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El origen de Corpus Christi

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La historia de una fiesta de la Iglesia que nació en la edad media y que moviliza en tantas procesiones a comunidades, y escuelas en el mundo.

A fines del siglo XIII surgió en Bélgica, un movimiento eucarístico cuyo centro fue la Abadía de Mont Cornillón, donde comenzaron a tener lugar varias costumbres: la exposición y bendición con el Santísimo Sacramento, el uso de las campanillas durante su elevación en la Misa y la fiesta del Corpus Christi.

En aquella época, la Abadía tenía una priora que fue conocida como Santa Juliana de Mont Cornillón, ella fue un testimonio de Dios, para propiciar la celebración que todos conocemos. Había quedado huérfana muy pequeña y fue educada por las monjas Agustinas en aquel paraje. Cuando creció, hizo su profesión religiosa, y más tarde se convirtió superiora de la comunidad.

Desde joven, Santa Juliana tenía una gran veneración por el Santísimo Sacramento; su deseo de que hubiera una fiesta para reconocerlo, se intensificó por una visión que tuvo de la Iglesia bajo la apariencia de luna llena con una mancha negra, que significaba la ausencia de esta solemnidad. Juliana comunicó estas apariciones al entonces obispo de Lieja, donde estaba asentada la abadía, y a Jacques Pantaleón, un archidiácono de la localidad, y más tarde el Papa Urbano IV.

En aquel entonces, el Papa Urbano IV, tenía la corte en Orvieto, un poco al norte de Roma. Vecina a esta localidad se encuentra Bolsena, allí, en 1263, se produjo un gran Milagro Eucarístico: un sacerdote que celebraba la Santa Misa tuvo dudas de que la Consagración fuera algo real. Al momento de partir la Sagrada Forma, vio salir sangre de ella, y fue empapando en seguida el corporal. La venerada reliquia fue llevada en procesión a Orvieto el 19 junio de 1264. Y hoy se conservan allí los corporales -donde se apoya el cáliz y la patena durante la Misa, incluso se puede ver la piedra del altar en Bolsena, manchada de sangre.

El Santo Padre impactado por el prodigio, y a petición de varios obispos, instituye la fiesta del Corpus Christi por medio de la bula “Transiturus” para toda la Iglesia.

Luego, según algunos biógrafos, encargó un oficio -la liturgia de las horas- a San Buenaventura y a Santo Tomás de Aquino; la historia hizo trascender que cuando el Pontífice comenzó a leer en voz alta el oficio hecho por Santo Tomás, San Buenaventura fue rompiendo el suyo en pedazos.

El Papa Urbano murió un poco después de la publicación del decreto, entonces su sucesor, tomó el asunto en sus manos y, en un concilio general de Viena, ordenó la adopción de esta fiesta. Ninguno de los decretos habla de la procesión con el Santísimo como un aspecto de la celebración. Sin embargo, su desfile por las calles y lugares públicos, y se hicieron bastante comunes a partir del siglo XIV.  En este gesto los cristianos atestiguan su gratitud, por el que se hace nuevamente presente la victoria y triunfo de la muerte y resurrección de Cristo. La celebración que moviliza a comunidades y alumnos de escuelas después de la octava de Pentecostés, otorga indulgencias a todos los fieles que asisten a la Santa Misa y al oficio.

Fuente: aciprensa.com

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