Este mes de junio estuvo signado especialmente por el Encuentro Nacional de Coordinadores de Pastoral Educativa llevado a cabo los días 12 y 13 de junio en la Ciudad de Buenos Aires bajo el lema “Custodios del Corazón”.
Más de 350 coordinadores de pastoral, catequistas, docentes y directivos de todas las regiones del país se dieron cita para compartir sus experiencias y discernir juntos como responder mejor a nuestra misión de evangelizar en el ámbito escolar.
En este número estaremos compartiendo algunas de las resonancias, pero lo más importante fue la oportunidad de encontrarnos, de compartir, de conocernos y reconocernos y ayudarnos en el camino.
Al inicio de la primera jornada, el Cardenal José Tolentino de Mendonça, prefecto del Dicasterio para la Cultura y la Educación, nos animaba a profundizar en una educación que va más allá de las actualizaciones técnicas, custodiando “un corazón que escucha, una mirada que anima, una inteligencia que discierne”.
Posteriormente, el Cardenal Ángel Rossi ponía de relieve la concordancia del encuentro con las festividades del Sagrado Corazón de Jesús y del Corazón de María y recordaba a San Juan Bosco al expresar que la “Educación es cosa del corazón” animando a los presentes a ser “educadores gozosos”, porque “el gozo es esencial al anuncio”.
Tanto los demás disertantes como la multiplicidad de talleristas (30 en total) que nos acompañaron durante estos dos días visibilizaron la diversidad de la pastoral en nuestros colegios y al mismo tiempo nos ayudaron a reflexionar sobre nuestras propias prácticas.
Para todos nosotros el encuentro fue un momento de gracia que el Señor nos regaló, un encuentro con Dios y con nuestros hermanos, recargamos fuerzas y de alguna manera “volvimos a Galilea” como nos invitaba el Papa Francisco: “… a ese punto incandescente en que la gracia de Dios me tocó al comienzo del camino. Con esta chispa puedo encender el fuego para el hoy, para cada día, y llevar calor y luz a mis hermanos y hermanas. Con esta chispa se enciende una alegría humilde, una alegría que no ofende el dolor y la desesperación, una alegría buena y serena. En la vida del cristiano, después del bautismo, hay también otra «Galilea», una «Galilea» más existencial: la experiencia del encuentro personal con Jesucristo, que me ha llamado a seguirlo y participar en su misión. En este sentido, volver a Galilea significa custodiar en el corazón la memoria viva de esta llamada, cuando Jesús pasó por mi camino, me miró con misericordia, me pidió seguirlo; volver a Galilea significa recuperar la memoria de aquel momento en el que sus ojos se cruzaron con los míos, el momento en que me hizo sentir que me amaba” (Vigilia Pascual 2014)