experiencia filosófica suele ir acompañada por un ‘temor y temblor’ existencial, aún cuando la pregunta filosófica no pueda ser contestada de una forma definitiva, dado que nos las habemos con misterios y no tan sólo con problemas. En efecto, que Dios exista o no, que el bien sea realidad o ficción, que exista una verdad objetiva o no, que el hombre sea persona o un animal más complejo, que la vida se prolongue más allá de la muerte o que con ella se extinga, implica concebir el universo de un modo radicalmente opuesto a otro modo dado, determinando la actitud existencial y la conducta de quien haya dado sus respuestas. Es por la misma gravedad de sus cuestiones que en la experiencia filosófica hay una interioridad profunda e insondable que no se expresa y no se enseña. En rigor, podemos decir que no se puede aprender cómo ser filósofo, “no es un oficio: no lo sabrá nunca quien no lo experimente”.

Filósofo es quien tiene fe en el hallazgo de la verdad, quien usa la duda positivamente, como elemento crítico y como instrumento de adquisición, y quien buscará que cada pregunta repose en su respuesta

La filosofía como pregunta es el punto de partida, pero sólo será verdadera filosofía si encuentra en la respuesta el punto de llegada. Para vivir auténticamente la experiencia filosófica es indispensable –quién lo negaría- la formación académica, el estudio sistemático de los grandes temas y el diálogo personal con los grandes pensadores de la historia de la filosofía. Pero no se trata de recorrer las bibliotecas y buscar allí las respuestas recurriendo a una ‘cabeza prestada’, sino de descubrir y leer con una mirada penetrante el libro de la realidad en una experiencia sincera, única e irremplazable, pues “el oficio de la filosofía no es averiguar el pensamiento de los hombres, sino la realidad de las cosas.”


Fuentes:

  • Heidegger, ‘Conferencias y artículos’, Alfa, Bs. As, 1975, p.148
  •  Jaspers, ‘La filosofía desde el punto de vista de la existencia’, FCE, Bs. As, 1992, p.11
  •  Wittgenstein, ‘Tractatus logico-philosophicus’, UNAM, México, 1988, par.7
  •  Vattimo, ‘Más allá del sujeto’, Piados, Barcelona, 1989, p.11
  •  Aristóteles, ‘Metafísica’, 1028, 2-4

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