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Adolescencia: la serie que revolucionó el mundo educativo

El mundo de los estudiantes de la secundaria y su realidad marcada por una constante exposición a las redes sociales motivó esta reflexión del psicopedagogo Alejandro Castro Santander quien recordó el impactante mensaje que dejó la serie “Adolescencia”  transmitida desde la plataforma Netflix a principios de este año. 

He visto la serie junto con mi esposa que es psicóloga y le prestamos muchísima atención por su enfoque que es provocador e invita a la reflexión. Sobre todo, nos plantea la pregunta ¿qué estamos haciendo con los niños y con los adolescentes?  Porque también los desencuentros que tenemos como sociedad impactan en los chicos y abarcan a los dos ámbitos educativos por excelencia: la familia y la escuela.

Desde esta perspectiva, es importante cuestionarnos cómo estamos abordando actualmente el tratamiento de las redes sociales, así como la necesidad de enfatizar aquellos vínculos que los adultos a menudo pasan por alto, ya que pertenecen al ámbito de los más jóvenes. El objetivo es identificar los tipos de aislamiento y las nuevas formas de soledad que están experimentando.

Una decisión que tomó a principios de este año Gran Bretaña fue la de obligar a los colegios a ver la serie “Adolescencia” y también a debatirla. Pero en este caso plantearía una pregunta y es si los adultos estamos preparados para sostener esta conversación con los adolescentes. 

Inglaterra es un país que hoy reconoce un déficit del 75 por ciento en el tratamiento de la salud mental de los jóvenes. Es una cifra muy alta, los chicos no son tratados adecuadamente y esto equivale a pensar como si se los hubiese abandonado. En Latinoamérica tenemos que revisar si estamos a la altura y enfocados —como educadores— para dar una respuesta idónea a todos los temas relacionados con la salud mental. 

Este producto de Netflix nos está recordando algunos temas que venimos tratando de manera reactiva hace mucho tiempo. Después lo olvidamos y cuando vuelve a aparecer un caso extraordinario como el de la serie volvemos a reaccionar. Tampoco es que hayamos dejado de lado la cuestión de los chicos y el uso de los dispositivos, pero nos ocupamos poco y va mutando. Esto se debe a que los medios digitales incorporan de la cultura todo aquello que les resulta accesible.

Los años pasados también hablamos de las adicciones a partir de internet, pero este elemento que aparece en la serie como “la manósfera”, o “la subcultura incel”, tiene que ver con grupos muy violentos, que se van sumando al mal manejo de internet y a una cultura de desencuentro que no se trabaja bien. 

Una escuela que se prepara

En el ejemplo del colegio inglés en donde se desarrolla la serie Adolescencia vemos mensajes sobre la paz en las paredes. Podemos interpretarlo como un recurso de la producción que muestra una realidad aumentada. En un momento el policía que encabeza la investigación dice: “pero ¿quién aprende aquí?”  porque en ese ecosistema el nivel de indisciplina, la falta de respeto o desautorizaciones, tocan muchísimos puntos. También se vio en la filmación que el niño de 13 años llamado Jamie no es un psicópata, sino un pequeño que se ve frustrado y que sumó frustraciones desde el ámbito familiar, una familia que actuaba en soledad y donde el protagonista llegaba a su casa y se encerraba en la habitación.

Esta puesta en escena llama a la reflexión. Ver qué más necesitamos para formarnos como instituciones educativas. 

Es importante que no nos deje distraídos todo esto. Porque hoy realmente sería casi una irresponsabilidad no saber que esta vida concreta, de cara a cara con otros, está acompañada también por una vida virtual. La virtualidad ha crecido muchísimo. Nos capacitamos y estudiamos carreras enteras… Pero además hay una vida que los chicos manejan mucho y que son encuentros que nacen permanentemente en la virtualidad y no siempre entre conocidos. Ellos acceden a las redes con otros jóvenes que piensan igual o distinto; en el caso de la serie la cultura incel ha intoxicado a este protagonista. 

Hoy sería una irresponsabilidad no estar atentos. Lo que no quiere decir desconfiar. Es una circunstancia que guarda relación con lo que les decíamos hace muchísimos años a los hijos cuando le negábamos una salida a determinado horario, no porque desconfiáramos de él, sino del entorno, o el contexto en que se mueve. Esto es igual.

Recuerdo que hace unos años escribí un libro “Conflictos en la escuela en la era digital”; hoy aparece como un texto muy lejano. ¡Hasta dónde hemos llegado!, porque veo que he sido ingenuo en algunos temas, y viene a mi memoria cómo explicaba la potencialidad de los celulares y su uso en la educación.  Considero que hasta el momento los adultos hemos estado lejos, acompañando muy poco, y llegamos tarde haciendo lo que debemos hacer. 

Sin embargo, en el futuro este trabajo lo tenemos que lograr en equipo. Hay un proverbio que dice: para educar un niño hace falta una tribu. Yo le agrego lo que decía el filósofo y pedagogo José Antonio Marina: “Sí —afirmó— para educar un niño hace falta toda una tribu, pero tiene que ser una buena tribu”. Es decir, tenemos que estar preparados para este acompañamiento y hacerlo de manera idónea. No basta la buena voluntad.

Es un trabajo de la familia y la escuela. Luego podemos sumar al Estado que tiene recursos para todo lo educativo en general, no solo para apoyar lengua o matemática sino para acompañar también la cuestión afectiva. Un trabajo conjunto tiene que ver con seguridad y salud mental. No fue solamente la pandemia la que agravó las cosas. Venimos con déficit en preocuparse de la salud, dicho de otra manera, a nivel social. Porque la nuestra es una sociedad tan compleja que está enfermando a los más chicos, que son los más débiles por su inexperiencia y por sus momentos de desarrollo. 

Abogo por una política integral donde los dos ámbitos que hay que cuidar y proteger son la familia y escuela; tratando de recuperar el pacto socio educativo o socio formativo que tiende a romper este vínculo. Es un desencuentro fatal, una de las peores pérdidas que puede tener una sociedad.

Desde lo institucional, dentro de la escuela y del proyecto educativo tiene que haber espacios muy concretos, no tímidos. A veces, las instituciones educativas no logran la asistencia que se espera para las capacitaciones. Por eso hay que realizar un trabajo conjunto de escuela y familia como la formación de padres con estrategias para no ahuyentarlos, sino para que se   involucren. Cada institución conoce sus fortalezas y debilidades, tiene que haber espacios concretos. Porque los chicos quieren hablar, pero hablan entre ellos, y a veces no funciona. Hay que plantear un proyecto nacional que baje a las provincias, para que entre todos lo podamos analizar, pensarlo con la gente de cada zona y ver cómo dar una respuesta. Es el momento de tomar a los alumnos en serio. Y para que su formación sea para la vida. Es fundamental. 

Hemos descuidado a los chicos, y amado poco. La pregunta es si estamos conscientes de lo que están sufriendo los chicos. Y ellos no se comunican, no lo comunican a los docentes, y tampoco a los padres. El retrato es duro, pero necesario. Busquemos cómo transitar este camino.

 

FUENTE: Alejandro Castro Santander es especialista en Gestión de la Convivencia Escolar y Social. Psicopedagogo por la UCA – Mendoza. Síntesis de una intervención para R. María.

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