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Trabajar por un humanismo encarnado

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Carlos Horacio Torrendell

Coordinador de Nuevos Proyectos de la Facultad de Ciencias Sociales de la UCA.

La presentación del libro sobre la experiencia de Alverno College, y su “providencial vínculo” con el Departamento de Educación de la UCA, le permitió a uno de sus referentes, el profesor Carlos Torrendell, discernir “algunas claves” sobre el desarrollo de la tarea profesional, que pueden impactar en las escuelas.

 

¿Cómo pasar de un humanismo declarado a un humanismo encarnado?” se pregunta el profesor Carlos Torrendell, Coordinador de Nuevos Proyectos de la Facultad de Ciencias Sociales, que, junto al equipo académico de Educación de la UCA, compartió la experiencia de consolidar un modelo más integral para la formación docente de Argentina. La alianza con Alverno College de Wisconsin (Estados Unidos) y todo lo que emerge de ella, quedó plasmado en un libro que publicó este año Editorial Kapelusz. “La escuela americana logró superar el enciclopedismo, – expresa en la contraportada- porque orienta su oferta educativa hacia el desarrollo de aptitudes, para consolidar un perfil de educador profesional y humanista”.

 “Esta es nuestra propia experiencia también”, señaló el profesor Carlos Torrendell en el auditorio de la Universidad Católica.  Al hablar de “este providencial vínculo” con la escuela de Alverno, agregó que fue asumido “desde una perspectiva humanista y cristiana. Si se quiere también personalista”.

En el camino que transitaron juntos ambas instituciones “el desafío de renovar la pedagogía o una visión de ella, fue muy conversado. Estuvimos muchas veces desarrollando lo que podemos llamar un humanismo enciclopédico, que es creer que porque uno presenta una variedad de disciplinas (como la Filosofía, la Historia, etcétera) los seres humanos, vamos a poder enhebrar todo esto mágicamente y afrontar el saber de modo interdisciplinar, además de traducirlo, aplicarlo o tomar decisiones”

 Sin embargo, continuó el docente “nos olvidamos de hacer una autocrítica, esto nos pasa como Iglesia, pero también sucede con las ideologías; allí uno puede repetir muy bien lo que se puede hacer en términos teóricos y en ese mismo instante, estar haciendo todo lo contrario”

“Esta es una experiencia cotidiana de todos nosotros y no le prestamos suficiente atención. En nuestra vida diaria uno le puede estar gritando a otro que sea bueno, mientras le está gritando…  esto pasa en las casas, pero también en las instituciones. Nos escuchamos mutuamente, pero no son cosas fáciles de hacer…”

El coordinador de Nuevos Proyectos de la UCA, logró capturar la atención:

 “Entonces – dijo – se trata es de pasar de un humanismo declarado, que algunos podrán llamar de otra manera, (porque no somos perfectos y siempre hay trigo y cizaña) a desarrollar la perspicacia de estar atentos. Mirar cómo individual e institucionalmente, podemos revisar nuestro discurso para que tenga que ver con la realidad todo el tiempo. Es decir, hagamos un humanismo encarnado”

Se trata es de pasar de un humanismo declarado, (...) a desarrollar la perspicacia de estar atentos. Mirar cómo individual e institucionalmente, podemos revisar nuestro discurso para que tenga que ver con la realidad todo el tiempo. Es decir, hagamos un humanismo encarnado

Acto seguido, apuntó esta reflexión:

Una instancia para re encontrar
el sentido de la tarea

¿Cómo desarrollamos en la institución una cultura que nos permita reencontrarnos con el sentido de lo que hacemos, que no es simplemente leer, en nuestro caso, el magisterio de la Iglesia o el ideario institucional?  ¿cuál es nuestra dinámica, metodología y espacio para reencontrarnos?  Porque el sentido siempre se va renovando al calor de la cultura contemporánea. Es lo que nos alimenta, el estandarte podríamos decir. Y este problema no es sólo de la formación docente, sino también de la escolarización, y hasta de cualquier empresa; porque la modernidad nos burocratiza fácilmente. Entonces, ¿cómo desarrollamos métodos para reencontrarnos con el sentido y re crearnos a partir de él?

Trabajar para la conformación de una comunidad

Segundo, cómo convertimos, yo diría el desafío “vulgar” del trabajo en equipo, del que se habla tanto y cansa, a la construcción de una comunidad. El trabajo en equipo no puede ser un eslogan o una metodología. Si no hay comunidad, no va a haber sentido y tampoco trabajo en equipo o metodología. ¿Cuántos somos capaces de recrear en nuestra escuela, una comunidad que pueda fascinarse vertical y horizontalmente? ¿cuánto tiempo le dedicamos a eso? ¿Cómo se genera una nueva simbología de nosotros a nivel social? ¿o una nueva afectividad? Mi afectividad de estar “solo” durante veinte años en un aula dando clases no es la misma cuando yo tengo que poner en juego el estar al lado de otro, dando clases. Hasta corporalmente se siente distinto. Esto lo puedo asegurar por experiencia.

Entonces, ¿Cómo cambiamos nuestra corporeidad en esa nueva comunidad?  Es otro desafío.

Recrear una nueva pedagogía

 Por último, pero solo en este contexto, se va a recrear una nueva pedagogía, donde efectivamente, uno puede acompañar a otro en el aprendizaje. La experiencia que compartimos con Alverno College nos enseñó cómo constituir profesionales “en comunidad”, entendiendo que el profesionalismo no está en conflicto con lo artesanal. Porque uno aprende en la experiencia, y acompaña al otro. Es decir, se aprende haciendo con otro que lo va orientando, y deja – al mismo tiempo – lugar para una autonomía y un protagonismo.

Formar una auténtica comunidad de docentes facilita el aprendizaje por medio del intercambio de experiencias.

Una conclusión

Para encarnar una educación verdadera, intensa, profunda, vital, que nosotros llamaríamos humanista, tenemos que cambiar.  Esta sería la base, la cuarta idea que nos ayudaría a completar las anteriores: ¿cómo vamos a cambiar nuestros modelos institucionales, nuestra gramática escolar o nuestra cultura?

Porque esa estructura que cambia al re encontramos con una nueva vida implica una dimensión afectiva, que hace que desarrollemos algunas estructuras y modelos concretos. Pongo un ejemplo para que se entienda lo que quiero decir: Cuando se desarrolla el monacato en el medioevo, San Benito escribe una regla. Y si uno la lee, ¿qué es?  Un modelo institucional. Entonces escribir modelos institucionales se hizo siempre; se marcan y facilitan ciertas prácticas y dificultan otras. Por supuesto que siempre se pueden vaciar, por eso es necesario reencontrarse con el sentido. Pero, ante las nuevas realidades, ¿cómo vamos a ayudar?  Tenemos aquí un desafío enorme, cómo vamos a cambiar, o crear una nueva gramática que intensifique ciertos comportamientos comunitarios e individuales, y obviamente dificulte otros.

Esto no es sólo un problema de las escuelas sino también de la formación docente. Y hasta es un problema de la política que también requiere cambios en ese sentido.

Un camino de alianzas

 Los cambios uno no los puede anticipar, pero si los puede animar. Y generar pequeñas alianzas que den pie a algunas transformaciones estructurales para permitir que algo nuevo suceda. Creo que estamos en ese momento.

 Y para vincularlo en algún sentido, utilizaría la palabra metanoia que implica para nosotros una conversión. Es doloroso, duele trabajar en comunidad. Duele no ser el dueño del aula, y ponerse en otro lugar, cuando uno es docente. No quiero ser dramático, pero uno se tiene que re constituir en un contexto nuevo y se exponen errores que quedan a la vista. Hoy aprendemos por nuestros alumnos que nos dicen lo que está mal y también lo que está bien, ellos nos ayudan a ver cosas que pensábamos que no se podían hacer. Y, obviamente, nos damos cuenta que todo requiere una nueva subjetividad.

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