Editoriales

Ser libre y feliz ¿es posible?

P. José Alvarez
Presidente del CONSUDEC

En el camino educativo cristiano, uno de los riesgos más grandes es la falta de seriedad con que se entiende cual es el problema de la vida del hombre, no digo no intentar dar una respuesta, sino, no entender la pregunta, y por tanto damos respuestas inadecuadas, a un problema que no hemos entendido.

En mi adolescencia recuerdo que uno de los motivos recurrentes en mis inquietudes era en torno a aprender a vivir. En las escuelas me enseñaban matemáticas, geografía, química, pero ¿quién enseñaba a vivir?, aún las clases de religión algunas un poco doctrinales otras preocupadas por inquietudes un poco más existenciales, como información sobre droga, alcohol, relaciones sexuales, no bastaban para agotar la respuesta al cómo aprender a vivir. Esto crea una sensación de insatisfacción y algo de frustración, una vida que camina y camina sin encontrar el sentido unificador de todo.

Creo que comparto con muchos seres humanos estas preguntas e inquietudes de mi juventud, también las comparto con los alumnos de nuestras escuelas. Con los años fui descubriendo que esta inquietud, que muchos pueden entender como un estorbo a la distracción de la vida, y a otros, un poco más sensibles, llevarlos a la ansiedad o depresión, es una bendición. Sí; una bendición porque tiene que ver con la conexión que tenemos con nuestros deseos más profundos, y que, en la medida que están vivos, despiertos, es oración verdadera. Es un grito del corazón del hombre dirigido hacia el Infinito reclamándole que nos manifieste un rostro de manera que vuelva verdadera e interesante las relaciones con la vida.

La misión de la escuela hoy tiene un gran desafío, en un primer momento tomarse en serio todas las manifestaciones de los alumnos que expresan este reclamo. A nosotros nos asusta, pero ellos buscan, arriesgan, y se comprometen muchas veces dándose contra un muro, reclamando que aquellas cosas que prometen satisfacción, la cumplan de verdad. No se trata de acallar los deseos, con pastillas, psicólogos, o terapias, se trata de mantener vivo y despierto esa búsqueda. No generar alumnos dormidos, sino vivaces.

Pero este compromiso con ellos, implica en nosotros, no tener miedo a mostrar frente a sus ojos la belleza de lo que sucede en una vida que se deja hacer por Otro. Y que se deja guiar a través de las mil vicisitudes de su dramaticidad; como ocasión de ser educados por alguien que está a nuestro lado y no nos abandona nunca.

Muchas veces los hombres nos hacemos una idea de felicidad, una imagen de satisfacción y plenitud de vida, que generalmente esta distante de lo que sucede en la realidad que nos toca vivir. Nuestras reacciones frente a esto son diversas, desde el enojo con la vida hasta la evasión, desde la hipocresía hasta la alienación, pero aquí surge el auténtico valor que tiene Cristo en el hombre hoy.

La felicidad del hombre no pasa por una vida tranquila, sino muchas veces vertiginosa. Es una gran aventura de relación entre tu inquietud y Otro que responde, no es construcción humana o realización nuestra, sino un diálogo de propuesta a nuestra libertad y respuesta. Podríamos llamarlo un dejar hacer, no con una pasividad resignada, sino con una curiosa libertad intrépida. La felicidad no es lo que yo imagino o intento crear con la voluntad, la felicidad tiene que ver con Otro que te piensa, te hace y te coloca en el mundo, no se olvida de Tí. Está ahí, en cada paso, para estar contigo y vivir juntos, una historia sin fin.

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