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Pasión por educar

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“No es evidente entrar a clase cada día y entregarse al aula. ¿Cuál es la nobleza de este oficio que además es vocación?” El profesor Francesc Torralba, filósofo español, formula esta pregunta para señalar que el debate sobre educación “tiene que ver más con su profundidad que con su actualidad”.  Y sostiene: “¿para qué educamos? ¿Cuál es el propósito que tenemos en el corazón?”

Francesc Torralba Roselló trata de esgrimir las razones que lo llevaron al ejercicio del magisterio universitario hace 25 años. Es un doctor en Filosofía, Pedagogía y Teología, que nos hace tomar distancia de las urgentes políticas educativas para indagar sobre la propia vocación. “¿Qué es lo esencial? ¿qué hacemos cuando decimos que educamos?” plantea al auditorio que lo escuchó intervenir en el foro de la Fundación Botín en Barcelona sobre “La educación que queremos”. Allí habló de su libro “Pasión por educar”. Un trabajo dedicado a los que entregan su vida en el aula; como invitación a abandonar “el desencanto que a veces se instala en el alma del maestro para volver a recuperar el entusiasmo”.

Dice Francesc Torralba que “un título, o la práctica educativa no convierten a alguien en docente… sólo se llega a serlo en la medida en que se cae en la cuenta de lo que está en juego”.

Para este filósofo, miembro de la Real Academia Europea de doctores “sólo podemos crecer como personas si nos entregamos, si practicamos el don. El ejercicio del magisterio es un modo de darse a otros, y por eso mismo, uno de los caminos de felicidad más digno del ser humano…”. Dice que “la plenitud que experimenta el maestro cuando da lo que es, se percibe cuando sus alumnos crecen, se desarrollan y amplían su visión del mundo y de la realidad. Esto es impagable… Es una compensación de tipo emocional y no por ello irrelevante”.

Los argumentos a favor de la tarea educativa del profesor Francesc Torralba llevan a la reflexión. En este artículo, analiza algunos desafíos “inquietantes” y las tensiones emergentes entre quien educa y quien es educado.

Procesos que plantean muchas preguntas

La digitalización de las comunidades educativas obliga al educador a cuestionarse si será remplazado o si su tarea debe cambiar sustantivamente o accidentalmente. Lo compromete a pensar ¿qué hacemos? ¿qué es dar una clase hoy, para que en esa aula pase algo, más allá de lo que ofrecen las redes? ¿Qué preguntas tenemos que formular a los chicos cuya respuesta no está en google?

Hay otro reto, el proceso de robotización, que afecta a gobiernos, empresas, y también ONGs llega a la escuela. Es una sustitución de roles tradicionales, por máquinas, lo que lleva al debate acerca de ¿qué es lo ineludiblemente humano en la tarea educativa? ¿Es imprescindible el contacto interpersonal? O podremos ser educados por robots…

Otra gran tensión es el conflicto de valores entre quien educa y quien es educado. En ocasiones se produce un choque entre lo que la institución quiere transmitir y los valores inherentes de un alumno que está en el aula. Es un fenómeno más complejo en sociedades plurales, desde el punto de vista étnico, religioso, o cultural. Y es un conflicto que ocurre también entre los mismos educandos por pertenecer a distintas comunidades. Y genera mucha tensión entre los maestros al plantearse qué valores en común tenemos que subrayar. En síntesis, el educador se encuentra desamparado.  Pasamos de la etapa en la cual lo que decía el maestro era “verbum Dei”, a la lógica de “entró alguien al aula, que tiene voluntad de educar…”.

La razón de “una pasión por educar”, es el fin.

Creo que esta reflexión es necesaria para entender el sentido de la acción educativa. Y cuando reflexiono sobre el sentido, me doy cuenta que es razonable que uno se apasione o que experimente plenitud vital cuando educa. El fin es muy noble, y nadie se apasiona con algo que no aporte nada a la sociedad. Lo que apasiona es el desafío. Es como una maestra en un aula con 25 alumnos provenientes de universos lingüísticos, religiosos y culturalmente distintos. Cierra la puerta y está sola durante nueve meses, pero tiene que alcanzar con ellos un horizonte de habilidades, conocimientos, competencias, y destrezas. Es difícil, no se trata de conseguir algo para ella, sino para que esas personas logren desarrollar capacidades latentes.

Voy a distinguir lo esencial en la práctica educativa, y lo esencial respecto a los fines.

Yo concibo la práctica educativa como un encuentro. Para mí es una categoría clave: no hay acción educativa si no hay encuentro. El encuentro puede tener entornos muy distintos. Esto no es irrelevante porque hay lugares que presentan muchas interferencias. Sin embargo, lo esencial es un encuentro entre dos figuras, educador y educando. Significa que tenemos que cuidar esta esfera. El primer sujeto de este encuentro es el educador. La pregunta es ¿quién puede ser considerado un educador? ¿A quién podemos nombrar así?, hay personas que no saben ni escribir su nombre, y educaron. Y hay otros que tienen infinitos doctorados, y nunca educaron. Por lo tanto, cuando decimos que el fin de mi existencia es ser educador, creo que debe haber dos condiciones; la primera es la voluntad de educar. Es decir, de donar eso que aprendí, a otros que lo ignoran. Por eso no puedo concebir la práctica educativa, sin la donación. Dar conocimientos, consejos o experiencias vitales. Un ser humano que nace, tiene la necesidad de que alguien le oriente la existencia: ¿qué es fundamental?, ¿qué no debes olvidar?, ¿dónde está el norte? que no puedes dejar de leer, y qué puedes prescindir de leer, aunque vivieras mil años.

Finalmente, para mí es clave recordar la nobleza del fin de educar. Naturalmente necesitamos el reconocimiento, aunque fuera simbólico, nutre la voluntad de educar. Hasta puede ser la gratitud de un exalumno después de veinte años. Ese encuentro inesperado, que te recuerda la tarea que hiciste cuando tenía 17. No aumenta tu masa salarial, pero activa, estimula.

El educando

Sin esta figura no hay encuentro educativo. Los alumnos nos educan, nos configuran y transforman, activan nuestra imaginación y también la paciencia. Somos formados por nuestros educandos. En mirada retrospectiva, lo que se es a los 50 años como educador se debe a los alumnos que uno tuvo. Ellos nos obligan a ser más atentos, simpáticos, receptivos, a precisar con más corrección lo que se desea transmitir, todo por ensayo y error. ¡Y como lo hacen! Ayudan a estimular habilidades que, a los 25 años, uno no tenía.

Cuando educamos presuponemos también que el educando tiene capacidades. Esto obliga a ser un gran observador, a estar atento a las singularidades. Para respetar la diversidad. Esta una obra de artesanía, que requiere capacidad de aclimatación: hay que recoger a los que tienen dificultades, pero ayudar también a aquellos con aptitudes extraordinarias que no podemos dilapidar.

Dos fines que justifican la pasión por educar

El primero es que educamos a personas integralmente, estamos trabajando en una obra de arte que no está terminada, dice Romano Guardini. Para esto también se necesita una comunidad de educadores, que tiene que ser corresponsable, si no, no hay acción educativa.

A veces pensamos que educar es simplemente adaptar al educando a esta sociedad. Esto para mi es renunciar a educar. Si no creamos sujetos con criterio, reproduciremos una sociedad que es un gran proyecto para el mal. Un ex alumno que se incorpora a la vida laboral y piense que no se pueden hacer las cosas de otra manera o distribuir la riqueza de un modo más justo, no ha sido educado. No necesitamos personas que “se adaptan”, sino aquellas que puedan introducir nuevas prácticas y mejorar la comunidad. El educador lo puede ayudar mientras crece, muy discretamente.

 FRANCESC TORRALBA ROSELLÓ, es autor de SM. Visitó nuestro país el año pasado para hablar en la Universidad Católica sobre “El poder de la inteligencia espiritual. Estrategias para su abordaje pedagógico”.

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