Editoriales

Escuela de Misericordia

P. José Alvarez
Presidente del CONSUDEC

La Misericordia no nace después de un esfuerzo de la voluntad por ser buenos con los demás, sino de un corazón que fue tocado por el abrazo de Uno que miró nuestra pobreza, nuestra pequeñez, cuando nada merecíamos. Cuando éramos nada, Alguien nos miró de manera diferente del modo como nos miran y nos juzgan el resto de los hombres, aún nosotros no nos sabemos mirar y juzgar de esa manera.

Alguien nos madrugó con su amor, lleno de novedad, de ternura, de gratuidad. Cuando ya no podíamos con nosotros mismos, ese modo de ser mirados hace nacer en nosotros un ser diferente, nos llena de confianza, de plenitud y esperanza. Nace en nosotros una nueva oportunidad que nos invita a retomar la vida y no quedarnos en el barro de nuestras miserias.

Así hemos aprendido la Misericordia, así hemos aprendido esta antigua novedad que entró en el mundo indicando el rasgo más singular del hijo que es amado, un modo diferente de mirarse y de mirar a los otros. En el modo de colocarse frente a sus errores y los de los demás lo primero que surge en el hijo no es la defensa, el enojo por perder el invicto de la impecabilidad, de no ser como hubiese querido. Lo que surge es la ternura consciente de ser abrazado por un amor que prevalece sobre el mal. Transforma nuestra mirada mezquina por un ser libre lleno de plenitud.

Educar en la misericordia indica dejar entrar en nuestras escuelas esa mirada transformante, original, distintiva. Nace de un corazón que se pone en el corazón del otro, que sorprende dando primero. Que se duele con el dolor del otro, pero no se queda en el llanto, descubre el dolor como instrumento que conduce a una comunión de significados. La Misericordia lleva al crecimiento, a la madurez.

En la obra de Víctor Hugo, Los Miserables, se lee que su personaje principal Jean Valjaean, un ex convicto, busca refugio en la casa de un obispo que le da su hospitalidad. Durante la noche Jean le acierta un golpe en la cabeza al obispo y le roba la platería de su casa. Cuando la policía lo descubre en la calle con los objetos de plata del obispo, lo lleva a devolverle los utensilios valiosos. El obispo atiende a los policías y les dice que él se los había regalado y agrega dos candelabros más en la bolsa. Retirados los guardias Jean le pregunta la razón de su proceder, y el obispo responde: Porque con estos objetos compré tu alma.

Invito a la lectura motivadora de esta obra que no es más que un ejemplo de los tantos hombres y mujeres cambiados por la Misericordia hecha carne en el rostro de un amigo.

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