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Familias, escuelas y barrios

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“La participación de la comunidad en los centros educativos es indispensable”, así habla Rocío García Carrión, investigadora de la Facultad Psicología y Educación de la universidad Jesuita de Deusto (Bilbao – España). Ella señala con evidencia científica que implicar a las familias y a otros miembros del barrio en la gestión escolar beneficia los aprendizajes y mejora la convivencia de grupos más vulnerables.   

En la actualidad, el aprendizaje de los niños tiene menos que ver con lo que sucede en las aulas y mucho más con la correlación de las interacciones del alumnado con personas diversas de distintos contextos: el hogar, el barrio, el círculo de amistades, los medios de comunicación… En este sentido, la participación de toda la comunidad en la vida escolar es un requisito indispensable para el pleno desarrollo del alumnado.

La literatura científica hoy aborda que “la escuela no es exclusiva del personal docente, por lo que debe trabajar en estrecha colaboración con los agentes que le rodean, como la familia o el barrio. Para ello, es necesario abrir espacios de participación democrática en los que tanto el profesorado, como el alumnado y sus familias, así como otros agentes del entorno comunitario encuentren un lugar, y su voz sea tenida en cuenta”

 Esta participación de la comunidad no es posible si seguimos modelos rígidos y verticales en los que no hay lugar para la crítica, la sugerencia, o para la presencia activa de las familias, quienes deben ser invitadas a ver la escuela más allá de las fiestas de fin de curso o para recibir quejas sobre sus hijos e hijas.

La comunidad puede participar de muy diversas formas de la vida escolar ya que la escuela, tradicionalmente, ha invitado a la comunidad a participar de una manera meramente informativa o consultiva.

Hoy, la gestión y organización de los centros educativos basada en evidencias científicas contempla la participación de la comunidad desde una mayor implicación, donde todos los agentes ejercen más influencia sobre las decisiones que se toman en el colegio sobre la educación de los niños.

La participación decisoria, evaluativa y educativa conlleva un potencial de mayor impacto en la calidad de lo que se enseña y todo tipo de resultados. La implicación de las familias y otros miembros de la comunidad en horario lectivo, o fuera del mismo, pueden dar respuesta a muchas necesidades.

Entre los beneficios más relevantes de estos tipos de participación cabe destacar un mayor rendimiento académico, una mejora en la asistencia y la realización de las tareas, así como una mejora de la actitud y el comportamiento de los niños y jóvenes.

La escuela también obtiene un rédito de la participación comunitaria ¿cómo? al aumentar la implicación y motivación de los docentes, que se da a partir de la valoración positiva de las familias hacia el profesorado y mejora la percepción de la escuela en el barrio

La escuela también obtiene un rédito de la participación comunitaria ¿cómo?  al aumentar la implicación y motivación de los docentes, que se da a partir de la valoración positiva de las familias hacia el profesorado (lo que hace aumentar su apoyo) y mejora la percepción de la escuela en el barrio o comunidad.

Finalmente, los agentes de la comunidad se implican en actividades de formación, aumentan la confianza en sí mismos (lo que supone en muchas ocasiones poder iniciar procesos de ayuda en el aprendizaje de sus hijas e hijos, o de auto-formación y mejora la convivencia en el entorno.

Organización y gestión

Existen múltiples proyectos que basaron la mejora de la calidad educativa en la colaboración y participación activa de las familias y otros agentes, junto con el profesorado y alumnado. Es el caso de las Comunidades de Aprendizaje donde se puede observar cómo, a través de las comisiones mixtas de trabajo es posible beneficiar académicamente a los estudiantes y hacer más efectiva la gestión de los centros.

Las Comisiones mixtas de trabajo permiten que toda la comunidad colabore directamente en la organización del centro educativo, y están formadas por diferentes personas que representan una diversidad de perfiles (profesorado, alumnado, familiares, voluntariado, otros profesionales de la educación, no docentes, etc.). Estas comisiones, pueden trabajar particularmente alguna temática o área prioritaria para el centro. Por ejemplo, “aprendizajes y actividades”, “voluntariado” o “absentismo”.

Cada una planifica, coordina, desarrolla, supervisa, y evalúa. En esta forma de organización escolar podemos ver, por ejemplo, cómo madres de distintas procedencias gestionan una comisión de convivencia, junto con el profesorado, alumnado y otros agentes. Para ello, es preciso adecuar los horarios de encuentro con las posibilidades de las personas implicadas, evitar el lenguaje técnico que excluiría y alejaría a estas madres (que sin embargo lo van aprendiendo a lo largo de las reuniones), mantener un diálogo igualitario, abierto a los argumentos de todas las personas.

 La voluntad y esfuerzo por parte del profesorado para impulsar esta comisión y las formas convencionales de gestionar la convivencia, se ve recompensada al obtener resultados mucho mejores de los que lograría una comisión formada solo por profesionales.

Por otra parte, las redes de solidaridad que se crean previenen la aparición de mayores conflictos. Cuando estos aparecen, se identifican más rápidamente. Y las soluciones que se plantean son más inclusivas y mejoran con las aportaciones de puntos de vista más cercanos a las diferentes problemáticas y sentimientos encontrados.

Participación de la comunidad en el aula

Esto incrementa y diversifica los recursos humanos disponibles de una escuela y permite organizarlos de forma que se favorezcan la inclusión y el aprendizaje de todos. Familiares, antiguos alumnos, vecinos y vecinas, entre otras personas, pueden contribuir con su diversidad de experiencias y conocimientos. A la vez, pueden convertirse en referentes de otras culturas o grupos que nunca antes habían participado de este modo en la vida escolar. Por ejemplo, los grupos interactivos permiten que personas como inmigrantes estén dentro del aula con sus propios hijos o con otros alumnos de su misma cultura. Esto representa no solo un beneficio para este alumnado, sino para la sociedad en su conjunto, ya que se consiguen superar estereotipos y prejuicios asociados hacia estos grupos.

FORMACIÓN  La formación de las familias es una prioridad para muchas Comunidades de Aprendizaje. Esta no sólo consiste – por ejemplo -en charlas de especialistas sobre habilidades parentales, sino de formación en aspectos que las familias necesitan y quieren, y que tienen impacto directo en el apoyo que pueden dar a sus hijos en sus propias habilidades académicas, o en posibilidades de encontrar o mejorar sus empleos. Por ejemplo, tecnologías, o idiomas para familias inmigrantes, etcétera.

Además, esto posibilita abrir espacios de formación conjunta: alumnado – familias y personas de la comunidad en las que las aulas de Internet pueden ser utilizadas en las franjas horarias del ciclo lectivo por el alumnado, y en otras, por sus familiares (un alumno enseñando a su abuela).

Conclusión

Disponemos de evidencias científicas que demuestran que la participación decisoria y evaluativa de la comunidad, y especialmente la educativa, son un elemento clave en el éxito académico de todos los alumnos, y para la gestión y organización de los centros. Esta participación puede transformar las desigualdades sociales que padecen algunas localidades, incluyendo a las personas en espacios donde nunca antes se les hubiera considerado.

Fuente: Rocío García Carrión. Gestionar los centros educativos con la participación de la comunidad. Investigadora en la Universidad de Cambridge sobre aprendizaje dialógico, interacción en el aula y el desarrollo intelectual y social del alumnado. Autora de numerosos artículos en revistas científicas. Síntesis de una intervención en Revista Magisterio No. 65

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