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Cuando los ejemplos, son positivos…

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Miguel Atencio

Arquitecto, Universidad de Mendoza (UM), ex-investigador del Conicet, ex-catedrático de la Universidad del Salvador (USAL)y consultor de Instituciones Educativas en temas de Arquitectura Escolar y Bioclimática.

Un recorrido de diseño que invita a debatir y trabajar en apoyo de propuestas transversales.

Cuando pienso en el aporte a la sociedad desde nuestra profesión de arquitectos, siempre vienen a mi mente las imágenes de los edificios escolares donde crecí y estudié en Mendoza. Me emocionó saber que la Escuela Justo José de Urquiza, en Maipú, y donde mi padre cursó la primaria, fue declarada Monumento Histórico Nacional, y destacado ícono de la arquitectura de la época.

El proyecto estuvo a cargo de los arquitectos Manuel y Arturo Civit durante la gestión del gobernador Guillermo Cano.  Y cuando veo la foto de su inauguración en 1934, me imagino a mi viejo que nació en 1925, corriendo por ese inmenso patio, disfrutando del aire, en un edificio pensado para aprovechar la mayor exposición al paso del sol, con ventilaciones cruzadas para garantizar la renovación del aire puro en sus aulas y pasillos, pero, por sobre todas las cosas, por el compromiso puesto en su diseño, propio de arquitectos visionarios como fueron los hermanos Civit.

 

¿Qué quiero decir? Sin duda los edificios escolares tuvieron su época de apogeo en la Argentina. En Mendoza, uno podría decir que la realidad social y política acompañaba al gobernador Cano, y aunque su gestión se caracterizara por una difícil situación financiera; para él, la educación fue una palabra no negociable. Había que dotar a la provincia de edificios escolares pensados para contener las necesidades de los alumnos y favorecer su formación académica, poniendo énfasis en el diseño de espacios que lograrían al final, un sentido de pertenencia.

Ahora acompáñenme a Buenos Aires hasta donde funciona la sede del Ministerio de Educación de la Nación, en el Palacio Pizzurno (ex Palacio Sarmiento), y encontraremos en su génesis, una historia fantástica.

Los archivos de la época, cuentan que Doña Petronila Rodríguez de Rojas, nacida en 1815, heredó de su padre el predio delimitado por las calles Córdoba, Callao, Montevideo y Marcelo T. de Alvear. Tras su muerte en febrero de 1882, ella manifestó en su testamento la intención de donar a la Ciudad de Buenos Aires ese terreno, con la condición de que se construyera allí el templo de la Iglesia del Carmen, un asilo, y una escuela para 700 niñas que pertenecerían a la Orden de las Siervas de Jesús Sacramentado. Además, puntualizó que esta escuela debía funcionar en un edificio de tres pisos, equipada con un museo, una biblioteca y varias aulas para el dictado de las clases.

El edificio fue construido por el arquitecto argentino Carlos Adolfo Altgelt, en colaboración con su primo Hans Altgelt entre 1886 y 1888 (aunque fue inaugurado en 1893). Carlos Altgelt había estudiado en la Real Academia de Arquitectos de Berlín, donde se especializó en la construcción de edificios escolares.

Muchos lugares de la Argentina, tienen verdaderos ejemplos de una arquitectura escolar que enorgullece a propios y extraños.

Pero hoy, en el mundo, corren vientos de transformación. Con el nacimiento de las pedagogías activas, la arquitectura se muestra como un medio importante en este cambio de paradigma. El diseño del edificio escolar toma las experiencias pedagógicas para consolidar la extensión de modelos educativos y, además, atiende otros retos actuales (sociales, culturales, tecnológicos y medioambientales)

Finlandia se consolida como referencia en los ámbitos especializados, no sólo en las prácticas educativas, sino también en sus propuestas edilicias.  En Latinoamérica, las miradas se centran en Colombia que, durante los últimos años, llevó adelante una importante política de inversión en la construcción de nuevas escuelas, atendiendo no sólo a la cantidad, sino también a la calidad de sus espacios educativos.

Uno de los cambios que experimentaron las escuelas en las primeras décadas del siglo 20 fue la vinculación de sus espacios con el entorno. De procurar aislar a los alumnos de las distracciones del exterior con aulas de ventanas altas y mínimas, se pasó a valorar la enseñanza en un ambiente con vistas al exterior, gran luminosidad y ventilación cruzada. Se diseñaron edificios escolares de poca altura (uno o dos niveles), organizados en pabellones y rodeados por jardines, con un amplio patio de juegos para la recreación y, en algunos casos, con espacios abiertos propios para cada aula.

 El mobiliario escolar también fue repensado y se atendió al color y a las texturas como elementos sugestivos.

Ahora bien… pensemos en esto. Mirar hacia afuera, no garantiza que sepamos exactamente lo que debemos hacer o no hicimos en este tiempo. Pero, cuando los ejemplos ajenos son positivos, siempre sirven para mejorar, o al menos, para debatirlos.

Estoy convencido que en nuestro país, arquitectos, ingenieros, técnicos, diseñadores de equipamiento, informáticos, debemos amalgamar esfuerzos para “poner el carro, adelante del caballo” y trabajar en proyectos transversales que logren que docentes y directivos, enarbolen con orgullo su vocación; que padres y alumnos recuperen el sentido de pertenencia perdido (y no precisamente por su culpa), y que quienes deben guiar los destinos de una Nación, se comprometan con el futuro de nuestro país de la mano de la educación como política de estado. Que así sea.

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