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El desafío de las migraciones

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En el marco del evento mundial promovido por el Papa Francisco para unir esfuerzos “por una alianza educativa amplia” es necesario abordar este fenómeno, “y ver qué políticas educativas podemos desarrollar, porque en Argentina es inevitable”. Una intervención del doctor Rodolfo Zhender, especialista en el tema que participó en el último Curso de Rectores.

En Derecho Internacional, la cátedra que tengo a mi cargo, hemos incluido el tema de las migraciones hace cuatro o cinco años. Este fenómeno creciente, inevitable, nos preocupa muchísimo. Porque las cifras más cercanas indican que hay trescientos millones de personas migrantes, un 3,5 por ciento de la población mundial, cuando en el año dos mil, ese número apenas superaba el dos por ciento.

Distintos foros internacionales se han interesado en el tema para tratar de regular este suceso, lleno de contradicciones, y donde no está ausente la acción que despliegan distintas organizaciones delictivas para aprovecharse de la movilidad de tantos seres humanos.

En Argentina, también crece la preocupación, no tanto por las migraciones internas típicas de la década del 40, (la gente que optaba por dejar el campo, y se iba a la ciudad) sino, por las migraciones limítrofes de Perú, Bolivia, o Paraguay.

Notamos con dolor que no estamos preparados para responder a este fenómeno y a ese “extraño”, que, en definitiva, es un hermano. Por más que lo tratemos de disfrazar y pensemos que en la Argentina no hay segregación, o xenofobia, la aceleración de este fenómeno es alarmante, y es posible ver cómo se manifiesta, a veces, en las canchas de fútbol. Es necesario abordar esta cuestión, y mirar qué políticas educativas podemos desarrollar, porque es inevitable.

Decía que la migración es un fenómeno complejo porque es contradictorio, tiene luces y sombras, en ella hay valores y disvalores, debilidades y fortalezas, cosas buenas y cosas que preocupan mucho. Por un lado, vemos una apertura en los países, y por otro, una necesidad de regular este fenómeno. En algunas naciones más centrales hay políticas de endurecimiento, un choque entre el llamado multiculturalismo, con el proceso de identidad nacional. Esto es algo que se ve especialmente en la Unión Europea, donde las políticas de integración han fracasado. Estos países no encuentran qué hacer con esa persona que llega con otra cultura y otro bagaje, incluso no saben cómo, y sin perder la identidad nacional, esas personas de alguna manera conserven su bagaje y acepten la cultura de los países que los reciben.

Como forma de solucionar el problema, se intenta tomar a la diversidad como un bien supremo como un desiderátum, lo cual llevaría a conformar (por lo menos se ve en la Unión Europea) a una política de que todo es igual, o da lo mismo, con pérdida de identidad, hasta del cristianismo mismo.

Los países dicen: “bueno tenemos que ser amplios, tenemos que eliminar los crucifijos de las escuelas…” como ocurrió en Francia, por citar un ejemplo, con una pérdida de identidad, que no está conforme a los preceptos evangélicos y documentos pontificios.

San Juan Pablo II decía en uno de sus escritos que no se puede comprender al hombre si no es dentro de la cultura de su nación y de la memoria de su propia identidad. Es allí donde la relación con Dios se manifiesta plenamente. No en el hombre abstracto, universalista, al estilo de la ilustración o del hombre moderno de la sociedad global tecnológica. No.

Reforzar la identidad nacional significa reforzar valores propios y brindárselos al que viene de afuera, para que, en una relación, pueda verlos traducirlos en ejemplos de conducta y asociarse también a ellos.

El que viene de afuera es una persona que busca su lugar en el mundo, quiere ser acogido, y tiene en la mayoría de los casos un genuino deseo de progresar, aunque no todo pasa por eso. Pero es una persona que está siendo un derecho humano. Migrar es un derecho humano, y como tal el país de acogida tiene el deber moral de generar actitudes políticas tendientes a que aquella persona no se convierta en un outsider, que no se integra, y que sólo trata de aprovechar, lo que el país de acogida le brinda.

Esta cuestión debería generar una preocupación muy especial, en nosotros, como educadores. Sobre todo, porque hay un sentimiento de rechazo no explicitado. Nadie dice que el fenómeno migratorio no deba ser regulado. Nuestra constitución es amplia al respecto. Hay una ley de migraciones, sobre la cual se ha tratado de modificar un decreto, que tiene algunas aristas. Pero, el que migra, tiene un derecho humano inalienable. Todos nosotros tenemos derecho a buscar en otros lugares lo que un país no me ha brindado. Esto es siempre una fractura, o una ruptura, rompo mis vínculos alcanzados desde el vientre materno para concretar sueños que en mi país no puedo alcanzar.

Hay un documento pontificio que habla del derecho a no emigrar. Es decir que cada sociedad tiene el deber de generar las condiciones para que la gente no tenga que migrar. En política educativa, vale recordar que no hay culturas superiores, sino culturas dominantes. Y uno de los efectos nocivos de la globalización, es la homogeneización proveniente de las culturas dominantes.

Entonces, ante la necesidad de reafirmar nuestra propia identidad, hay que destruir algunos mitos, uno muy actual, es el que señala que el de afuera viene para quitarme el trabajo. Es una falacia que está demostrada. No es cierto que la migración tenga ese efecto negativo para el país de acogida. Por otra parte, habría que enfatizar a nuestros dirigentes, lo que significa para el país de origen la fuga de cerebros.

La catolicidad es universalidad en el verdadero sentido. El otro es diferente y tendrá vicios como los tengo yo.

 

Fuente: El doctor Rodolfo Zhender, de la localidad de Rafaela, Santa Fe, es autor del libro. “El desafío de las migraciones” Contexto Económico – Politico en un mundo globalizado.

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