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Un modelo para armar

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“Aulas que quedan a una distancia considerable del adolescente de hoy”. Una reflexión de la profesora de Lengua y Literatura, María José Salas.

Aulas vacías. Vacías porque van perdiendo a sus habitantes en el pasaje de la primaria a la secundaria, y en el trayecto del ciclo común al orientado, pero también hay un vacío en la presencia que se manifiesta en la falta de diálogo, en la ausencia de tareas, las pruebas entregadas en blanco, la mirada perdida, la charla ininterrumpida con el compañero. Hay cientos de chicos que pueblan nuestras aulas y como están, es decir, como asisten a la escuela nadie habla de ellos. No entran en ninguna estadística: ni la de repitencia, ni la de deserción, pero hace rato que han abandonado la escuela, o, mejor dicho, hace tiempo que la escuela, los docentes y la política educativa los ha abandonado a ellos. Son los invisibilizados del aula, los que encarnan el vacío no como ausencia de algo físico, sino como la representación del sentimiento que se genera cuando algo se ha perdido.

El aula vacía de sentido no es más que la metáfora que expresa la ausencia de propósitos de la escuela secundaria. Esos chicos que asisten resignados todas las mañanas a la rutina de la clase; esa masa, muchas veces anónima para el docente, que se mueve al ritmo del timbre, que mira al pizarrón sin ver; que no hacen más que sufrir el tiempo escolar, sus reglas, sus requerimientos. Hay cientos de chicos que asisten a la escuela tensionados entre la inercia y la angustia; no entienden por qué están ahí, porque la escuela ya no es garantía de un futuro mejor y porque esa promesa es muy lejana e inverosímil para muchos.

¿Por qué esta ausencia de sentido nos interpela a todos? Según las últimas mediciones de las evaluaciones PISA, el ausentismo de los estudiantes argentinos es el más alto entre los 65 países participantes y, estos mismos chicos, se manifestaron como los menos felices a la hora de ir a la escuela. Es probable que las sucesivas crisis económicas que afectan a nuestro país desde hace años y la consecuente fragmentación social tengan mucho que ver con algunos de estos datos, sin embargo, el ausentismo, la falta de interés, la sensación de infelicidad, atraviesa a todas las aulas y no hace distinciones de ningún tipo.

El término “vacío” –como muchas palabras de nuestra lengua-  tiene múltiples acepciones. Analicemos, por ejemplo, el significado de vacío como una ausencia o carencia de algo. Si pensamos en la experiencia diaria del aula, podríamos decir que esta ausencia tiene que ver con el propósito de la secundaria. Dicho de otro modo, lo que no encuentran los adolescentes es la relación entre lo que hacen (o no hacen) y su futuro, porque, a pesar de las reformas, se mantiene una propuesta enciclopedista, muy centrada en los contenidos, que se presentan al alumno fragmentados en materias aisladas entre sí y con poco contacto con la realidad. Otro sentido de la palabra “vacío” es el que remite a la idea de “abismo”. En este significado podemos encontrar la idea del aula como un espacio alejado y remoto, un espacio que queda a una distancia considerable del adolescente de hoy. Hay un abismo entre la matriz escolar con su organización jerárquica, la separación por edades, la regulación arbitraria del tiempo y el espacio, por un lado, y la cultura adolescente por otro. Un adolescente que reclama su derecho a elegir y a decidir sobre su cuerpo y su vestimenta; que cuestiona las decisiones arbitrarias y la lógica escolar de “lo mismo para todos” cuando fuera de la escuela, la diversidad es lo que impera.

Si jugáramos a diseñar una secundaria nueva, un prototipo, podríamos pensarla en tres bloques para armar según las necesidades de nuestros alumnos, el contexto de la escuela, los criterios del docente. Pienso que un bloque debería ser el del HACER. Los adolescentes escuchan y miran, pero accionan poco en el aula. Necesitamos recuperar sus experiencias, ponerlos en situación de producir, indagar, comunicar con una finalidad real. Que puedan ver el impacto de sus acciones en situaciones de la vida cotidiana, que experimenten el poder del conocimiento como posibilidad de transformación. Además, en el hacer hay protagonismo y para que los chicos encuentren el sentido de estar en la escuela, deben sentir que ocupan un rol central.  Otro bloque de este prototipo podría ser el de PENSAR. Los chicos preguntan poco, o mejor dicho, los docentes hacemos preguntas que generan poca inquietud en nuestros estudiantes. Las clases deberían ser el espacio privilegiado para cuestionar la realidad y el conocimiento, el lugar indicado para hacer visibles aquellas preguntas que pongan al estudiante en la necesidad de revisar su manera de ver el mundo, romper con los estereotipos, cuestionar lo que asumimos como cierto. Los chicos están llenos de dudas y nosotros, desde la escuela insistimos con darles certezas. El mundo no es simple, necesitamos enseñarles a pensar en la complejidad. La última parte de esta secundaria para armar debería ser la del SENTIR. No podemos dejar de lado la dimensión emocional que tiene todo aprendizaje. La confianza entre el profesor y los estudiantes, el clima del aula, una convivencia respetuosa, el trabajo colaborativo, son dimensiones del sentir que necesitamos trabajar más que nunca. Las diferencias jerárquicas que existen entre un docente y un alumno ya no se sostienen desde la imposición, sino desde la construcción de un vínculo basado en el reconocimiento mutuo, el afecto y el respeto por la tarea que cada uno lleva adelante. Es la visibilidad del compromiso por la tarea lo que mantiene una relación armoniosa entre estas dos partes.

En el 62. Modelo para armar, Cortázar llevó adelante un experimento narrativo que produjo una de las novelas más originales y ambiciosas de la literatura hispanoamericana. Para volver a cargar de sentido el aula, reducir el abismo entre la secundaria y la realidad adolescente y hacer visibles a nuestros actores principales, los chicos, es probable que tengamos que iniciar cuanto antes un proceso de experimentación que nos lleve del aula vacía a diseñarla como un “pasaje de transformación personal”, un modelo para armar desde el amor y la creatividad.

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