El psicólogo y destacado educador Rodolfo Escobar aborda el desafío de “estar disponibles para la escucha” desde los primeros tiempos del Pacto Educativo Global que lanzó el Papa Francisco. En esta oportunidad nos acerca a las “tres funciones” que pueden animar el camino de una nueva etapa.
En nuestros días experimentamos que falta la escucha. Y las razones muy probablemente no tengan que ver con dificultades auditivas, o el ruido ambiente. Quizás la experiencia de la escucha no esté alterada en relación a los sentidos, sino más bien en cuanto a la disponibilidad para escuchar.
Ya en otras ocasiones hemos reflexionado sobre algunos caminos para acercar la escucha a las voces de los y las jóvenes que caminan por nuestras escuelas, y en esta oportunidad queremos profundizar en la disposición que nos anima a seguir la invitación del Papa Francisco en el Pacto Educativo Global: “escuchar a las nuevas generaciones”.
Pensando en esta necesidad de estar disponibles para la escucha, ensayaremos tres funciones: escuchar con los brazos, escuchar con la mirada y escuchar con el corazón.
Escuchar con los brazos
Toda escucha supone un acto de receptividad, de entrada (input en la teoría cognitiva) en la persona de quien oye, de quien presta atención a lo que oye.
Sin embargo, la escucha requiere además de un tiempo de silencio por parte de quien escucha; de una profunda hospitalidad que sea capaz de acoger lo que cada persona trae. Por eso decimos que el primer nivel de la escucha es una escucha que se hace con los brazos. Brazos abiertos, grandes, cálidos, tiernos, que no juzgan y que saben esperar. Escuchar desde la hospitalidad supone vaciarse de sí para hacer lugar al universo que trae cada estudiante, ofreciendo un espacio de descanso y cuidado. Tiempo de silenciar juicios y prejuicios por parte de quien escucha.
Escuchar con los brazos supone ofrecer la experiencia a cada estudiante de poder decir sin sentirse juzgado, porque lo que importa es su persona, su vida. La escucha con los brazos es capaz de traducir el grito y las transgresiones de chicos y chicas en pedidos de ayuda, de sentido y de cuidado.
En esta escucha con los brazos recibimos historias de abandono, de desencuentros, sueños que se ven desafiados por el contexto y la cultura, y sobre todo pedidos de ayuda. Al traducir estas experiencias en palabras, recuerdo la expresión de un estudiante que me decía: “Ahora estoy bien profe, pero la vez anterior que me escuchaste estaba en la “B”. Estas palabras recordaban momentos de crisis en los que esta persona no podía, no sabía, o no encontraba un lugar donde se recibiera su vivencia de crisis y de profunda angustia. Recuerdo como una de las experiencias más gratificantes de estos años de trabajar con estudiantes, la mirada de esa tarde, cómo aquella persona levantaba el rostro antes caído y recuperaba una mirada dignificada, validada, serena, después de haber sido escuchada con los brazos. Sin juicios, sin interrogatorios, sin discursos enlatados, ni bajadas de línea. Solamente la presencia disponible de la escucha, de estar “ahí y entonces”, para acoger las palabras, la historia y la vida que se hace presente. Escuchar con los brazos es un ejercicio de la paciencia que es capaz de una espera sabia para dejar que el silencio hable.
En estos ejercicios de escucha, muchas veces —y se repite a lo largo de los años— vamos escuchando también en los chicos y chicas a la voz de la cultura. En ocasiones podemos encontrar como dos niveles de lo dicho: la voz existencial de la persona que decide, que ama, que sufre; y en otro nivel lo hablado desde la cultura, y es entonces cuando podemos escuchar con la mirada.
Escuchar con la mirada
Escuchar con la mirada trasciende la mera mención al órgano. Nos referimos a la escucha que luego de abrazar la existencia y las circunstancias del decir de la persona, es capaz de reconocer lo singular de lo cultural o lo aprendido en lo dicho. En el patio de una escuela un estudiante se expuso a hacer el ridículo a cambio del dinero que le ofrecían unos compañeros, después de esto se escuchó “por plata cualquier cosa”. Esta y otras expresiones que van habitando la escuela nos permiten escuchar lo dicho desde la cultura y subculturas que hablan en nuestros chicos y chicas. ¿Son estas palabras elegidas o conscientes en las voces de nuestros chicos y chicas? ¿Hasta dónde adhieren a lo que dicen? Nuestra escucha desde la mirada es capaz de identificar a la persona, su dignidad, su valor, más allá de la cultura de la que participa. Ya llegará el momento de animar una mirada crítica sobre esto que dicen o repiten, la mayoría de las veces sin conciencia.
Es una escucha capaz de alojar con empatía y ternura la vivencia de cada persona que acude a la instancia de escucha, capaz de reconocer una historia de vida, de intentos de ser escuchados y escuchadas a pesar de las urgencias, o de los espacios en los que las pantallas mandan a todos a guardar silencio.
Escuchar con la mirada supone poder estar ahí para “ese momento” de quien se presenta a ser escuchado. Ver y escuchar una historia que se encarna y que muchas veces se arrastra. Una estudiante me decía: “profe hace años que no puedo hablar con mis viejos, solamente me compran cosas, pero no están conmigo cuando quiero hablarles. Ya les dije que no quiero que me compren cosas, quiero que me escuchen”. Esta chica se autolesionaba, tenía severos problemas con la alimentación, y lo que estaba atravesando era mucho más profundo y complejo que “una búsqueda de llamar la atención” como podría pensar alguien que no escucha con la mirada.
Muchos gritos, golpes, palabras y actos violentos en la escuela no son más que pedidos desesperados de ayuda, de afecto y de ternura. ¿Desde dónde escuchamos estas realidades? Es necesario escuchar con la mirada.
Escuchar con la mirada nos desafía a poder ver y escuchar en primer lugar la dignidad del otro. Hacer real la experiencia de descalzarnos porque entramos en “tierra sagrada” en la candidez, la confusión, el enojo, la verdad que se devela en las palabras de tantos chicos y chicas fluye la voz de un hijo e hija profundamente amada por Dios, y es con esa realidad con la que tratamos. Sus palabras, sus demandas, incluso sus errores merecen el cuidado y el respeto reverencial que tenemos con lo sagrado, porque cada vida lo es.
Escuchar con la mirada también significa tener el valor de afrontar la verdad en la voz de los chicos y chicas de las escuelas.
Finalmente escuchar con la mirada también significa tener el valor de afrontar la verdad en la voz de los chicos y chicas de las escuelas. Aceptar con mucha humildad que nuestros estudiantes han decidido abandonar las máscaras a las que los adultos nos acostumbramos demasiado fácilmente. Chicos y chicas se rebelan ante los “como si” de las escuchas que no son sinceras. En una escuela secundaria un grupo de estudiantes del último año manifestaba: “Nosotros decimos lo que deseamos, lo que no nos gusta, y entonces los directivos nos dicen a todo que sí, pero después hacen otra cosa”. Escuchar sin la mirada y sin mirarnos es cerrarnos a esa voz que el Papa Francisco buscaba que resonara en las personas adultas que acompañamos a los jóvenes. La voz de la Ruah que habla en los humildes y en los sencillos y que puede servir como colirio para nuestras miradas demasiado acostumbradas a correr la mirada cuando aparece la verdad. ¿Será que necesitamos que la voz de los jóvenes que no se acostumbran a la injusticia, a la hipocresía, a la búsqueda de lo que conviene; nos despierte y anime nuestra mirada a ver de nuevo? ¿serán estas voces y sus demandas las que sean capaces de devolver la vida a los huesos secos de algunas prácticas y modos de pensar y ofrecer escuela?
Cuando escuchamos con la mirada podemos dejar en suspenso ese decir de la cultura del que hablábamos y dar lugar al brillo de la voz de chicos y chicas que nos animan a atender a la verdad que viene en cada estudiante y que puede ser incómoda, pero que nos hace crecer y dar paso a la vida.
Escuchar con el corazón
Querido lector, querida lectora, si llegaste hasta este punto anhelo que sea tu corazón el que se venga preparando para escuchar. Y es que la escucha con los brazos y con la mirada necesariamente llama a la escucha del corazón. Esa escucha que nos despierta y que hace resonar en nosotros nuestra propia juventud. Desde esa escucha podemos tener una posición de empatía, que sufre y se alegra con los que sufren y se alegran
La escucha con el corazón, además, es una escucha efectiva porque puede poner en suspenso nuestras propias neurosis, ideologías, y pequeñeces para alojar al otro, sin los ruidos del deber ser o del sentido común.
Después de algunos años de acompañar, de educar, de escuchar y ver a chicos y chicas buscar sueños o sentidos, debería ser una gran satisfacción poder seguir sufriendo y alegrándonos con cada escucha, porque eso reflejaría un acto que se hace desde y con el corazón. Esta escucha no siempre nos deja indemnes y en muchas ocasiones necesitamos de otros que nos acompañen y nos sostengan. No hay héroes, ni iluminados, sino comunidades de escucha. Hay comunidades en las que la escucha con el corazón se hace tradición y tarea. Muchas veces una colega o un colega nos acompaña y nos sostiene después de recibir los desamores, los descuidos y los horrores que atraviesan nuestros chicos y chicas. Esos mismos compañeros y compañeras son sostén para que podamos seguir escuchando con el corazón. A cada uno y cada una de ellas: ¡Gracias!
Escuchar con el corazón enseña a la escuela toda, y muy especialmente a chicos y chicas que pueden decirnos su verdad y no solo lo que queremos escuchar
Finalmente, escuchar con el corazón enseña a la escuela toda, y muy especialmente a chicos y chicas que pueden decirnos su verdad y no solo lo que queremos escuchar. Y así van peregrinando, al principio pocos, y después cada vez más, estudiantes que necesitan de la escucha, de una palabra y de nuestra acción. “Te la traje para que también la ayuden”, decía una chiquita de 13 años que padecía violencia en su casa y con quien habíamos intervenido. Ella había convencido a otra compañera de venir a la oficina a pedir ayuda por una situación similar. La escucha desde el corazón daba sus frutos.
Una invitación final
Escuchar con el corazón nos anima a la hospitalidad que se necesita para escuchar con los brazos. Escuchar con el corazón hace que la mirada se limpie con el colirio de las lágrimas y la verdad que nos traen chicos y chicas con sus vidas y sus circunstancias. Escuchar con el corazón nos hace más humanos, más humildes, más verdaderos y más capaces de cumplir con la finalidad y sentido de las escuelas católicas: ofrecer a cada persona una experiencia del amor de Dios.
FUENTE: Rodolfo Escobar es profesor universitario e investigador adjunto en la Universidad del Salvador. Licenciado en Psicología y Filosofía por la misma casa de estudios, cuenta con una amplia experiencia en la formación docente. También trabaja en el departamento de Orientación Escolar del Instituto Don Orione.
Bibliografía: Papa Francisco (2019). Pacto Educativo Global. Vademecum, p. 11 – Ex. 3,5. Discurso del Papa Francisco para la J.M.J. el 24 de junio de 2019 en Panamá. Ez. 37, 5-14. Rom. 12, 15.


