«La educación es cosa del corazón». Con esta cita de San Juan Bosco, el Arzobispo de Córdoba, Cardenal Ángel Rossi, abrió el Encuentro Nacional de Coordinadores de Pastoral Educativa que coincidió con la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús y del Inmaculado Corazón de María. Desde el auditorio de la Universidad Católica Argentina les habló a docentes y catequistas de todas las provincias y les dijo: “es el momento de pasar del desánimo al fervor” y convertirse en aquellos educadores que todos anhelan “seguir”, como catequistas y pastoralistas “gozosos y apasionados.”
El Cardenal Ángel Rossi, vicepresidente 1° de la Conferencia Episcopal Argentina, fue el primer invitado al encuentro Nacional de Coordinadores de Pastoral Educativa convocado por el Consudec. Gracias a su apoyo y predicación en tantas diócesis, en la radio, y para tantas familias religiosas “todos caminamos algún tiempo, creciendo en la vida interior, en la experiencia de donación, en el contacto con la Palabra de Dios”, destacó monseñor Jorge González, presidente de la Comisión de Educación del Episcopado al anunciar esta intervención. Compartimos una síntesis de las palabras del Cardenal Rossi:
San Juan Bosco decía: la educación es cosa del corazón. Uno puede valerse de mil medios que hacen a la excelencia, pero la excelencia —aunque algunos se enojen— nunca ha sido la finalidad de la educación cristiana.
Hoy la guerra que estamos sufriendo está dirigida por gente que recibió una educación “de excelencia”. La excelencia en sí misma no tiene dignidad, depende de para que la uses. Por lo tanto, si alguna vez en una universidad nuestra vemos el cartel “educamos para la excelencia” es grave. Nadie educa para eso.
En todo caso, educamos en excelencia. Es un medio, no un fin. Educamos en excelencia para el servicio, hombre y mujer para los demás.
No son tiempos fáciles (no hace falta explicarlo) y muchas veces al docente y a los pastoralistas nos invade el desaliento. Nos lamentamos, parecería que no comprendemos nada, estamos cansados, y expresamos aquella frase “ya no hay nada que hacer…” Entonces, aunque el lenguaje siga siendo respetuoso, el tono se vuelve derrotista y no nos podemos permitir eso. Esta es la opción más fácil y también la más engañosa porque puede convivir con una notable rectitud moral personal y también con una incapacidad intelectual. Bloqueados e impotentes frente a los obstáculos insuperables del mundo de hoy (violencia, sociedad permisiva, televisión, ambiente negativo, carencia de ideales) muchos viven con una fuerte sensación de impotencia y hasta de inutilidad que se manifiesta en una carga grande de agobio, de desazón y desconsuelo.
La opción es la de crear una isla cultural y social. Ante situaciones que nos desbordan, uno hace su vida prescindiendo de lo que ocurre y considerándolo necesario para defenderse personal e institucionalmente. Así se corre el peligro de convertirse en gueto o en una secta, un lugar donde uno se encuentra a gusto con unos pocos, con los nuestros ¿y los demás?
Ojalá que se dé nuestro coraje para no dejarse hipnotizar por el desbarajuste cultural y social, y apelar en cambio a los puntos fundamentales de referencia: a la fe, a la familia, la dignidad del trabajo, la amistad, en fin, valores nuestros.
Si tuviéramos que decir cuál es el desafío para nosotros, es el momento de pasar del desánimo al fervor. Como lo afirmo en distintos ámbitos y a mí mismo, al escuchar a San Pablo cuando le dice a Timoteo: “Querido Timoteo, revive el don que te ha sido dado y no te avergüences del Evangelio…” En la segunda carta a Timoteo, Pablo está preso, se ve un Pablo maduro que ya está de vuelta de todo. Timoteo lo ha reemplazado en su diócesis y anda desinflado. Entonces Pablo escribe dos cartas de consolación muy lindas. Lo primero que hace es expresarle cariño “hijo mío” lo llama… ¿Qué le habría pasado a Timoteo? Posiblemente estaba sufriendo la soledad, se había quedado sin Pablo, y habría problemas en la parroquia, vaya novedad. Segundo, se siente inadecuado para la misión, es demasiado joven, y el mismo Pablo le dice “no te tengas a poco por tu juventud”. Este límite a Timoteo lo hacía sufrir, incluso llorar. Cada uno sabrá cuál es su límite, aquello que nos hace sentir inapropiados para la misión. Para alguno puede ser la juventud “acumulada”, la timidez, un límite psicológico, o físico. Entonces es importante ponerle nombre, y entender que a lo mejor los alumnos no lo sufren. (Como a nadie le molestó que Timoteo sea joven. El pueblo no lo sufre, pero él sí lo sufre interiormente…)
Como consecuencia de estas situaciones Timoteo ha dejado de rezar. Pablo se lo dice clarito en la Sagrada Escritura. En la desolación, Timoteo deja de unirse al Señor, y para decirlo mejor utilizo un verbo que se lo robo a los que entienden de Biblia y de griego, y es: αναπηρία. ( “ana” significa “arriba”, resurrección, ponerse de pie), Y San Pablo dice: “Inspiro fuego, querido Timoteo, saca el fuego que está abajo de la ceniza, no está apagado…” Corre la ceniza de cansancio, de la frustración, del bajo sueldo, de la rectora que te ladra, del alumno que no te entiende…
Por lo tanto, este es el desafío, y quizás sea el momento de animarnos a decir: ¿dónde está la esperanza, la alegría, o el fuego con que comenzaste a ser docente? ¿Dónde está ese primer amor que te brindó la utopía loca del comienzo? Y por supuesto el tiempo después te va haciendo madurar a través de ciertos desencantos, frustraciones.
El desafío es, justamente, que no podemos consentir el desencanto si queremos ser cristianos. Experimentarlo es inevitable, pero consentirlo es evitable, depende de mí. Consentirlo significa que se instala en el corazón y empiezas a vivir del desencanto. Y entonces el desencanto se hace mensaje, se hace homilía, ¿no te digo? se hace clase, se hace consejo en el confesionario, consejo de maestra, de catequista, por algún lado sale y empezamos a hacer daño.
Educadores a seguir
El joven tiene necesidad de modelos educativos y espirituales. Y para los que están a cargo de la pastoral esto es esencial. Los jóvenes necesitan formadores cercanos que comprendan lo que están viviendo. Hoy son muy pocos los docentes que sueñan con el futuro y se animan a darles algo más que su materia.
Martín Descalzo (sacerdote español) decía: “Nos asombramos de que en la juventud de los chicos se enseñe de todo menos lo esencial. ¿Y qué es lo esencial? El arte de ser feliz, la asignatura del amarse y respetarse los unos a los otros, la cadena de asumir el dolor y no tenerle miedo a la muerte, la milagrosa ciencia y conseguir una vida llena de vida”. Descalzo repetía también “¡Qué maravilla aquellos poquísimos docentes y catequistas que además de su materia, de las cuales me olvidé el noventa por ciento de lo que aprendí, me hablaron también de sus vidas, de sus esperanzas, de lo que a ellos les había enseñado el tiempo y el dolor! ¡Qué maravilla aquellos maestros que abrieron ante el niño o el joven que yo era, no sólo sus libros, sino también sus almas! Pero en realidad eran rarísimas excepciones. En general nunca supe nada de mis catequistas, de mis profesores. ¿Quiénes eran? ¿Cómo eran? ¿Cuáles eran sus ilusiones, sus fracasos, sus esperanzas? Posiblemente aquello hubiera sido una pérdida de tiempo…”
Hay en nuestros jóvenes una inmensa nostalgia de tierra firme. Y sabemos que si no la encuentran en nosotros salen a mendigarla en otro lado. Si encuentran un buen amigo, se salvan. Si no, empiezan a buscar falsos refugios sustitutivos o el amigote alienante de la bebida, de la droga, del sexo loco. Porque la necesidad de horizontes de referencia seguro es algo que el ser humano lleva en sus entrañas, por lo tanto, bien o mal, nunca va a dejar de buscarlo.
Hay en nuestros jóvenes una inmensa nostalgia de tierra firme. Y sabemos que si no la encuentran en nosotros salen a mendigarla en otro lado.
Educamos cuidando fragilidades y viceversa. Dios pone en nuestras manos fragilidades que son los corazones de nuestros chicos y paradójicamente, esa es nuestra fortaleza. Así lo definía Francisco Luis Bernárdez, laico, el mejor poeta religioso argentino del siglo pasado, al escribir sobre la maternidad o la paternidad: “Es escuchar los lejanos corazones, es adivinar los gemidos de los que sufren, es cuidar que ninguna queja se me oculte y que ninguna lágrima se me esconda”. ¡Qué definición de lo que podría ser para nosotros nuestra tarea docente de catequesis y de pastoral frente a los jóvenes! Y hasta uno puede ponerle signos de pregunta y hacer un examen. ¿Escucho los lejanos corazones? o sólo escucho los corazones de las ovejitas que me andan cerca. ¿Adivino los gemidos de los que sufren en mis aulas?, entre los compañeros míos de trabajo… ¿Cuido que ninguna queja se me oculte y que ninguna lágrima se me esconda? En fin, cuidamos fragilidades, por lo tanto, ayudarlos es mirarlos, es conocerlos y que nos conozcan, sobre todo, quererlos hasta dar la vida.
“Mirarlos” decía José María Toro, maestro de tercer grado. Él escribió: “Cuando vemos luz detrás de una ventana, sospechamos que hay alguien adentro… ¿no? Por eso cuando unos ojos se opacan, cuando pierden su brillo y la mirada se muestra apagada, nos percatamos que esa persona es como una casa vacía. Pocas cosas me resultan tan sobrecogedoras como los ojos apagados de un niño o de un joven, porque me indica que salió de sí mismo, vive exiliado de su propia alma y anda errante y perdido en medio del mundo. Un maestro debe aprender a mirar la mirada de los niños y de los jóvenes y debe dejarse mirar por ellas…”
Esto es lo que la inteligencia artificial no puede hacer. Mirar los ojos es una urgencia pedagógica, es un impresionante reto vital. Devolver el brillo, la luz y la belleza a los ojos apagados de los niños y de los jóvenes es una competencia básica, es un contenido curricular y una eficiente herramienta metodológica. Iluminar los ojos de los niños y de los jóvenes es devolverlos a casa, a su casa, a su corazón.
Por lo tanto, este es el desafío de educadores para seguir. Es esencial que haya educadores, catequistas, pastoralistas gozosos y apasionados. El pesimismo es un cáncer de alma. Muchos docentes, catequistas, curas, educadores son verdaderos vendedores de pesimismo. Transmitimos un futuro sombrío, donde todo es difícil y peligroso.
San Agustín les decía a los jóvenes (estoy hablando de hace 1500 años) que no se dejen cortar las alas por los adultos. Y Martín Descalzo, 1500 años después, agrega: “Ni se las saquen ustedes mismos y las cuelguen en el perchero de la mediocridad…”
Estamos ante el desafío de preparar a los alumnos a no tener miedo a la vida. El educador es gozoso. En la medida que viva su docencia como misión, como anuncio evangélico, no sólo tiene que tener optimismo, sino ser un apasionado por lo que hace.
La espina de una pasión
Antonio Machado decía que llevaba en el corazón la espina de una pasión. No hay por qué pensar que hay pasión mala. Y escribió: “Llevaba en el corazón la espina de una pasión/ Logré arrancármela un día/ Ya no siento el corazón/ Bendita espina dorada/ ¿quién te pudiera llevar en el corazón clavada? Y agregó: “un corazón solitario, o sea, un corazón no gozoso y no apasionado no es un corazón”.
Algo así deberíamos experimentar nosotros como educadores, catequistas o pastoralistas. Y reconocer si hemos perdido el fuego de la pasión en la docencia. Porque cuando se pierde la pasión de educar, nuestra palabra se convierte en una simple distribución de conceptos y deja de ser anuncio, deja de ser enseñanza, por lo tanto, deja de ser evangelización y buena noticia. “Daremos ciencia, pero no sabiduría, decía Saint Exupery, llenaremos sus cabezas de conceptos vacíos, pero les negaremos a sus corazones imágenes portadoras de estructuras. Los atiborraremos de conocimientos inútiles, pero no forjaremos en ellos un modo de proceder. El educador es quien comunica esa pasión o no, el que abre esos espacios o no”.
Augusto Cury, docente brasileño afirmó: Un buen maestro busca a los alumnos. Un maestro fascinante es buscado por ellos. Un buen maestro es admirado. Un maestro fascinante es amado. Y en esto, es clave el gozo. El gozo es esencial al anuncio.
Es parte esencial del mensaje. No es un plus. Yo tengo la obligación de la alegría. Nos cuesta la alegría. Desconfiamos del gozo. Se los digo a todos, pero me lo digo a mí mismo. Cuando andamos bien nos sentimos raros. Nos preguntamos ¿de qué no me estaré dando cuenta? , otros, en cambio, dicen, ¿Qué se vendrá? Y no falta el papá, el cura o el director espiritual que encima nos diga ¿Qué te estará preparando Dios? ¿Qué sabe él qué te está preparando Dios? ¿qué te metés? Y si le está preparando más alegría, igual ya está abortando el gozo.
Este es el drama más diabólico. A veces llegamos a expresar que es más fiel el cristiano cuando sufre, que cuando goza. ¿Quién te dijo eso? Si el cristianismo es seguir a un resucitado. ¿Y por qué? Porque Jesús es resucitado.
Educamos para el servicio
Los nuevos educadores son para el servicio, y aunque parezca obvio, tenemos que recordar que la solidaridad es el fin de la educación y de nuestra formación.
Una educación que es seducida, obnubilada por la eficiencia, cuando se le da la dimensión de fin y no de medio, ha sacrificado la formación del corazón, sufriéndolo con una especie de training muy exigente, necesario para hacer frente a una carrera de competencia zoológica. Entonces se educa al alumno o al hijo para el éxito, para que un día ocupe un primer puesto, para que tenga más, para que sea más grande que nosotros, y así tenemos un inmenso rebaño tirado al borde del camino y un reajuste mínimo de monstruitos educadísimos. ¿Cómo juzgamos a los alumnos o a los hijos? ¿Cuál es el criterio?
Por eso es necesario animarnos a reparar las intemperies. Esto es lo propio de uno y quizás una de las experiencias humanas que más huella deja en el alma, la experiencia de la intemperie.
Probablemente no hay palabra que resuene mejor en el sufrimiento de nuestro tiempo y de nuestros alumnos, de nuestros chicos, que el concepto “sin hogar”. El chiquito que sale y no tiene donde volver espiritualmente, ¿no? Esto revela una de las condiciones más penosas y profundas la de no tener sentido de pertenencia. Un sitio donde sentirse seguro, cuidado, protegido y amado personalmente. A veces con un poquito, ¿cuánto se puede hacer? (…)


