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Miradas y razones de nuestra esperanza

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A lo largo de febrero, directivos y docentes de nuestro país y de América Latina, dialogaron por las redes sobre el pacto educativo global, y los grandes temas de la educación que plantea el Papa Francisco: el cuidado de la casa común, la fraternidad, y cómo avanzar con esperanza en este contexto caracterizado por la pandemia. Es que “a pesar de la distancia física, los educadores somos una comunidad de aprendizaje “dijo Frances Torralba Roselló, filósofo español, en un espacio de reflexión para la Argentina, al comienzo de las clases presenciales.

El encuentro de Pastoral Educativa promovido por las hermanas dominicas del Santísimo Nombre de Jesús – congregación fundada por Elmina Paz de Gallo – dio lugar a una charla con Frances Torralba Roselló, doctor en Filosofía, Pedagogía y Teología de Barcelona, consultor del Consejo Pontificio de la Santa Sede, quien alterna la actividad educativa con el oficio de escribir. 

El académico reflexiona sobre la educación de esta época. Pero trata de abordar lo que llama “una anatomía de la esperanza” para alertar que “en un contexto como el que vivimos, es fácil sucumbir a la indignación, la rabia, incluso, la desesperación”.

El educador es alguien que espera: espera de sí mismo, espera de sus alumnos, espera de la escuela y de sus padres

Torralba insiste en que, en este comienzo del ciclo escolar en nuestro hemisferio, “no se puede concebir un maestro desesperado, hundido, nihilista”. Esto es así porque “el educador es alguien que espera: espera de sí mismo, espera de sus alumnos, espera de la escuela y de sus padres”. Como Elmina Paz de Gallo, una mujer tucumana, sensible a las necesidades de su tiempo, que junto a un grupo de mujeres extendió su obra (escuelas primarias y secundarias, o asilos para niños huérfanos) por otras provincias, “es necesario hacer una inmersión para comprender los latidos de estos tiempos y el papel de las comunidades educativas en cada entorno”.

Un abordaje sobre la esperanza

El filósofo español dividió su disertación en dos partes. La primera fue para trazar un diagnóstico de las características de la época: “un rasgo difícil de digerir es la incertidumbre; el reconocimiento de no saber qué va a pasar… cuando va a terminar la pandemia, la situación económica, lo social, lo político. La incertidumbre nos acompaña siempre, y un ser humano de lo único que tiene certeza es de que va a morir, mientras que todo lo demás es incierto. (al nacer no se sabe si será rico, o pobre…si será doctor o no, si se casará, todo es posible). Y lo que pasa en nuestra época es que la incertidumbre ha calado profundamente, a veces genera una corriente de emociones muy tóxicas que tendremos que sobrellevar para poder mantener nuestra integridad profesional y poder educar.

El segundo rasgo es la complejidad que significa que todo está interrelacionado, la salud, la economía, lo tecnológico y nuestras decisiones deben contemplar todas las variables que hay en juego. La complejidad es justamente lo contrario a la simplificación, a lo fácil: tenemos que preparar a niños y niñas para vivir en tiempos de incertidumbre. Y la simplicidad, es el populismo que ofrece soluciones aparentemente fáciles a problemas de una enorme envergadura: el hambre, la inmigración, la violencia, el cambio climático, la crisis del neoliberalismo global. Estos problemas requieren mentes capaces de observar los distintos factores que hay en juego y encontrar soluciones prudentes, cautelosas, en interacción con los demás, compartiendo talento. Es un trabajo colaborativo, de diálogo, escucha y de entregarnos y compartir, para encontrar soluciones a los problemas colectivos que tenemos.

La tercera palabra es la aceleración. Todo va deprisa. Las transformaciones tecnológicas, por ejemplo, hace muy difícil que podamos estudiar los efectos o consecuencias, pros y contras de la implementación de las tecnologías. Nos hemos convertido en consumidores de novedades que envejecen rápidamente. Esto tiene que ver con un sistema que subraya el beneficio, el lucro o la acumulación de capital. Y pararse es perder o dejar de ser competitivo. Tenemos que encontrar tiempo entre nuestros alumnos para detenernos y pensar. No se puede educar instantáneamente, se requieren días, semanas. Y un profesor puede encontrar pausas, ritmos para conversar, meditar, orar, leer, escucharse. En la sociedad de la aceleración se discrimina a los lentos y los apartamos, esto sucede -por ejemplo- con quienes tienen dificultades por su discapacidad. Además, la hiper aceleración hace difícil digerir los cambios que se están produciendo.

La cuarta nota es la interdependencia de todos los factores. El mundo es como una red, y esto requiere otro tipo de conciencia. La conciencia global en el tema medioambiental, por ejemplo, que es imposible afrontar de modo aislado. Por lo tanto, la conciencia global significa intentar migrar de una visión individualista, narcisista, a una visión que trata de abrir la mente, y reconocer la dignidad de las personas, la justicia social, económica, cultural, educativa.

El quinto rasgo, es la sobre excitación informativa. Es muy difícil identificar lo que es veraz, o si tengo delante un farsante, un robot, o alguien que es un transmisor de mentiras o medias verdades. Cada vez hay más ciber ciudadanos que reciben informaciones muy difíciles de cotejar. Por eso es necesario la cultura del discernimiento. El Papa Francisco utiliza esta palabra en un montón de alocuciones – propia de la tradición ignaciana- para separar lo que es verdad de lo que no lo es. Pero uno discierne cuando es capaz de pensar: ¿tengo que comprar esto? ¿de quién me puedo fiar? Esto me lleva a la capacidad crítica. Todo circula por la red, entonces, alguien tiene que enseñar con una brújula al alumno, nativo digital, y enseñarle a valorar su criticismo para no quedar atrapado. En las redes hay una mímesis de rebaño que ciega, no tiene discernimiento, por ejemplo, cuando un influencer dice hay que comprarse un determinado bolso e inmediatamente un millón de personas van por eso.

Mensaje lleno de esperanza que los docentes de una escuela quisieron compartir en el inicio de clases

Entrever las posibilidades

La esperanza es la virtud más estudiada desde San Agustín hasta Charles Peguy, y se podría dar un curso sobre este concepto que tiene una larga historia.

La esperanza no se puede simplificar o reducir a algo banal; pertenece al humanismo cristiano, pero también se puede decir que, en el agnóstico o ateo, hay una esperanza sin Dios.

¿De qué hablamos cuando hablamos de Esperanza? Soren Kierkegard nos da una definición: “La esperanza consiste en entrever posibilidades” y la contrapone a la desesperación. Todos podemos experimentar momentos de desesperación y pensar “acá no hay nada que hacer”.

Pero, en el ámbito de la educación ¿Qué hacemos cuando enseñamos? Desarrollar y entrever las posibilidades que hay en el niño. En un escenario contrario, el educador desesperado afirma que no hay nada que hacer; esto conduce a la pasividad. Por eso, en contextos donde es más fácil sucumbir a la desesperación, (por motivos sociales o políticos) la esperanza es más necesaria; y no es extraño que el esperanzado se comprometa con una ONG, la escuela, el hospital, el equipo. Esta es una primera aproximación.

La esperanza no es optimismo pueril

Es una fe proyectada que exige un trabajo en el presente. Además, la historia nos da muestras de que tenemos que estar esperanzados. Piensen en la situación de los niños de Europa del siglo 19 que reflejan Charles Dickens o Oliver Twist, maltratados, ninguneados, o tratados como mercancía. Es una situación que se da hoy también, pero podemos comparar. Esperar que el futuro puede ser mejor no es una ingenuidad, hay argumentos históricos.

Esperanza también es creer, si uno deja la piel en el presente. Es una virtud que nace de la fe en que no estamos solos y presupone que Dios es, y que no nos deja en banda. Se nutre de la palabra revelada: “estaré con vosotros hasta el final de los días”. Y parte de la confianza de estar sostenidos por Dios, incluso “en la noche más oscura” como decía San Juan de la Cruz. En mi tesis doctoral me dediqué a la obra educativa de Edith Stein, filósofa de origen judío que en su juventud fue agnóstica, pero se convierte al cristianismo y entra en el Carmelo. Ella fue deportada a Auschwitz durante la segunda guerra mundial. Allí es fácil desesperarse; sin embargo, se sentía sostenida por Dios y fue una fuente de pacificación. Así pasa con tantas personas que, en situaciones de ruptura, experimentan no estar solos. Esto es porque la esperanza no se funda en un cálculo de probabilidades; sino que se nutre de una experiencia. Solo se puede transmitir lo que vives. Y Stein lo transmitió.

La esperanza no se funda en un cálculo de probabilidades; sino que se nutre de una experiencia. Solo se puede transmitir lo que vives

En un contexto caracterizado por la incertidumbre, aceleración, es fundamental que las comunidades educativas sean fuentes de esperanza para los niños y las familias; las maestras y profesores, a pesar del entorno.

Esto nos hace empatizar con el que está desconsolado, porque nuestra tarea no se limita a transmitir conocimientos. La consolación, el apoyo emocional, y transmitir esperanza a quien está hundido es lo que podemos hacer, y es lo único que un exalumno recordará de un profesor o maestro. Podemos ser fuentes de esperanza y consolación.

Sigo pensando que el trabajo de Stein es una obra de referencia. Ella expresa que empatizar con el otro es posible si uno está muy atento al lenguaje, a los gestos incluso a la disposición que tiene ese cuerpo en el espacio. Muchas veces no estamos atentos, justamente por la aceleración. No vemos cuando un niño ha llorado, o no ha dormido, está tenso o angustiado.

El buen samaritano estuvo atento, se dio cuenta que alguien estaba herido y paró. Cambió la trayectoria. Dedicó tiempo y dinero para ayudar a alguien que no conocía, ni era de su tribu. Esto es una lección, porque cuando no hay tiempo, lo que hay es indiferencia.

Fuente: E. Pastoral Educativa. Educar en tiempos de Pandemia. Hnas del Smo. Nombre de Jesús.

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