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El desafío de dejarnos interpelar

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La universidad y la escuela católica. Identidad y Misión. Escribe Paola Del Bosco, doctora en Filosofía y Letras, presidenta – desde este año – de la Academia Nacional de Educación; para quien, “lo católico tiene un mensaje muy específico”; “que las nuevas generaciones conozcan y vivan una vida llena de sentido, aún en la adversidad; aún entre gente que no comparte esta misma fe”.

 

Decir que una universidad (o una escuela) es católica – aquí la palabra ayuda, dado que ‘católico’ significa universal, – refuerza la idea de que, desde muchos ángulos y con las luces de las distintas especialidades, podemos entender que la realidad es compleja, sí, pero también que es una realidad creada por un Dios que es amor y nos llama a amar.

Nadie pide nacer, pero los adultos, en la paternidad y maternidad, hemos pensado que la vida valía la pena. Entonces, la institución educativa es un lugar firme donde se sedimentan todos los resultados positivos de la investigación y de la experimentación del mundo de las personas, para que puedan ser transmitidos fehacientemente a la nueva generación, para su inserción segura y activa en la construcción de un mundo humano.

Si es católica, tiene además un mensaje muy específico, porque hace ver que lo mejor de una persona es el don de sí, siguiendo en eso no solo las palabras de Jesús, sino su ejemplo concreto de entrega total. Esta inspiración sirve para que las nuevas generaciones conozcan y vivan una vida llena de sentido, aún en la adversidad, aún entre gente que no comparte esta misma fe.

Me gustaría ilustrarlo con un juego. Le dijeron a un grupo de chicos que escribieran su nombre en un globo inflado que estaba en una habitación. Cada uno escribió su nombre con un marcador. Los hicieron salir del lugar, y al rato los hicieron volver, y les dijeron que buscaran el globo con su nombre. Empresa casi imposible: los chicos revolvían y revolvían los globos sin encontrar el propio. Entonces, al final, les dijeron: “Busquen un globo y entréguenselo al chico cuyo nombre esté escrito arriba.” Así fue mucho más fácil encontrar a la persona dueña del globo, y en esos encuentros todos se alegraron. Esta es una excelente metáfora de cómo la felicidad de cada uno depende de la conexión con las demás personas. Es un ejemplo simple, pero nos dice mucho sobre la actitud de servicio y el don de sí.

En el ámbito educativo, es bueno aclarar que lo institucional no va en contra de la frescura del encuentro con el otro y del desafío de dejarnos interpelar por las nuevas generaciones. Porque la persona que educa sigue creciendo en su misma tarea de educar. Las nuevas preguntas y los nuevos contextos hacen que lo institucionalizado se vivifique a través de cada interrogante.

Lo institucional no va en contra de la frescura del encuentro con el otro y del desafío de dejarnos interpelar por las nuevas generaciones. Porque la persona que educa sigue creciendo en su misma tarea de educar

¿Cómo se manifiesta? Primero, con la seriedad en el estudio hecho en profundidad, con una visión amplia que no excluya autores, o puntos de vista, sino que realmente los analice con buen criterio, y luego la otra gran apertura hacia las personas que tenemos enfrente, cada una de las cuales, con sus historias, merece nuestra plena atención y dedicación, y merece también la delicadeza para tener en cuenta los puntos de vista, las experiencias, las heridas de cada uno.

¡Ojalá nos distinguiera realmente esta vocación católica de apertura universal, como señala el nombre de las instituciones a las cuales pertenecemos! Solos no lo podemos hacer, pero sí acompañados y sostenidos en una comunidad de fe.

Edith Stein, gran filosofa judía conversa, de lúcida vocación docente, aconsejaba empezar el día rezando por los alumnos, encomendándolos a la protección y misericordia divinas; pero decía que había que volver a rezar al medio día, cuando los acontecimientos del aula habían, en cierto modo, desarmado el proyecto docente para ese día, para volver a poner todo en las manos de Dios, y reconocer Su voluntad en lo que había sucedido.

Impresiona el gran realismo de estos consejos, que han sido claramente el fruto de una experiencia concreta de aula. Efectivamente, damos clase no solo desde lo que sabemos, sino sobre todo desde lo que somos: creaturas de Dios y protagonistas de la historia de la salvación, en la parte que nos ha sido encomendada.  

Resumo lo que es parte de nuestra responsabilidad como docentes: estudio continuo y esmerado, atención a las personas, confianza en Dios.

El puente de la fe

¿Cómo se manifiesta? Primero, con la seriedad en el estudio hecho en profundidad, con una visión amplia que no excluya autores, o puntos de vista, sino que realmente los analice con buen criterio, y luego la otra gran apertura hacia las personas que tenemos enfrente, cada una de las cuales, con sus historias, merece nuestra plena atención y dedicación, y merece también la delicadeza para tener en cuenta los puntos de vista, las experiencias, las heridas de cada uno.

¡Ojalá nos distinguiera realmente esta vocación católica de apertura universal, como señala el nombre de las instituciones a las cuales pertenecemos! Solos no lo podemos hacer, pero sí acompañados y sostenidos en una comunidad de fe.

Edith Stein, gran filosofa judía conversa, de lúcida vocación docente, aconsejaba empezar el día rezando por los alumnos, encomendándolos a la protección y misericordia divinas; pero decía que había que volver a rezar al medio día, cuando los acontecimientos del aula habían, en cierto modo, desarmado el proyecto docente para ese día, para volver a poner todo en las manos de Dios, y reconocer Su voluntad en lo que había sucedido.

Impresiona el gran realismo de estos consejos, que han sido claramente el fruto de una experiencia concreta de aula. Efectivamente, damos clase no solo desde lo que sabemos, sino sobre todo desde lo que somos: creaturas de Dios y protagonistas de la historia de la salvación, en la parte que nos ha sido encomendada.  

Resumo lo que es parte de nuestra responsabilidad como docentes: estudio continuo y esmerado, atención a las personas, confianza en Dios.

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Frente a la pérdida de credibilidad del cristianismo necesitamos hacer más visibles nuestras obras de caridad

Una aproximación

Es para nosotros una gran responsabilidad saber que mucha gente que no tuvo una educación religiosa puede abrirse a la fe cuando se encuentra con alguien concreto, que vive a fondo el llamado de Jesús. La primera aproximación a la fe es siempre por las personas. Los creyentes podemos decir que lo que abre el camino a la fe es una vida entregada con generosidad, con la convicción de estar respondiendo a la original generosidad de Dios.

 El sufrimiento es muchas veces un gran ‘abrelata’ del corazón: te abre de manera violenta a las preguntas fundamentales. Dios te sigue amando en el sufrimiento, en el abandono, en el pecado. Si nadie le acercó la posibilidad de la fe al que sufre, es probable que ese sufrimiento quede estéril. Por otra parte, también la fe de unos es ocasión de la fe de otros.

El filósofo y escritor español Miguel de Unamuno, educado en una filosofía racionalista, que reducía la fe religiosa a un vestigio de infancia espiritual, decía que él hubiera querido creer, pero que no podía. Sin embargo, en cierto modo no le ocultaba a su mujer cierta admiración por la vida de fe de aquella. Una vez le preguntaron: “Don Miguel, ¿Ud. cree?” Él respondió: “Yo no, pero mi mujer cree por los dos.”

 Esto me hizo pensar que, en el tema de la fe, hay como una especie de salvación en racimo. La atracción y la transmisión de lo bueno pasa de unos a otros: lo bueno que hemos recibido sentimos el impulso de transmitírselo a los demás.

No hace falta la adhesión explícita al amor que llama al amor. Dios se sirve de mil maneras de los dones que nos ha otorgado: la capacidad de escucha, la comprensión, el interés auténtico por cada persona, particularmente en su sufrimiento.

Es necesario aceptar el desafío de la desconfianza que aparece inicialmente para transformarla pacientemente en confianza, que es el fruto de un encuentro real entre dos personas.

La certeza de la verdad nos da el coraje de acercarnos a los demás, sabiendo que cada persona vale, y que en cada persona Dios nos ofrece una posibilidad concreta de que Su amor crezca. No somos los dueños de la verdad, sino sus incansables buscadores y servidores, que sabemos que lo que le da sentido a la creación es Dios mismo.

En las situaciones difíciles que puedan vivirse en las instituciones católicas, la búsqueda sincera y humilde de la verdad es lo que sana.

Entiendo que una institución crece y se abre también a alumnos de distintos credos y convicciones, y estamos abiertos a ese desafío, manteniendo siempre el compromiso de ser para cada uno de ellos ocasión de encuentro con la fe. En cuanto a los docentes, sin embargo, es muy difícil mantener la identidad católica, si no compartimos como mínimo la confianza en el orden natural. Porque nosotros impregnamos lo que enseñamos de nuestras convicciones más profundas, por eso necesitamos compartir con los demás docentes un fundamento firme.

Quizás nuestra actitud en el ámbito de la educación tiene que ser la humildad de ser portadores de un mensaje que es infinitamente más grande que nosotros mismos, y que puede aportar un enorme bien a los demás. Humildes porque este bien no es nuestro, pero, con la alegría de saber que puede producir bien. Y el bien posible es motivo de la esperanza. Somos portadores humildes de algo que nos supera por todos lados, pero que nos aporta la esperanza.

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