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¿Quién es ese Tú del cual dependo?

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Giuliana Contini

Licenciada en Letras por la Universidad del Sacro Cuore de Milán. Profesora de Literatura Italiana en Cerdeña, donde desarrolló contemporáneamente una intensa actividad educativa con los jóvenes del movimiento de Comunión y Liberación. profesora auxiliar en la Pontificia Universidad Católica de Chile. Dictó cursos de Literatura italiana y arte: “Dante, en su tiempo”, “El deseo de Absoluto en el arte y la literatura”, “Los hitos del Renacimiento Italiano”. Desde 2007 es Profesora en la Facultad de Ciencias de la Educación y Humanidades de la Universidad Católica Sedes Sapientiae de Lima (Perú). Allí es nombrada Decana, y se desempeña en el cargo hasta el 2016. En la actualidad dicta cursos de Antropología Religiosa.

La reflexión sobre el lema del Curso de Rectores, su provocación en la experiencia personal, y los interrogantes que plantea, captaron la atención del encuentro que tuvo lugar en Mendoza. La conferencia de la ex decana, Giuliana Contini, de la Universidad Católica Sedes Sapientiae de Perú, intenta traspasar “los datos amargos de un diagnóstico realista”, para educar en esta época.

 Tú eres un bien para mí” es un lema desafiante y provocador que no permite una identificación fácil ni obvia, ya que la experiencia personal y la memoria histórica, con sus dramas, parecen afirmar lo contrario.

Es cierto que, entre las cosas más preciadas de la vida, están algunos grandes “tú”, algunos encuentros, rostros que nos han marcado de forma indeleble, y no importa si se trata de rostros cercanos y familiares o de esos “grandes amigos” del pasado – descubiertos en la lectura, el arte- que a menudo sentimos más próximos y correspondientes, que aquellos que nos rodean.  De hecho, es gracias a ellos que nos hemos vueltos hombres… O, como dice Regine Pernoud, la apasionada historiadora de la Edad Media “Mi existencia ha sido plasmada por encuentros. Ciertas personas han sido luces en mi camino…

También, en mi experiencia, hay encuentros con hombres del pasado que son “luces en mi camino” –Dante, Leopardi, Miguel Ángel, Mozart, Camus, Dostoievski…- mis grandes amigos, de la familiaridad con los cuales han nacido ¡tantas de las intuiciones que trataré de comunicarles hoy! Y ha sido para compartirlos con los estudiantes, para que también ellos pudieran tenerlos como amigos, que he “inventado” mi mejor curso “Hitos del arte”:

Pensando en ellos, recordando ciertos docentes cuyo encuentro- como en mi caso- ha sido decisivo para la vida – ¿Qué permite, entonces- me pregunto- afirmar, sin ninguna restricción, que el otro, que “tú”- seas quien seas- eres un bien?

¿De dónde nace la posibilidad de un juicio parecido? Evidentemente de “algo” distinto de lo que provoca en mí una instintiva resistencia.

Entiendo así que, para no rechazar rotundamente esta afirmación, necesito hacer un trabajo, cuyo un primer paso es reconocer que lo esencial en la vida, lo esencial para existir, no nace de mí, lo he recibido, me ha sido dado.

Hay un “tú” en el origen de mi yo: el tú de mis padres, el Tú del Ser que me ha dado y me está dando la existencia, el tú de quien me ha comunicado la fe, sin la cual no entendería la vida.

No lo pensamos nunca seriamente, pero es la suprema evidencia: las cosas, las personas existen y no las hice yo – ¡me han sido dadas! – e, incluso, yo no me hice a mí mismo.

Ir al fondo en esta evidencia, implica el reconocimiento de una alteridad original, de un “Tú” que me precede y del cual dependo e impone a mi razón, si quiere ser leal, un método distinto a la hora de entender y juzgar la realidad.

El salmo 8: ¿Qué es el hombre?

 

Es, en mi experiencia, la pregunta más provocadora y la investigación más apasionante. Podría afirmar que es el objeto único del incesante movimiento del pensamiento y de la creación humana, en la filosofía y el arte. El Salmo 8° dice: “Al ver tu cielo, hechura de tus dedos / la luna y las estrella que pusiste, / ¿qué es el hombre para que te acuerdes de él, el hijo de Adán para que de él te cuides?” ¡Qué realista y completa es la visión que nos entrega el salmista!

Si lo comparamos a la inmensidad y maravilla de la creación ¿qué es el hombre sino un punto frágil y fugaz, casi una nada? Sin embargo, Dios lo ha constituido –único en toda la creación- capaz de comprender y plasmar la realidad que lo rodea.

¿Cómo, entonces, no admirar, en el hombre, la obra de Dios? El reconocimiento de su lugar único en la creación, no termina en una complacida autoafirmación, sino en la alabanza a Dios que lo ha elevado a tal altura… Por esto, su verdadera grandeza y el equilibrio último de su vida, residen en el libre reconocimiento de su dependencia del Creador.

Esta es la decisiva y dramática opción de cada uno, frente al misterio de su ser: el reconocimiento de su original dependencia o la afirmación de su autonomía. Algunos autores, como el emblemático viaje de Dante Alighieri – y de todo hombre- en la Divina Comedia, muestran este gesto supremo de la libertad que, en un relámpago, reconoce que Dios –el origen y destino de todo- es “Amor”. Es la suprema responsabilidad y privilegio único del hombre en toda la creación: ¡poder reconocer o rechazar a su Creador! Una opción que determina su verdadera estatura en el mundo y la utilidad de su actuar: ¡afirmarse a sí mismo hasta el infinito o reconocer al Infinito; proclamarse “centro y medida de la realidad” o, ¡amar y servir a la realidad!

El inmenso abanico con que se presenta lo “humano” a nuestra experiencia (desde el genio al bruto, o desde el santo al asesino) lo documentan ampliamente e, incluso, con dramática evidencia. Cuántas veces, frente a las atrocidades de la historia, o a las manipulaciones de todo tipo en nuestro tiempo, nos hemos visto obligado a preguntarnos: ¿pero “este” es un hombre?” “¿Qué es el hombre?”. ¿A qué mirar para responder?  Recordando ese “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza”, con que Dios selló su obra, al crear a Adán. Es decir, con algo “divino” en el corazón, signo imborrable de la relación con Él, el Creador.

Olvidar o rechazar esta verdad implica dejar al ser humano a la merced de las fuerzas del instinto y del poder; reconocerla –en cambio, en cualquier situación y circunstancia- significa entender y amar ¡el valor insustituible de la educación!

Esa auténtica pasión por el hombre: la educación.

El autor George Steiner en su libro “Lecciones de los maestros” señaló que “Enseñar con seriedad es poner las manos en lo que tiene de más vital un ser humano. Es buscar acceso a la carne viva a lo más íntimo de la integridad de un niño o de un adulto”

Educar, entonces, significa, en primer lugar, reconocer y afirmar el “bien” que es el otro, en sí; no por cómo actúa sino porque su naturaleza es relación con el infinito; amar ese corazón deseoso de felicidad, incluso si está escondido o alterado por las manipulaciones y las violencias del entorno. Trabajar para que reconozca su verdadera, suprema dignidad.

Será un encuentro lo que lo hará posible: un encuentro con alguien que, a través de todo lo que es y enseña, educa. Es decir, lanza y acompaña al otro en la gran aventura de conocer y amar la realidad.

¿Cómo no recordar, en este sentido, la entrañable imagen con que Albert Camus en “El primer hombre” recuerda a su maestro de básica?

En las clases del señor Bernard por lo menos, la escuela alimentaba en ellos un hambre más esencial todavía para el niño que para el hombre, que es el hambre de descubrir. En las otras clases les enseñaban sin duda muchas cosas, pero un poco como se ceba a un ganso. Les presentaba un alimento ya preparado rogándoles que tuvieran a bien tragarlo. En las clases del señor Bernard sentían por primera vez que existían y que eran objeto de la más alta consideración: se los juzgaba dignos de descubrir el mundo”.

 Un simple encuentro para que todo sea distinto.

 

Es la ardua y la fascinante tarea del educador: introducir en la realidad hasta su significado, se trate de investigar las leyes del cosmos o de ese cosmos insondable que es el corazón del hombre. Tanto en los momentos de algunos grandes descubrimientos, como en la cotidiana y rutinaria fatiga del aprendizaje.

Un encuentro que:

– se dirige al corazón de cada uno para despertar las nunca suprimibles exigencias de verdad, justicia y belleza.

– educa a una reflexión crítica que libera de la homologación cultural y de la esclavitud de las ideas dominantes.

– sostiene la libertad en el constante y necesario trabajo de verificación para reconocer y abrazar lo que corresponde a las auténticas exigencias del corazón.

¡Qué cierto y provocador, el reclamo del escritor y cineasta, Pier Paolo Pasolini – suena a reproche frente a la inercia o al descuido de tantos educadores- cuando increpa a Calvino, uno de sus amigos intelectuales de izquierda, por no haber intentado acercarse a los jóvenes fascistas! Dice: “Finalmente, querido Calvino, quisiera hacerte notar algo […] desear no encontrar nunca jóvenes fascistas es una blasfemia, porque, al contrario, nosotros tendríamos que esmerarnos para identificarlos y encontrarlos, ellos no son los fatales predestinados representantes del Mal: no nacieron para ser fascistas… y quizás habría sido suficiente una sola pequeña experiencia distinta en su vida, un solo simple encuentro para que su destino sea distinto”.

Personalmente reconozco que el bien de mi vida, ha sido haber tenido uno de estos encuentros, gracias al cual, las intensas, pero “confusas” ansias de mi juventud se vieron aclaradas y ayudadas a reconocer, en Cristo, la respuesta a las preguntas más acuciantes de mi inteligencia y de mi corazón, por lo tanto, la suprema correspondencia.

No hay duda que, sin esta innegable evidencia, habría pasado de continuo del generoso ímpetu ideal a la amarga desilusión, sin poder evitar quizás ese cinismo que siempre está al acecho en la edad madura.

Por eso, no puedo sino afirmar: “Tú, oh Cristo, eres el bien para mí”. Acompañada por ti penetro más consciente y afectivamente en el gran misterio del otro y de la vida.

Tú has hecho posible que me abriera positivamente a lo que existe y abrazara lo que, naturalmente, sentiría como extraño y, a menudo, enemigo. Solo reconocerte me permite afirmar que todo lo que existe, en cuanto viene de Ti es un bien, “un bien para mí”: una ocasión que, atravesando las inevitables dificultades y contradicciones, colabora al bien y la felicidad de los hombres.

  1. Pasternak, El salvaconducto, Galaxia Gutemberg, 2000.

ii R. Pernoud, Testimoni della luce, Gribaudi, 1999

iii G. Parravicini, Maria Judina, più della música, La casa di Matriana, 1988.

iv G. Leopardi, El pensamiento infinito, Atuel 1999

v Gh. Peguy, Los tres misterios, Ed. Encuentro, 2008

vi G. Leopardi, Canto nocturno de un pastor errante en Asia, Los cantos, Ed. 29, 1996

vii P. della Mirandola, citado en A. Finkielkraut, Nosotros los modernos, Ed. Encuentro 2006.

viii Dante Alighieri, La Divina comedia, Asociación Dante Alighieri, 2003.

ix G. Steiner, Lecciones de los maestros, Ciruela 2004.

x A. Camus, El primer hombre, Fábula, 2003.

xi P. P. Pasolini, en Pasolini e il corriere; Corriere della será 1876-1976, 1986.

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